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Café Perec
Columna

Un europeo extraordinario

Para el portugués Gonçalo M. Tavares escribir es un proceso de creación y búsqueda de la verdad, lo que requiere construir un mundo paralelo de resistencia a la barbarie

El escritor portugués Gonçalo M. Tavares.

En plena era del Caos, tal vez no esté de más que les recuerde que el cerebro humano consta de una pequeña parte, ética y racional (todavía muy pequeña), y una enorme trastienda cerebral, bestial, animal, territorial, cargada de miedos, de irracionalidades, de instintos asesinos.

De los laberintos de esa trastienda se ocupó el portugués Gonçalo M. Tavares en El Reino (Seix Barral, 2018), reunión de lo que denomina sus “libros negros”, los cuatro que van de Jerusalem a Aprender a rezar en la era de la técnica. En todos ellos, escritos entre 2003 y 2007, ya se nos advertía que la técnica y la racionalidad moderna podían servir para justificar la barbarie.

En las antípodas de El Reino, encontramos El Barrio, reunión de sus “libros amables”, centrados en un chiflado y geométrico Chiado literario en el que vemos comprar el pan, almacenar el vacío en cajas, y chismorrear al señor Valéry, al señor Brecht, al señor Walser y compañía.

Uno de los puntos en común entre el lado alegre de El Barrio y el siniestro de El Reino se hallaría en la pasión por las estructuras matemáticas y la exploración de lo cotidiano. No por nada, Gonçalo M. Tavares —premio Formentor de las Letras 2026, una vez más el jurado ha dado en la diana— tiene a veces un aire a lo Perec por su capacidad para crear universos fragmentados y metódicos.

Una mañana en Lisboa —fui testigo del momento— le preguntaron si era un escritor político. Y Tavares fue fulminante: “Los partidos no me interesan, pero la política sí”. Tampoco ha andado con chiquitas en su último libro publicado hace dos meses, la epopeya satírica O Fim dos Estados Unidos da América. Ahí examina, con su estilo fragmentario y filosófico, una guerra civil en EE UU que se libraría en esa ocasión, no por regiones enfrentadas, sino simplemente entre ricos y pobres. Con la extrema desigualdad social, ¿por cuánto tiempo más se seguirá considerando a estas dos clases de ciudadanos como pertenecientes a la “misma especie”?

Y, sinceramente, es un placer leer lo que ha ido diciendo tras ganar el Formentor. Para Tavares, un libro no es otro canal de televisión, ni un masaje, ni está para entretener bobamente. Es decir, la literatura, entendida con seriedad, es un proceso de creación y búsqueda de la verdad, lo que requiere construir un mundo paralelo, de resistencia a la barbarie, a la estupidez, a la violencia, algo así como un mundo que intente, a través de la lengua, anteponer la inteligencia.

Sònia Hernández (del jurado del Formentor) me comentaba ayer que le fascina ver cómo en el mundo de Tavares “todo sucede en un tiempo inconcreto, cuando el miedo acelera el surgimiento de la verdad y todo podría suceder en cualquier momento o ya ha sucedido, en ciudades de una Europa más cansada que vieja, una Europa que avanza como un soldado que marcha por el camino que el peligro va abriendo”.

Creo que es el mismo peligro por el que avanza el asombrado lector de este escritor europeo extraordinario.

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