Ana Juan, artista: “Vivo de mi prestigio y de trabajar muchísimo”
La ilustradora y pintora, autora de 28 portadas para ‘The New Yorker’, ha competido para realizar la 29ª, sobre la guerra en Irán, mientras triunfa con una exposición de 100 obras sobre su imaginario personal

Ana Juan recibió hace unos días un correo, “junto a varios ilustradores del mundo”, invitándola a condensar en una imagen la conmoción mundial tras el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán para la portada de The New Yorker y se puso manos a la obra. Si resultara elegida, sería su vigésimo novena primera página en la mítica revista americana, desde la primera, en 1995. Me lo cuenta ella misma cuando la llamo para actualizar nuestra conversación principal, que tuvo lugar hace un par de semanas en la sede de su exposición Wunderkammer (Gabinete de Maravillas), en el mismísimo Ayuntamiento de Madrid, a la una de la tarde de un día de diario. Fue curiosísimo ver a una artista mirar a otros contemplando su obra. Un grupo de personas, la mayoría mujeres de edad mediana-alta, atendían atentísimas a las explicaciones de un joven y entusiasta guía sobre las imponentes criaturas salidas de la imaginación de la artista. Pasamos por delante para que la autora posara para el fotógrafo ante una de sus obras, los visitantes se dieron cuenta de que era la mujer de la foto del catálogo, y ella se quería morir de la vergüenza. Pero nos habíamos quedado con Ana Juan, hace unos días, barruntando ideas para ilustrar para la portada de una revista global sobre la guerra.
¿Cómo afronta el encargo?
Me pillas con el lápiz en la mano. Estoy muy tranquila porque veo tan difícil que me elijan que abandono desde ya toda esperanza de ser la elegida.
¿Entonces, para qué ha aceptado la invitación?
Mira, es muy difícil ilustrar esta guerra. Hay demasiadas aristas. La portada no tiene que ser sangrienta. No tiene que ser dura. Hay demasiados actores en juego: Estados Unidos, Israel, Irán, Europa. Los velos, los ayatolás, el imperialismo de Trump. Además, no seamos ingenuos: el New Yorker es cercano a Israel, al lobby judío, y tiene sus propios códigos. No ha publicado ni una portada dedicada a Gaza, por ejemplo. Son las reglas del juego. Las aceptas, o no. Pero, bueno, igual luego, va y me sale algo y les gusta.
Ya le ha salido otras 28 veces.
Bueno, de la primera no se enteró nadie. Fue en 1995, para un especial sobre el hogar. Entonces no había redes sociales y tampoco yo se lo conté a nadie. Una editora de una revista en Barcelona le enseñó un catálogo mío a la nueva editora de The New Yorker y a ella le gustó. Por eso digo que es importante seguir tu instinto. Hacer lo que quieres y convencer al mundo de que necesita tu trabajo, no al revés. En eso soy muy visceral. Algunas de esas 28 están hechas en muy poco tiempo, otras, se han desarrollado a lo largo del tiempo. Y, en todas, siempre me sorprendió haber sido elegida.
Ahí conoce el veredicto, pero ¿qué sensación le produce ver a otros apreciar su obra en directo, como el otro día en su exposición?
Pudor. Hay muchas cosas que una no puede ni imaginar que otros puedan ver en tu trabajo. Eso es fascinante y, al mismo tiempo, me da muchísima vergüenza. Jamás hubiera pensado que alguien se iba a tirar diez minutos, con lo que son diez minutos hoy, delante de alguna obra mía. Por eso no hay cartelas en esta exposición. Quiero que cada uno se vaya a casa con una interpretación diferente, y que, una vez en casa, lo recuerde y tenga más preguntas que respuestas.
¿No le sube el ego?
Mi ego está bastante maltrecho. Está vapuleado, como todos. El camino no ha sido siempre de rosas, también ha habido muchas espinas.
¿Cómo trabaja una artista? ¿Ocho horas al día, de lunes a viernes?
Hacer esta exposición, por ejemplo, me ha llevado todo un año. Trabajo todas las horas del mundo que puedo, hasta que me aguanta el cuerpo. Y, entre medias, acepto algún trabajo de encargo, si me interesa.
¿De qué vive usted?
Del prestigio.
¿El prestigio paga las facturas?
Bueno, vivo del prestigio y de trabajar muchísimo. En España hay que trabajar muchísimo para vivir del arte, del que a ti te gusta, y seguir creciendo como artista, porque el mundo, el público, te exige que siempre seas el mismo, y tú evolucionas, tienes otras inquietudes y tu trabajo no se va a quedar anquilosado. Hay que convencer al mundo de que necesita tu trabajo. Mi éxito, si se puede llamar así, es que he construido mi propio espacio, soy mi propia etiqueta: Ana Juan.
Tuvo éxito muy pronto. Publicó en la revista ‘La luna’ en plena movida madrileña y, enseguida, en EL PAÍS.
Mis primeras ilustraciones las publiqué en el Diario de Valencia en Murcia y ni había acabado la carrera de Bellas Artes. Fui la última de tres hermanas. Nací cuando nadie me esperaba, molestando, como siempre. Mis padres estaban muy ocupados entre bodas y niños, así que no tengo ningún problema en estar sola, hacer mi mundo y mis cosas. Mi primer acto de rebeldía fue no hacer oposiciones, como querían mis padres después de la carrera, y empeñarme en vivir de esto, no sabía cómo, pero lo iba a hacer. Y lo hice. Por desgracia, mis padres no pudieron verlo. Me faltaron muy pronto. Pero le agradezco todos los días su apoyo.
¿Por qué cree que su trabajo triunfó enseguida?
Se juntaron varias cosas. En ese momento había muchas ganas de buscar cosas nuevas, se buscaban cosas diferentes, había que ser innovador y eso se premiaba
Y usted era la más moderna.
Nunca me he sentido moderna. Nunca lo he pretendido, sino hacer lo que yo quería hacer.
En aquella época, Madrid me mata no solo era una revista, sino, casi el lema de la Movida, una forma de vivir. ¿La mataba a usted?
No, yo no sé muy bien cuál es ese mundo del que todo el mundo habla. Yo tenía un plan, que era construir mi vida alrededor de mi trabajo, eso requiere tiempo y esfuerzo y, bueno, no estaba para fiestas nocturnas. Soy muy disciplinada porque disfruto con mi trabajo y me gusta tener tiempo, crecer, hacer mis cosas, investigar, y tener tiempo y espacio también para equivocarme, que tampoco está mal.

Su exposición está llena de criaturas fantásticas. ¿Ese es su mundo cuando cierra los ojos?
Sí, puede ser. O como yo veo el mundo cuando tengo que trasladarlo a un papel, una tela, o una escultura.
Si estas son las criaturas de sus sueños, sus pesadillas deben de ser de aúpa.
Jajaja. No, simplemente, tengo una memoria prodigiosa, y me acuerdo de todo, y de todos. Esas criaturas son mis amigos, hemos crecido juntos.
También está muy presente el cuerpo, por dentro y por fuera. ¿Es otra de sus obsesiones?
La piel es tu mapa, el mapa de las emociones que te acompañan toda la vida. El campo de batalla donde se han librado todas las alegrías y pensa de tu vida. Y también los órganos, porque son los que mandan en tu cuerpo, y en tu ánimo. Lo que es imposible de abandonar, tanto cuando te encuentras bien como cuando te encuentras mal.
Ahora, lo que impera es pretender borrar esas huellas, o intentar camuflarlas.
Claro, pero hay que vivir con ellas. No estoy en contra de borrar ninguna huella, Soy la primera que tengo coquetería, pero hay que saber evolucionar con ellas. No hay nada más difícil en este mundo que mirarse al espejo y aceptar lo que una es. Lo femenino es lo que mejor conozco. Sé dónde están nuestros puntos débiles, y los fuertes, y nuestro potencial también.
¿Cuáles son los suyos?
Parezco una persona muy resolutiva, muy dura, pero eso solamente es un escudo, porque sé que me puedo romper en cualquier momento. Soy muy dura por pura fragilidad.
¿Qué cosas la rompen?
Bueno, muchas cosas. La soledad, quizá. No tengo ningún problema en estar sola siempre. Pero sí a perder a la gente que quiero. Y lamento no haber dicho algo que tenía que haber dicho y no dije. Lo pensamos cuando ya es tarde. Y eso, el no haber dicho ciertas cosas, el no haber ayudado, el haber sido egoísta, es lo que me rompe, lo que me hacer llorar muchas veces.
En sus fotos, parece que se va a comer el mundo
No, solamente me estoy defendiendo para que el mundo no me coma a mí.
En ese sentido, ¿su arte es su armadura?
El arte es mi lenguaje. Mi idioma. La forma que tengo de comunicarme con el mundo. Mi espada y mi escudo. Soy mala comunicadora en cuanto a palabras, mi única vía de expresión es el dibujo.
¿Ha pasado travesías del desierto creativas?
Haberlas, haylas, y hay que superarlas. Hay que tener recursos, como todo en la vida.
Cuando eso ocurre, ¿qué hace, tira de oficio?
Pues se inventa una cosas, o no, porque muchas veces el resultado de mi trabajo han sido ediciones propias, aventuras en las que me he metido y he fracasado y me he estrellado, y otras que han salido bien, pero de todo eso queda un poso.
Esta entrevista sale el 8-M, ¿cuáles cree que son nuestras esclavitudes hoy, en el Primer Mundo?
La belleza es una de ellas, sin duda. Pero no solo la eterna búsqueda de la juventud, no queremos renunciar a envejecer. Pero, en el fondo, ¿por qué narices hay que envejecer cuando mejor estás en tu vida. Ya no solo por el hecho físico, sino porque yo no conozco otra cosa mejor que la vida. Si la conociera, ya me hubiera ido a otro sitio.
[Antes de cerrar la entrevista, vuelvo a llamar a Ana Juan].¿Ha mandado ya el boceto para la portada?
Sí, y no la han aceptado. No me sorprende. Éramos como 20 ó 30 personas dando ideas y yo no sabía por dónde iban los tiros, nunca mejor dicho. No pasa nada, estoy muy acostumbrada y con el ego blindado.
¿Puedo contarlo?
Como tú veas. Sí. Que el mundo se entere de que nada es un regalo.
LA GRAN HERMANA PEQUEÑA
Ana Juan (Valencia 65 años) es la pequeña de tres hermanas. Dice que ya nadie la esperaba, así que decidió no solo seguir, sino inventarse desde cero su propio camino. Estudió Bellas Artes y, antes de acabar la carrera, ya publicaba sus ilustraciones en la prensa. Fue después, en Madrid, adonde se mudó para buscar su sitio, donde su estilo conectó enseguida con las inquietudes del momento. Se convirtió en presencia habitual en los medios más vanguardistas, entre ellos La Luna y El País Semanal. Autora de 28 portadas de la revista norteamericana The New Yorker, todas ellas memorables, y de infinidad de obras para libros y carteles, triunfa estos días con una deslumbrante exposición en el Centro Centro del Ayuntamiento de Madrid.
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