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‘Niebla’: el existencialismo de Unamuno se convierte en una fiesta teatral

Fernanda Orazi dirige una versión “radicalmente formal” de la célebre novela tras triunfar con su adaptación de ‘Electra’

Juan Paños, Leticia Etala y Javier Ballesteros, en 'Niebla'.Geraldine Leloutre

Al final de La persistencia, el espectáculo que Fernanda Orazi escribió y dirigió en 2024, el personaje interpretado por Ángela Boix le decía a la autora, a ella, que la dejara “vivir una vida de verdad”. Orazi, también una de las más destacadas actrices del panorama escénico español, se había encontrado sin quererlo con la misma sustancia que llevó a Unamuno a escribir, un siglo antes, la rompedora Niebla, la novela —nivola, decía el autor— que también al final enfrentaba a Augusto, el protagonista, con su autor en un diálogo metaficticio que revolucionó la literatura de su época. “Una amiga me dijo: ‘Pero esto es como la novela de Unamuno’. No la había leído, lo hice y me pareció precioso el movimiento que el autor hacía para Augusto. Terminé muy conmovida y sentí una especie de llamado a imaginar la posibilidad de montar un teatrito para hacer existir de alguna forma a Augusto en el teatro”, explica la argentina afincada en España. Este viernes estrena en la Nave 10 de Matadero Madrid el resultado de ese impulso, que comparte nombre con la obra de Unamuno, pero que más que una adaptación es un ejercicio “radicalmente formal” que pretende drenar su esencia sin priorizar la fidelidad al texto.

“Es importante decir”, cuenta, “que aquí no hay literatura, son escenitas de teatro. Una maquinaria para ir haciendo que el personaje acumule existencia, vida, identidad, alma. Y encontrar cómo transitar esas mismas sensaciones que me había generado a mí la novela”. Su Augusto prácticamente nace en escena. Entra, se pone unos zapatos que una luz cenital ilumina y comienza a deambular inocentón por distintas tramas, con las que va descubriendo, al mismo tiempo que quien lo mira, quién es, de dónde viene y qué busca en su vida —“Es como si la vida se hubiese despertado y empezara a reclamarme de repente que exista, que me ponga a existir. ¡Existe! ¡Te ordeno que existas”, dice en algún momento—. Se enamora, se entera por primera vez del nombre de su amigo de toda la vida, que apunta para no olvidar, o de cuándo y cómo murieron sus padres.

Del texto original, Orazi toma poco más que algunas de esas tramas, que no son idénticas, y a cuatro personajes más de los que se sirve solo para acompañar, como “apariciones” que transitan la escena, el camino de Augusto. Está Eugenia, una profesora de piano de quien el protagonista se enamora; Rosario, una planchadora que se enamora de él; Víctor, ese amigo de toda la vida; y Orfeo, su perro, que aquí habla y suelta lecciones cual filósofo. Pero Orazi prefiere despojarlos también a ellos de identidad —ni la pianista toca el piano, ni nos enteramos de que la planchadora es planchadora— y los dota a la vez del entendimiento que más tarde desarrollará Augusto de que aquello es falso y ellos no son más que “entes de ficción”. Quizá por eso juegan, se ríen entre ellos, ironizan, se burlan, y convierten la escena en un despliegue festivo de humor.

No son nuevos estos ejercicios en el teatro. De hecho, como cuenta Jara Martínez, coordinadora del grado en Estudios Teatrales de la Complutense de Madrid, “es algo que pertenece a la historia en general y que se ha hecho en toda la historia del teatro”. Lo hizo el propio Shakespeare, por ejemplo, y “funcionan como un ejercicio de análisis, una reflexión sobre el propio arte y la función que tiene para la sociedad. Y no olvida que el teatro no deja de ser un juego de espejos, que nos recuerda de vez en cuando que es una manera de mirarnos y de mejorar la convivencia”.

Lo que es menos habitual en estos tiempos es arriesgarse con adaptaciones tan libres de novelas emblemáticas. El teatro siempre ha mirado a la literatura, pero llevamos por lo menos media década con un especial boom de traslados de un medio a otro. Este mes de marzo, por ejemplo, cerca de 10 adaptaciones de libros colman las carteleras de los principales espacios escénicos del país. Una tendencia que, explica Martínez, se debe a “una vuelta al teatro rapsódico”, el teatro de la narración. “Hay un regreso a contar las acciones más que a verlas representadas. Y eso justifica también la vuelta de las adaptaciones de novelas al teatro. Hay cierto agotamiento del teatro de lo real”, explica. Quizá por eso los adaptadores suelen defender últimamente la fidelidad al texto.

Pero para Orazi, “pensar que hay que llevar una pieza literaria a la escena, va a hacer que siempre sea débil la escena. Porque la literatura es muy fuerte y su lenguaje se impone y distrae”. Por eso prefiere hacer algo que le gusta mucho: mostrar las costuras de la creación, revelar el artificio, “el teatrito”, como ella lo llama, y que también sirve para preguntarse para qué sirve esto a lo que se dedica. Los personajes mueven las luces, transportan la escenografía, a veces aplauden las interpretaciones de sus compañeros, se sientan con el público... Más que una metaficción, Orazi lo describe como “una forma de reivindicar la ficción como un modo de realidad” y también como un “homenaje a los personajes”.

“Hay algo muy conmovedor en eso, ¿no?“, coincide Juan Paños, que da vida al Augusto escénico, ”en elevar al personaje y a la vez en reivindicarlo, en darse cuenta de la de cosas que hacen los personajes por nosotros, los sacrificios que toman para que podamos ver cosas que, si fueran reales, no soportaríamos". Él, como el resto del elenco (Leticia Etala, Javier Ballesteros, Carmen Angulo) —a excepción de Pablo Montes, que se incorpora al grupo—, llevan años trabajando con Orazi, a quien toman como maestra, y tienen ya experiencia con esta forma de entender el teatro. Lo vivieron con Electra, una adaptación del texto de Sófocles que ganó los premios Max a mejor espectáculo revelación y mejor adaptación en 2024. Aquella versión, por ejemplo, terminaba con un momento estremecedor en el que Orestes y Electra le decían a su madre, Clitemnestra: “Venga, mamá, que tienes que morir en esta escena”.

Con todo lo sesudo y existencialista que pueda parecer, el espectáculo no deja de tener altas dosis de humor, que para Orazi es irrenunciable siempre. “Fernanda siempre nos dice que nuestro oro es la distancia, el pasito para atrás que te permite ver lo que sucede”, explica Paños. “Existe porque hay una visión, porque uno puede además de estar viviendo una situación, verla. Es eso, es producir una distancia, es producir un extrañamiento, es soportar que dos cosas que serían contradictorias en la lógica convivan al mismo tiempo y estén ahí”, dice. Por eso las risas, de los personajes, pero también del público, acompañan el sentimiento trágico y la angustia existencial del protagonista. Hay humor en su perdición, en su falta de entendimiento, en el rechazo que sufre: te diviertes con su tragedia sin que por eso deje de serlo. Y así te conduce al final, sin tregua en el divertimento, hasta que Augusto se quita los mismos zapatos que al principio se calzaba para despedirse de quienes, con su mirada, crearon su existencia.

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