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De Olot al Pritzker: el estudio RCR celebra 40 años de arquitectura pegada al territorio

El estudio creado en 1988 por Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta repasa una trayectoria de cuatro décadas en el museo gironés de la Garrotxa

Desde la izquierda, los arquitectos Ramon Vilalta, Carme Pigem y Rafael Aranda, del despacho de arquitectura RCR, durante la presentación de la exposición.David Borrat (EFE)

Llovía sin parar el domingo 15 de marzo sobre los muros de caliza del museo de la Garrotxa (Olot, Girona). Sobre la parte central del patio del’Hospici colgaban las imágenes a gran tamaño de algunos de los muchos proyectos del estudio de arquitectura RCR, creado en 1988 por Rafael Aranda, Carme Pigem y Ramon Vilalta (RCR), compañeros de la Escuela del Vallés de Arquitectura. La institución acaba de inaugurar la exposición RCR arquitectes. Raíces y alas, comisariada por Jaume Prat, que repasa sus 38 años de trayectoria, visitable hasta el 9 de agosto. Esa es su gran obra: entrelazar cuatro décadas.

“Allí aprendimos a trabajar el territorio”, recuerda Aranda. Parece lejano aquel 2017 en el que ganaron —los únicos españoles junto con Rafael Moneo— el premio Pritzker de arquitectura, el galardón más importante al que puede aspirar un arquitecto, y les proyectó más, si hacía falta, al mundo. Aunque poco a poco hubo cambios de escala. De la Casa [laboratorio] para un herrero y una peluquera, por ejemplo, en Olot, al museo Soulages (Francia, 2014) y sus telas negras, o el proyecto de 3.000 viviendas residenciales en marcha en Albania. Nada sería posible sin conocer tan bien el territorio donde se asientan. Quizá por eso, para algunos, sea uno de los estudios españoles de arquitectura más trascendentes de las últimas décadas.

La mejor manera de recorrer ese terreno es entenderlo como un afortunado cliente. No presentan complejas maquetas. No es un supermercado de arquitectura, sino que parten del vacío, la nada. Unos ventanales de cristal que recogen unas 25 imágenes pintadas con acuarela sobre papel exigen visión espacial a quienes lo contemplen. Resuena el eco de Miró, pero también de los apuntes de la serie Soñé que revelabas, de Juan Uslé, o más atrás el expresionismo abstracto de un joven José Guerrero que en los años sesenta se abrió un hueco en Nueva York con grandes como Fran Kline o Robert Motherwell, y Jorge Oteiza y su serie de “desocupación del espacio”. Siguiendo estas vitrinas verticales, que alcanzan los 2,30 metros de altura, se accede a los primeros proyectos.

En la inauguración del domingo, Rafael Aranda recordaba ante los presentes a todos los que les han apoyado. Se acordaría de tiempos sin clientes, del miedo al futuro, de los problemas infinitos de comenzar, el éxito y aquel Croquis 115-116 de 1999-2003. Emocionado, se le veía incapaz de seguir. Carme Pigem, sin recibir ni una mirada ni un gesto, se levantó, le dio un beso y leyó su texto.

Eso son cuatro décadas juntos. Trabajan así. Primero se conocen como personas. Pese a que cada uno tenga su personalidad frente al dibujo. Luego son grandes arquitectos. A pesar de la humedad, el frío, la lluvia y el aire, los aplausos son sinceros. Caminando, en paralelo a los ventanales, ahí están Casa Roser, Casa Fuella, Casa M-Lidia, Casa entre dos muros, Casa Horizonte, Casa para un carpintero y, entre otros, Guardería en Manlleu o el Parque de la Arboleda en Begur.

Recuperado de la emoción, Aranda vuelve a la arquitectura: la densificación de Barcelona, la Sagrada Familia, construir en un mundo donde se ha fragmentado el multilateralismo, densificar las ciudades ahora que todos quieren vivir en las mismas urbes, tecnología como bálsamo de Fierabrás y vacuna universal. “Creo que los núcleos, el territorio, los pueblos, las pequeñas ciudades todavía admiten crecer algo más”, reflexiona. ¿También en Barcelona o Madrid? “Insisto en que se debe contemplar la mirada del territorio y ¡se obvia!”. Y lanza la palabra: “Turismo”. “La ciudad ha atraído y generado infinidad de problemas. Si se lograra diversificar en el territorio, sería distinto”.

Barcelona destinará, de sus Presupuestos Generales, 240 millones de euros a la vivienda. Es mucho y a la vez resulta poco para resolver un problema que deja a miles de jóvenes sin acceso a un hogar digno. “Con mayor equilibrio, siguiendo las directrices de una ciudad mediana, tendría mejor respuesta”, aseveran.

El arquitecto británico Norman Foster cree que la contestación (añadiendo todos los servicios públicos necesarios) en esta lógica planetaria (casi todo el mundo quiere, lo hemos visto, vivir en el mismo espacio) pasa por densificar. Construir en altura. Porque en extensión, el impacto medioambiental resulta mayor. “Creo que algunas ciudades sí admiten, digamos, crecer un poco. Pensemos en la Sagrada Familia. Si a esos turistas que llegan somos capaces de darles un entorno que vaya más allá de la catedral, seremos capaces de distribuir las visitas y limitar la presión sobre el monumento”, propone Aranda.

RCR crea paisajes, no edificios. La Garrotxa es tierra de volcanes. También pervive la obsesión de la tecnología, luz y aire natural. Algo que ya estaba en la escuela clásica. Incluso los espacios de meditación. “No veo tan claro demasiada tecnología. Es un falso bienestar que lo ha copado todo”, avisa el proyectista. Otro desafío, antes de continuar con la visita, es la geopolítica. La arquitectura es una cadena montañosa que recorre el mundo. “El planeta son muchas maneras de estar y tenemos que aprender a convivir y aceptar estas diferencias, porque al final nos enriquecen”. Tal vez piense en su espectacular torre Muraba Veil en Dubái.

El tiempo, el aire que baja de las montañas, la humedad y la lluvia convierten en imposible hablar más. Da tiempo a fijarse en una bella maqueta creada con pequeños tubos de hierro verticales y metacrilato amarillo, que transporta un paisaje volcánico a un lugar tan alejado como Albania. Y todo a partir de la nada. De un papel en blanco, del vacío; el talento.

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