Julio Manrique, director del Teatre Lliure: “El 50º aniversario ha de ser una celebración, no un exorcismo”
El actual responsable del emblemático teatro catalán cuenta con Lluís Pasqual para la conmemoración, en la que no se remontará ningún espectáculo histórico del colectivo


“Cuando en la cocina hay armonía, el plato sale mejor”. El actor y director de teatro Julio Manrique pronuncia la frase en el restaurante del Teatre Lliure, pero no habla del restaurante sino del Lliure. La metáfora expresa muy bien —Manrique domina las palabras y el lenguaje: alguien ha dicho que con él nunca has de olvidarte de que es actor— el pensamiento de quien está actualmente al frente del emblemático colectivo catalán, que este diciembre cumple los 50 años de su fundación. Manrique (Barcelona, 52 años), que es director del Lliure por concurso público desde el 1 de febrero de 2024, cuando sustituyó a Juan Carlos Martel, y tiene contrato hasta el 1 de febrero de 2029 (le quedan tres años), afronta la cita del aniversario con la consideración de que el concepto clave debe ser la idea de transmisión, y de mirada al futuro.
Hasta junio no anunciarán los actos de la conmemoración, que arrancarán a principios de la temporada próxima, pero Manrique avanza que no está previsto remontar un espectáculo emblemático del Lliure como se ha hecho en otros aniversarios (con Les noces de Figaro en 2016 por los 40 años). También revela que Lluís Pasqual, unos de los fundadores del Teatre Lliure y su personaje más icónico tras la muerte de Fabià Puigserver, tendrá un papel en las celebraciones, pese a la polémica con la que acabó su mandato en 2018. “El 50 º aniversario ha de ser una celebración y no un exorcismo, y lo intentaremos tozudamente”, afirma Manrique. “Ya hay bastantes haters y balas y sacos de mierda en el mundo, el teatro tiene que ser otra cosa”.
El director del Lliure ha estrenado recientemente en el teatro El barquer (hasta el 15 de marzo), del británico Jez Butterworth, del que ya montó Jerusalem en 2019. “Es un autor muy potente, y El barquer una obra descomunal", señala Manrique con el destello de pasión por el teatro en los ojos. “Es una obra que pasa en agosto de 1981 el campo en el condado de Armahg en Irlanda del Norte, durante un solo día, en la fiesta de la cosecha. Seguimos las vivencias de una familia, los Carney, con el trasfondo del tema de la tierra y del conflicto norirlanés y la huelga de hambre de sus presos ese año”. En la obra, aparece un cadáver en un pantano, lo que dispara (y valga la palabra) la trama. “Es una pieza muy novelesca, que te pilla como una mala cosa”. Manrique viajó por Irlanda del Norte para preparar el espectáculo. “Hay muchas heridas abiertas, aquello fue muy gordo, es un lugar muy pequeño y todo el mundo formaba parte del conflicto, una guerra entre vecinos”.

El barquer, un gran espectáculo con 19 intérpretes que “solo puede hacerse en un teatro público”, es la segunda dirección de Manrique desde que está al frente del Lliure (la anterior fue La gavina, de Chéjov, con la que abrió su primera temporada en el teatro, en octubre de 2024). Lo que no hace desde que es director del Lliure es actuar. “No lo echo de menos”, afirma. “Tampoco me sería fácil”, añade. Su idea es dirigir un montaje por temporada, algo que le permite, recalca, el hecho de tener “un equipo muy bueno” en la gestión del Lliure. “Soy feliz sobre todo haciendo teatro”, asegura, “es lo que me gusta de verdad; ojo, estoy contento de llevar la casa, de lo que hacemos día a día, pero mi motor es la sala de ensayos”.
El balance de los dos años que lleva en el Lliure, “no se si me corresponde hacerlo a mí, pero estoy satisfecho”, señala. “Es una responsabilidad de aúpa, y un lugar muy expuesto, en el que te miran mucho, con lupa, juzgan qué oportunidades das, cómo empleas los presupuestos, todo. Es imposible satisfacer a todo el mundo. Has de hacer una programación propia de un teatro público y a la vez asumir riesgos. No has de hacer arqueología, pero tampoco puedes renunciar a la tradición y la historia. Has de usar toda la paleta del teatro contemporáneo e ir fuera, a la danza, al circo, a la performance”. Manrique se define como “muy espectador de cosas que no sabría cómo hacer yo”, y destaca que ha querido hacer una programación muy abierta, centrada en la idea de un teatro de arte, de gran calidad, para todo el mundo. Que el público entendiera su propuesta y acudiera era esencial, dice. “El teatro no existe si no viene gente”, recalca. “Queríamos que importara lo que hacemos, y eso está pasando”.
De puertas adentro, añade, era asimismo fundamental que el personal estuviera a gusto y se sintiera parte de un equipo, “ir todos a la una, aunque pueda sonar iluso”. Considera que el empeño “ha dado sus frutos” y “se ha cambiado la atmósfera” de trabajo. “El convenio laboral está en marcha, avanzamos mucho, y vamos a dejar una buena herencia para los que vengan después”. Insiste en que había que “deshacer nudos y abrir ventanas para que corriera el aire”.
Su proyecto ganador del concurso, fue recortado luego; cayeron cosas como la compañía joven. “Se hizo lo que se pudo, lanzamos una piedra a la luna que es la forma de darle por lo menos al farol; la idea de la compañía era de otros tiempos y vi que era muy complicado que funcionara en estos”.
El Lliure de Manrique, padre de tres hijos y cuya pareja es la también actriz, traductora y ya directora (ha debutado con En la medida de lo imposible) Cristina Genebat, ha potenciado la vertiente social a través del proyecto Ànima Lliure, con el objetivo de abrir el teatro a todo el mundo y a las voces y cuerpos diversos. ¿Se ha puesto demasiado el acento en esta dirección? “No me parece, insistir en el programa social, en la inclusividad, abrir el teatro a la diversidad funcional y la neurodiversidad es de justicia. Tengo una relación personal con el tema y soy muy consciente de lo que el mundo ha hecho y ha de hacer aún para integrar a esas personas. Dicho esto, no creo que el arte se haya de justificar socialmente, el teatro tiene sentido por sí mismo. Lo importante en siempre es que los espectáculos sean buenos, el criterio artístico es lo primero. Así, hemos podido ver obras en el Lliure como el Hamlet del Teatro La Plaza interpretado por actores con síndrome de Down, que era un espectáculo extraordinario, en el que el ser o no ser cogía una volada impresionante, o La vie invisible, a partir de la historia real de la ceguera de su intérprete”.
Manrique señala que estamos en un buen momento de teatro. “Es real, lo muestran las cifras y las espietas, los chivatos de ocupación de los teatros. El teatro funciona, hay ganas de ir, eso se tiene que ver en parte como reacción a la digitalización, el pantallismo, la IA. La gente quiere ver personas en vivo, algo que si no estás te lo pierdes”.
¿Hay una tendencia general al pequeño formato y las historias más cercanas en perjuicio de las más universales, el gran teatro? “En el Lliure no. Ahí está la versión de Antígona que se verá en mayo, el Casting Lear de la temporada pasada, o el mismo El barquer. Cierto, intentamos que siempre esté presente el de dónde venimos, y que si se escoge un texto clásico te toque y no sea otro Shakespeare, otro Chéjov porque sí. Se trata de traerlo hasta nuestro tiempo, adaptarlo a estas coordenadas, que te hable de alguna manera del aquí y ahora. El teatro no es un museo, sino un lugar para el debate, para hablar de nuestro tiempo, y eso se puede hacer desde los clásicos también”. Manrique continúa: “Me gustaría que en el Lliure estuvieran presentes todas las formas artísticas y no renunciamos a explorar las grandes obras históricas y clásicas. Es cierto que hay una tendencia actual hacia el yo y la autoficción, también en las artes escénicas. No hay fórmulas fijas, todo puede generar cosas interesantes y espectáculos fallidos. Es verdad que hay toda una generación que explota el mundo del yo y que tiene una relación muy estrecha con las redes y su imaginario, todo eso tiene cabida, está bien que se salga de lo habitual y surjan cosas disruptivas”.
Es habitual que los directores de los teatros con financiación pública pidan más recursos, y eso ha sido una tradición en el Lliure. “Mi política no es quejarme, no me parece muy inteligente, es mejor convencer y seducir con resultados. Pero es cierto que el presupuesto para actividades se nos había desinflado un poco, aunque en 2026 ha crecido gracias a las aportaciones extraordinarias para el aniversario. Le estoy muy agradecido a las administraciones, soy consciente de que no lo tienen fácil”.

El aniversario, señala Manrique, se celebrará en otoño de este año, de septiembre a diciembre, con una programación especial y más cosas como exposiciones, publicaciones, “y alguna fiesta”. El director asume la responsabilidad de estar al frente del histórico colectivo en un momento tan señalado. “Me ha tocado, sí, estar yo, pues guay, hay mucho que celebrar. Aquí ha pasado de todo, bueno, menos bueno y también malo. Es evidente que yo no estaba al principio: cuando se fundó el Lliure tenía tres años. Pero, aunque he hecho muchas cosas en mi trayectoria, como ser director del Teatre Romea, participar en la creación de la productora La Brutal, protagonizar el Hamlet de Oriol Broggi en la Biblioteca [una de sus mejores interpretaciones junto con el Vania de Oskaras Korsunovas] o toda la televisión, y el cine, me siento bastante parte del Lliure, de corazón. Debuté como actor profesional en 1994 en el Lliure de Gracia con Enemic de clase de Josep Maria Mestres, producción de Zitzània, la compañía creada por Pere Planella y Guillem Jordi Graells. En el Lliure conocí gente con la que flipé. Era un territorio muy mítico para mí. Y fue fundamental en mi vida porque gracias a una beca del Lliure para participar en un taller internacional sobre Shakespeare organizado por la red de la Unión de Teatro de Europa llegué a trabajar en el Théâtre des Bouffes du Nord de París con Peter Brook”. En el Lliure ha participado en una treintena de montajes en total, fue parte de la compañía de Àlex Rigola y estrenó El curiós incident del gos a mitjanit, versión teatral de la novela.
Del punto más peliagudo de la celebración del aniversario, la participación que tendrá Lluís Pasqual, Manrique es claro: “Lluís Pasqual tendrá un papel. Tiene que estar toda la gente que ha sido importante para el Lliure y Lluís merece ser reconocido y tener un papel en la celebración. Lluís Pasqual y otros”. De hecho, está previsto que Pasqual, actualmente inmerso en la preparación de una película en la que encarnará al rey Hassan II de Marruecos, dirija un espectáculo. Abundando en el tema, para Manrique, “nunca es síntoma de salud de un sector que sus personas significativas se vayan a pedradas”. Sobre el caso Pasqual, que dimitió de la dirección del Lliure tras la acusación de abuso de poder por parte de la actriz Andrea Ros y una campaña en contra, reflexiona que ha habido “un cambio de paradigma y de mentalidad” con respecto a los comportamientos permitidos a los directores. “En la época de digamos Strehler y compañía ser talentosos les confería a los directores una impunidad, y les permitía poder no ser particularmente delicados, lo que llevaba a excesos. Los tiempos cambian y lo han hecho más en la línea de la gente a la que nos gusta trabajar con y desde el buen rollo en el escenario. A los que nos gusta que la gente nos quiera y no nos tenga miedo. Y eso es bueno. Afortunadamente, las formas más propias de otra época van desapareciendo solas. Hay que poner las cosas en su contexto, pero es normal que hoy algunas cosas de cómo se trabajaba antes nos escandalicen”.
En todo caso, Manrique afirma que “en vez de meterme en culebrones” lo importante de la celebración va a ser “la idea de transmisión, mirar y reconocer de dónde venimos con los ojos puestos en los que vendrán”. Suena muy chejoviano, podría ser un pensamiento de un personaje de Las tres hermanas, una obra que, curiosamente, han hecho los dos, Pasqual y él, en el Lliure. “Es el peligro de tener siempre en la cabeza a Chéjov”, ríe francamente Manrique. “Pero la verdad es que si no dedicas al menos cinco minutos a pensar en lo que vendrá te equivocas. Contigo no se acaba nada, esto va a seguir, como la vida”.
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