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Mari Chordà, artista: “A las feministas se les ha olvidado lo bien que se lo pueden pasar juntas”

La editorial Godall recupera uno de los cuadernos de la pintora y escritora que fundó LaSal Edicions de les dones y el primer bar feminista de España

A sus 84 años, Mari Chordà reivindica lo liberador del disfrute. “Una buena fiesta tranquiliza mucho. Es un baño renovador de cuerpo y el espíritu”, apunta esta artista nacida en Amposta (Tarragona) en su piso en el Eixample izquierdo, en la frontera con Sant Antoni. En las paredes cuelgan sus poemas ondulantes pintados a acuarela, varios de sus cuadros de juventud y fotos con amigas que son altar y talismán al mismo tiempo. “Ya no puedo ir a muchas fiestas porque salgo poco y estoy más cansada de lo que me gustaría”, lamenta.

Pionera de la rebeldía poética que floreció en la Transición, Chordà no solo pintó, escribió y esculpió por una feminidad libre y ajena a la validación del canon. Hija de los dueños de una mercería, educada por monjas católicas y parte de la resistencia franquista por la que fue sancionada sin poder volver a dar clases de dibujo, la artista también defendió una sexualidad libre y sin convenciones, pisando la calle, reuniendo a las mujeres. Tras abrir Lo LLar, un local de conciertos y exposiciones en Amposta tan querido que hasta la Guardia Civil hacía la vista gorda con las proyecciones de El acorazado Potemkin en pleno franquismo, Chordá fundó junto a Carme Cases, María José Quevedo, Sat Sabater y Montse Solà, el café LaSal, el primer bar feminista de España. Se instalaron en junio de 1977 en la calle Riereta de un Raval que por aquel entonces era Barrio Chino. Meses después llegaría la primera editorial feminista de España, LaSal Edicions de les dones, un milagro que acabaría publicando a centenares de mujeres trascendentales de nuestra vida lectora.

Nos reunimos ahora que la editorial Godall reedita en formato bilingüe, con traducción al castellano de Isabel Navarro, Quadern del cos i del aigua, uno de los títulos que inició la leyenda de LaSal. Con poemas y textos caligrafiados de Chordà, acompañados con ilustraciones de Montse Clavé, aquella publicación que se agotó en las semanas posteriores a la fiesta de Sant Jordi de 1978 se llegaría a reimprimir en diez ocasiones y sus frases resuenan tan certeras como hace casi medio siglo: “A veces se nos olvida que tenemos un cuerpo para algo más que meter la ropa en la lavadora o bañar a los hijos”.

Pregunta. En 1978 este cuaderno salió sin autoría. “Esto es de todas y de cada una”, proclamaba su interior. ¿Por qué no lo firmaron?

Respuesta. En aquella época íbamos todas a una, queríamos salir del yo para centrarnos en el nosotras. Luego entendimos que necesitábamos poner el nombre para que las demás nos encontrasen. Para conocernos y reconocernos. Había una euforia muy feminista y muy joven.

P. De ahí ese dicho suyo, el de que las feministas de los setenta eran “adolescentes de 30 años”.

R. Aquella sensación de juventud que teníamos era casi infantil. Habíamos vivido una oscuridad tan profunda, tan cerrada y tan dominada por el franquismo, que poder respirar era algo increíble. Sentíamos una felicidad inmensa y eso nos hizo muy valientes.

P. ¿Por eso montaron un bar antes que la editorial?

R. Cuando te juntas con muchas mujeres, terminas queriendo hacer más cosas. Todas habíamos participado en las Jornades Catalanes de la Dona del 76, y nos reuníamos casi siempre en un piso impresionante en Sarrià [se refiere a la casa de la ingeniera y feminista Laura Tremosa]. El bar surgió de la necesidad de encontrarnos, de disfrutar, de asesorarnos y de hablar libremente.

P. ¿Por qué en el Raval?

R. Por dinero. Era el único local que nos podíamos permitir. Hasta mi padre me prestó algo para poder colaborar en la inversión y luego yo se lo devolví poco a poco. Luego nosotras lo teníamos todo muy barato ahí dentro, los vecinos lo sabían y venían a beberse el café rápido del día. No íbamos a enriquecernos. Organizábamos cenas semanales a 125 pesetas, tiradas de precio, para que las mujeres hablasen de distintos temas, desde la agricultura a la poesía.

P. También ofrecían información para ayudar a quienes quisieran abortar en la clandestinidad.

R. Sí, si una mujer quería abortar, se le ayudaba o se le proporcionaba información sobre cómo hacerlo. Existía un sistema para conectar a las mujeres con los recursos necesarios, teníamos una abogada a su disposición y después estaba la librería, donde ofrecíamos muchas lecturas. Nos vino genial tener el Mercat de Sant Antoni al lado, de ahí rescatábamos libros de mujeres olvidados sin que nadie les hiciera caso.

P. Uno de sus primeros títulos publicados en la editorial fue La bolchevique enamorada, de la revolucionaria Alexandra Kolontai. Menuda declaración de intenciones.

R. Kolontai ya estaba traducida al castellano, pero creamos una colección imitando el estilo gráfico y el tamaño de las novelitas para mujeres. Si la mirabas por fuera, parecía uno de esos libros para madres de la época. ¡Y no mentíamos! Era una novela rosa, de un amor muy apasionado. Nos funcionó estupendamente. ¡Llegamos a publicar 10 ediciones!

P. Usted se encargó de la programación cultural de las Jornades Catalanes de la Dona y gestionó la mítica performance de Les Nyakes, en la que se ve a una mujer fregando el suelo, arrodillada, mientras el resto de mujeres ríe en la célebre foto de Pilar Aymerich.

R. Les Nyakes me buscaron porque me habían leído y me contaron que querían hacer algo. Así que se pusieron una bata de guatiné, cogieron escobas y otros cacharros de limpieza y se metieron en el paraninfo de la Universitat de Barcelona en una de las charlas, para limpiar a las ponentes. Cuando le quitaron el polvo a Lidia Falcón se enfadó muchísimo, se levantó indignada y gritaba: “¿Pero qué os habéis creído que es esto?”. El resto de mujeres aplaudían encantadas.

P. Montserrat Roig, que escribió sobre esas jornadas y sobre cómo no todas las feministas fueron de la mano, a Lidia Falcón la llamó burguesa.

R. Claro que no íbamos todas juntas. ¡Hubo 4.000 mujeres en esas jornadas! Las mujeres desbordaban los pasillos, se sentaban en el suelo, había una energía increíble. Los hombres ni vinieron ni tenían que venir. Pedimos que no lo hicieran. Todo eran mujeres. Yo, por ejemplo, no estaba de acuerdo con Montserrat Roig y casi siempre discutíamos. Era una escritora muy buena, una mujer muy decidida, pero a ella y su grupo las veía como pijas. Las consideraba muy importantes escribiendo y hablando, pero luego nunca las veía en la calle.

P. Ha vivido muchas vidas y etapas. ¿Cómo llevó que el sistema artístico la legitimase en 2015 cuando la Tate Modern incluyó sus pinturas La Gran Vagina y Coitus Pop en una de sus exposiciones?

R. Pues me dio mucha rabia, es un desastre tener que depender de que te legitimen. Yo lo aproveché, claro, porque entre todo y nada, pues había que aprovechar. Asumí que mi obra debía estar en lugares y ser vista, que no podía quedarse en el estudio muerta de la risa. Los peores fueron los galeristas, que me llamaron casi todos para llevar mi obra. Me pagaban poco para lo que ganaban vendiendo cualquier historia mía. Ahora pongo el precio en función de cómo de bien me cae la gente. También me gusta mucho trabajar con los museos.

P. ¿Cómo ve al feminismo contemporáneo?

R. Tengo esperanza, hace unos años volvió una energía buenísima. La sentía en Ca La Dona, que es un espacio increíble en Barcelona para el encuentro de mujeres y donde había muchas fiestas, mis momentos favoritos porque yo ya he trabajado mucho en esta vida. Pero las últimas veces que fui, ya no veía a chicas jóvenes. Tengo la sensación de que a las feministas de ahora se les ha olvidado lo bien que se lo pueden pasar juntas.

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