La venganza de Odessa: vuelven los nazis secretos de Frederick Forsyth
La secuela póstuma de la famosa novela del escritor británico describe una conspiración en la actualidad de la siniestra organización clandestina


“Nunca se acaba el peligro, no hace más que cambiar de forma. Tendremos que luchar de nuevo, y acaso después otra vez, antes de que se haya terminado”. Así se expresaba en las páginas finales de Odessa el coronel de los servicios secretos israelíes que habían logrado conjurar el peligro de los cohetes letales tipo V2 puestos a disposición de Nasser por la secreta organización nazi. La famosa novela de Frederick Forsyth (la más popular del autor después de su Chacal), publicada en 1972, transcurría en 1963, y ha hecho falta medio siglo para que la observación de aquel coronel israelí —“tendremos que luchar de nuevo”— se haga realidad. Como dice en la secuela, La venganza de Odessa (Plaza & Janés, 2026), el protagonista de la novela original, Peter Miller, el hombre que destapó la existencia de la maligna organización y que vuelve a aparecer, con 93 años, para ayudar a su nieto en una investigación similar a la que hizo él: “Era obvio que Odessa volvería. Lo cierto es que nunca se fue. No del todo”. O como reza la publicidad del libro: “Los nazis nunca fueron derrotados, solo esperan su momento”.
He leído con muchísimas ganas la continuación de Odessa, recordando lo que disfruté la primera entrega en 1973, en un mundo tan distinto. Lo he hecho con la vieja novela original al alcance de la mano, inolvidable con su sobrecubierta azul en la que aparecía parte del perfil de un oficial de las SS con la gorra de la calavera y un ojo amenazante sobreimpreso a un mapa de Sudamérica, como señal de todo lo que se escondía allí. Y no solo allí: entre las cosas que no recordaba de Odessa, está lo de que su jefe ejecutivo llamado el Werwolf, el hombre lobo (en referencia al nombre de la resistencia alemana montada contra la ocupación Aliada al acabar la Segunda Guerra Mundial), escapaba al final para instalarse en una finca en una pequeña isla mediterránea: Formentera. En la secuela juega un papel importante un descendiente del Werwolf.
La venganza de Odessa, publicada en inglés el pasado octubre tras la muerte de Forsyth en junio y que el autor de 86 años, ya muy mermado, escribió con la ayuda de Tony Kent, es, hay que decirlo, inferior a la novela original y en sus primeras páginas tira un poco para atrás. Transcurre en la actualidad y se abre con un atentado terrorista de cuño islámico en Alemania que parece no tener nada que ver con la trama que te esperas. De hecho, la palabra Odessa no aparece hasta la página 63. El protagonista de la historia, que arranca algo deslavazada, es Georg Miller, el nieto de Peter Miller, también periodista, aunque con pódcast e influencer, que descubre accidentalmente la pista de Odessa, la Organisation der ehemaligen SS-Angehörigen, Organización de Antiguos Miembros de la SS, el movimiento clandestino y ultrasecreto que se daba por desarticulado y que ya no se dedica a trasladar a lugar seguro a los criminales nazis perseguidos, sino que se ha convertido en una red mucho más ambiciosa y sutil, tipo Spectra, que aspira a dominar Alemania y luego el mundo.

Retomar la organización en la actualidad tiene la pega de que no puedes poner nazis auténticos, con el gran resultado que dan —uno que sale sufre demencia senil—, así que Forsyth y Kent nutren las filas de Odessa con nuevos SS fanáticos formados en los servicios secretos y las fuerzas especiales alemanes —el KSK, la versión germana del SAS— aunque, eso sí, dos de ellos, para no cortar el pardo cordón umbilical, son biznietos de Reinhard Heydrich, el hombre con el corazón de hierro como lo calificaba Hitler y “junto con Himmler, el mayor hijo de puta que dio jamás el partido nazi”, como lo describen muy gráficamente en la novela. La versión 2.0 de Odessa, los nuevos malos, desprecian como un subproducto y una “panda de neandertales” al AfD, el exitoso partido de extrema derecha Alternativa para Alemania, pero los usan para sus aviesos fines. La historia tiene una ramificación en EE UU donde Odessa extiende sus tentáculos en la vida política en aras de cumplimentar su gran plan y su despliegue. En esta trama paralela, con un presidente estadounidense populista, la protagonista es una joven afroamericana metida en la campaña de un congresista y que descubre un complot de la siniestra organización.
Pese al inicio poco prometedor, la novela te va enganchando, y al poco ya empiezas a pasar páginas como si no hubiera un mañana (más aún si simultaneas la lectura con una novela de László Krasznahorkai como hice yo), recuperando las buenas sensaciones y la emoción del Forsyth de siempre. La historia incluye en el bando de los buenos a un exmercenario sin escrúpulos y exmiembro del MI6 (un guiño a que el escritor lo fue) y describe con mucha efectividad las escenas de acción. Como decía, faltan los nazis históricos, y es una pena, así que he vuelto a la Odessa original a buscarlos. Parte del éxito de aquel fenomenal best seller fue la elección del criminal protagonista, el austriaco Eduard Roschmann, un oficial de las SS real, comandante del gueto de Riga, cuyo nombre se lo sugirió a Forsyth el cazanazis Simon Wiesenthal, con la esperanza de que la novela reactivara su búsqueda, como así sucedió: un hombre que vio la película basada en el libro identificó y denunció en Argentina en 1975 a Roschmann, que acabó teniendo que huir, muriendo miserablemente en Paraguay en 1977. “Misión cumplida”, me dijo Forsyth una vez que lo entrevisté. Qué tipo, te podía contar aventuras en Biafra (tenía una bala de la suerte que casi le alcanzó allí y que guardaba como yo la mía del 23-F), o cuando hubo de lanzarse a un canal que se usaba como letrina para escapar de los morteros (el arma que más odiaba; también hablaba de la vez que conoció a la piloto nazi Hanna Reitsch, o lo que se sentía al pilotar un reactor Vampire de la RAF).
Curiosamente, en la novela y el filme —protagonizado por Jon Voight (Miller) y Maximilian Schell (Roschmann)—, la persecución del nazi la desencadena un asesinato que en realidad el verdadero Roschmann no cometió, y mira que mató gente: el del padre de Miller, capitán de la Wehrmacht condecorado con la Cruz de Caballero con Hojas de Roble —por medalla que no quede— y al que el Roschmann de ficción liquida cobardemente para huir del avance ruso. De la película siempre me ha chocado que se decidiera que el actor Joachim Dietmar Mues (que por cierto murió en Hamburgo en 2011 en un raro accidente) interpretara al ficticio capitán Erwin Miller con un desconcertante bigote de falangista. Y de la novela y el filme, que toda la minuciosa preparación del protagonista para infiltrarse en Odessa haciéndose pasar por un miembro de las SS en fuga no sirviera para nada, pues le descubren enseguida.

En sus memorias El intruso: Mi vida en clave de intriga (Plaza & Janés, 2016), Forsyth dedica un capítulo a explicar la génesis de su Odessa y como le orientaron Lord Russell de Liverpool, asesor en los juicios de Nurenberg, y Wiesenthal. Recuerda la respuesta del segundo al pedirle que le ayudara a inventar un criminal nazi huido como protagonista: “¿por qué inventar uno?, los tengo de verdad”. El problema, además, añadió, no era que hubiese pocos para elegir sino demasiados.
Forsyth, cuyo personaje de Peter Miller reproduce casi paso por paso la investigación que hizo el propio escritor para la novela, fue quien dio popularidad a Odessa —de la que ya hablaba Wiesenthal en su autobiografía de 1967 Los asesinos entre nosotros (Noguer)— y relanzó todo el interés por los nazis escondidos y la posibilidad de que quisieran no solo escapar sino volver y que de hecho ya hubieran penetrado (o siguieran estando) en los resortes del poder político y económico. En ese sentido he leído un libro apasionante, The Fourth Reich, the specter of nazism from World War II to the present, de Gavriel D. Rosenfeld (Cambridge University Press, 2019), que resigue la evolución del concepto IV Reich, que para mi sorpresa tuvo en su momento un sentido positivo como superación o antítesis del III Reich (se proponía que lo presidiese Thomas Mann una vez fuera derrotado Hitler), antes de convertirse en epítome del regreso del nazismo. En realidad, a Hitler no le gustaba lo del IV Reich: le bastaba el III para hacer todo lo malo que pensaba, y además el suyo iba a durar mil años. Tras la Segunda Guerra Mundial se consolidó la idea del IV Reich como revival del III y dispuesto a acabar los planes del anterior.
Rosenfeld recuerda la importancia de los nazis en la sombra en la cultura popular con filmes como El extraño (1956), de Orson Welles, que encarnaba él mismo al criminal nazi oculto ¡como maestro! en un pequeño pueblo de Connecticut, o Encadenados, con Claude Rains en el papel de jefe de los nazis escondidos y dedicados a sus cosas de nazis (conseguir uranio para una bomba atómica) en Brasil (adelantándose a Los niños del Brasil, novela de 1976 de Ira Levin y película consiguiente sobre el plan del fugado Mengele para clonar a Hitler). Marathon Man (1976), las novelas de nazis de Robert Ludlum, los cómic del Capitán América (el archivillano Cráneo Rojo apareció en 1972), incluso en capítulos de Viaje al fondo del mar, Misión imposible y El agente de Cipol salían nazis conspirando, o sobreviviendo como en Portero de noche (1974). En la vida real el que apareciera en Alemania el SRP, Partido Socialista del Reich, con líderes como Otto Remer, el oficial que detuvo la operación Valkiria, o la Conspiración Naumann de prominentes ex nazis no invitaba al optimismo. Como tampoco el que se creyera (erróneamente) que Bormann seguía vivo (como sostenían el ínclito Ladislas Farago y tantos libros).
Es difícil desligar la Odessa de Forsyth de aquellos tiempos, que he revivido con una extraña nostalgia al leer la secuela de su novela. Las cosas estaban muy claras entonces y los nazis, por muy peligrosos que fueran, tenían que moverse mayormente en la oscuridad o en los márgenes de nuestras democracias. Eran los malos sin duda alguna. Ahora sus sucesores, sus vindicadores y los que tienen ideas parecidas están en el centro de la vida política y campan a sus anchas, reclamando mayor espacio. Quizá esa es la verdadera venganza de Odessa.
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