La huida hacia delante de Paul McCartney
Un documental retrata los trepidantes años 70 del músico: comenzó grabando en soledad, siguió lanzando al grupo Wings y terminó con su detención en Japón por posesión de marihuana

Desde el principio, Paul McCartney (Liverpool, 83 años) se empeñó en ser “el beatle simpático”. Un tipo positivista, siempre con el pulgar hacia arriba. Un multimillonario que decidió enviar a sus hijos a colegios públicos, para que salieran de la burbuja. Un hombre aparentemente normal, que alardeaba de estar accesible al mundo.
Cuando acudías a entrevistarlo, descubrías que las cosas no eran exactamente así. Te avisaban de que no, que de ninguna manera podrías fotografiarte con él. Que incluso, “ni siquiera lo intentes”, se negaría a firmar tus copias de sus discos. Detestaba, te explicaban, que alguien monetizara esos autógrafos. Se suponía que sus representantes acudían discretamente a subastas para adquirir souvenirs relacionados con él, para así sacarlos del mercado del coleccionismo musical. Todo ello revelaba una voluntad de, para decirlo en términos actuales, controlar el relato.
Ninguna broma: de forma subrepticia, Paul ha puesto zancadillas a los periodistas que han pretendido escribir sobre él, por discreción o para potenciar su biografía oficial, firmada por su amigo Barry Miles. A la misma categoría de autocelebración pertenece el nuevo documental, Paul McCartney. Hombre a la fuga, ya disponible en Prime Video, dirigido por un realizador fiable, Morgan Neville. La narración parte del drama de la separación de los Beatles en 1970 y concluye en 1980, tras el desastre de su arresto en Japón por posesión de un cuarto de kilo de marihuana, con el estrambote del asesinato de John Lennon. Para entonces, ya se había establecido como el más prolífico de los cuatro en solitario. Recuerden: George Harrison salió fuerte con All Things Must Pass, pero no demostró aguante, y Ringo Starr confirmó que era un agradable peso pluma. No, la competición estaba entre un mercurial John Lennon (que dejó de hacer discos durante la segunda mitad de los setenta) y un Paul que sencillamente no quería parar.
El documental sugiere que no todo fue coser y cantar. McCartney sufrió una verdadera crisis de identidad a los 27 años, cuando hizo pública la ruptura de los Beatles, anticipándose a la voluntad lennoniana de romper el juguete. Eso le supuso cargar con el inmerecido sambenito de que se cargó a los Beatles. Paul fue torpedeado además por How Do You Sleep? (1971), una canción malévola de Lennon, alguien que sabía acudir a los medios para publicitar sus posturas.
Por el contrario, Paul se encerró en su modesta granja escocesa y se medicó con whisky. Le salvó la paciencia de su esposa Linda y su propia testarudez: había apostado por grabar en solitario, sin ayuda, su primer álbum, McCartney (1970), demostrando sus dotes como multiinstrumentista. Claro que, como se consideraba un showman, pronto volvió a los directos. Esa, la energía de la carretera, había sido precisamente la solución que propuso ante la constatación de que los Beatles entraban en descomposición; sus acomodados compañeros no estaban por la labor.
El vehículo de Paul para recuperar prestigio fue el grupo Wings. Parecía un capricho lúdico cuando se subieron a un autobús y pararon en varias universidades británicas, ofreciéndose a las asociaciones estudiantiles para dar un concierto esa noche con unas entradas de precio simbólico, cobrando en bolsas de monedas. Aunque terminaran girando internacionalmente, se palpaba su voluntad de funcionar fuera de las reglas del rock business. La libertad era lo primero: se permitía lanzar en 1972 Give Ireland Back to the Irish, una canción motivada por los sucesos del Bloody Sunday en Derry, cuando paracaidistas británicos mataron a 13 pacíficos manifestantes norirlandeses. La letra pedía la unificación de Irlanda con un lenguaje coloquial; como era previsible, fue boicoteada por la BBC. Pasados los años, Paul prefirió olvidar aquel arrebato: aunque resultó un considerable éxito internacional, finalmente no la incluyó en el recopilatorio Wings Greatest, de 1978.
El espíritu contradictor de Paul también se hizo evidente durante la elaboración del triunfal Band on the Run (1973). Empeñado en escapar de la zona de confort, buscó estudios exóticos pertenecientes a su discográfica. Terminó en Lagos, capital de Nigeria, donde descubrió que —para decirlo suavemente— EMI no atendía a sus estudios africanos con el mismo cuidado puesto en Abbey Road. Figuras locales como Fela Kuti se temieron que el beatle venía a robar su música. No era precisamente eso pero McCartney estuvo a punto de perder la vida durante un atraco callejero.
Militar en Wings permitía a sus músicos vivir aventuras como superestrellas, con el pequeño inconveniente de que la paga era cicatera; con el tiempo, el único que permaneció al lado de Paul y Linda McCartney fue Denny Laine, también rebotado de otro grupo ilustre (los Moody Blues). Más adelante, un apurado Paul explicaría que la tacañería sufrida por sus compañeros era cosa de su oficina. Aprendió la lección y sus siguientes sidemen serían compensados más adecuadamente.
Fueron años de aprendizaje sobre lo que debía aportar. Tras negarse a tocar en directo temas de los Beatles, fue incorporándolos al repertorio (y lo siguió haciendo desde entonces). Inclusive aceptó ser examinado por Albert R. Broccoli y Harry Saltzman, los productores propietarios de la franquicia de James Bond, para que aprobaran su canción para la película To Live and Let Die, pieza atípica para las convenciones de la serie. Paul estaba justificadamente seguro de sus poderes, de esa prodigiosa capacidad para ir del pop —a veces muy empalagoso— al rock intenso. Todavía pasarían décadas para que se permitiera incursiones en el campo de la música sinfónica, siempre de la mano de compositores flexibles. No resulta ningún descubrimiento que una de las virtudes de McCartney es su eclecticismo: Coming Up, su éxito de 1980, aprovechaba gozosamente los hallazgos de la disco music e impresionó favorablemente a su amigo/competidor John Lennon.
Tratándose de Paul, no faltaron las bromas, como Thrillington (1977), un álbum instrumental que firmó con el seudónimo de Percy Thrills Thrillington. O el reggae Seaside Woman, realizado por Wings con Linda McCartney como voz principal, atribuido a Suzy and the Red Stripes. Se podía permitir esos antojos: Band on the Run había despachado muchos millones de copias.
Esas discrepancias de la norma no están recogidas en Paul McCartney. Hombre a la fuga. Tampoco esperen encontrar allí reflexiones íntimas: no es su modo de presentarse en público. El documental se beneficia de la abundancia de fotografías y películas tomadas por Linda McCartney. Y de la generosidad de espíritu de Paul. Verán: pudo haber aprovechado, por ejemplo, para cacarear que estuvo en lo cierto respecto a la escasa fiabilidad de Allen Klein, el mánager que Lennon trajo para enmendar los asuntos de los Beatles y que terminó desencadenando una guerra entre los miembros del cuarteto. Pero no, ese no es el estilo de Paul McCartney.
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