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Kiran Desai, la autora que se esfumó durante 20 años: “Contemplo la soledad como sustento, como estigma y como miedo político”

La escritora india, que ganó en 2006 el Booker con su anterior novela, regresa en español con una obra aclamada como uno de los títulos del año en Estados Unidos

Una gélida y soleada mañana del pasado mes de diciembre, el salón de la novelista india Kiran Desai se antojaba el lugar más silencioso de Nueva York. Tiene mérito: está en una calle de casas bajas construidas en los años treinta en Jackson Heights (Queens), tal vez la zona más bulliciosa de la ciudad, que es como decir del mundo; aquí se hablan más de 160 idiomas.

Se mudó antes de la pandemia, cuando la gentrificación, con sus “rascacielos y condominios de cristal”, la expulsó de Dumbo, en Brooklyn. Entre la cocina y la habitación de arriba, en una de cuyas esquinas se acumula parte de las cinco mil páginas de notas que tomó durante su escritura, Desai (Nueva Delhi, 54 años) terminó La soledad de Sonia y Sunny, la monumental novela de aire decimonónico en la que ha empleado casi dos décadas. En Estados Unidos, fue recibida como uno de los libros de 2025, y la próxima semana llega a las librerías en español de la mano de Salamandra, con la traducción de Aurora Echevarría.

Desai, elegante, dulce y con un travieso sentido del humor, cuenta que la presión de continuar tras el fenomenal éxito de El legado de la pérdida, que la convirtió en 2006 en la mujer más joven en ganar el Booker, se esfumó hace tiempo. No recuerda bien cuándo, pero sí que dejó paso a la complejidad de la empresa que se había planteado. “Sabía que sería un libro largo”, dice sobre una novela que llegó a “temer que no sería capaz de acabar”. “La cosa la complicó mi interés por incluir un nutrido reparto de personajes de diferentes generaciones, y porque me propuse tratar la soledad desde un punto de vista global, desde las perspectivas oriental y occidental, contemplándola como sustento, como estigma y como miedo político”.

La autora se disculpa porque no sabe “trabajar de otra manera”. “Para mí, las ideas son lo primero, y solo luego, mucho después, me ocupo de la trama; a la que le dediqué tal vez los últimos dos años”, afirma. “Envidio a los escritores que saben cómo terminan sus libros antes de empezar a escribirlos”. En su caso, ese final llegó cuando fue consciente de que introducir cualquier cambio habría supuesto alterar toda la novela. “Ahí te das cuenta de que los defectos son necesarios. Que, en realidad, lo más útil de un libro es lo que está mal”.

La trama en este caso persigue a través de los años y los continentes a Sonia, aspirante a novelista, y Sonny, periodista en ciernes. Ambos son jóvenes indios que viven la aventura estadounidense como un símbolo de estatus para sus familias, y ambos se enfrentan a diario a los microrracismos cotidianos del inmigrante, la extrañeza del desplazamiento y la soledad del nuevo mundo. El libro es también la historia de esas familias, cuyos árboles genealógicos dan la bienvenida al lector en las primeras páginas.

La acción transcurre a finales de los noventa, porque fue entonces cuando “irrumpió el nacionalismo indio” que rige los destinos del país de la mano de su primer ministro Narendra Modi, y porque Desai quería explorar a través de la figura de los abuelos los “extraordinarios cambios que experimentó la generación de quienes pasaron del Imperio Británico a la independencia”. “Los míos se casaron en un matrimonio concertado cuando él tenía 16 años y ella 13. Era su segunda esposa, porque entonces la mortalidad infantil era altísima”, explica.

Hay más paralelismos. Ella, como Sonia, estudió en Vermont, con sus largos inviernos que, además de la paciencia, ponen a prueba la capacidad para la introspección. Acabó en ese rincón de la Costa Este cuando su madre, como la de Sonia, llevó la contraria a las convenciones de la época y dejó atrás a su marido para aceptar un trabajo como profesora de literatura; primero en el Reino Unido y después en Estados Unidos. La soledad de Sonia y Sunny está dedicada a su padre, que, dice la autora, “nunca se movió; tan enamorado estaba del paisaje”.

Desai, miembro de la generación que renovó las letras indias en inglés, es hija de la escritora Anita Desai, que vive, a sus 88 años, a una hora al norte de Nueva York. Están muy unidas. Cuando llegamos a su casa, la hija se ocupaba al teléfono de un asunto médico de su madre. Al colgar, nos agradeció la visita, porque, dijo, le había obligado a “limpiar el polvo” y “ordenar el caos” de la casa. Vive sola, pero últimamente tiene unos huéspedes indeseados: “una familia de ratas grandes que se han hecho fuertes en el jardín”.

Su madre, que fue finalista del Booker en tres ocasiones, no solo es una de sus autoras favoritas (de su obra, recomienda El Bombay de Baumgartner, “sobre la experiencia de su madre alemana en India” y En custodia); también es su primera lectora. Creció viéndola escribir mientras “criaba cuatro hijos”. “Para mí, fue más fácil; no tuve que esforzarme para crear ese ritmo de vida ni la disciplina que implica la literatura. Siempre me resultó completamente natural estar en casa en silencio y trabajando todo el día”.

Hace tiempo que convive con la soledad con soltura, y disfruta de “vivir obsesionada con las noticias”, pero ”alejada del mundo literario de Nueva York”. Fue al mudarse a Estados Unidos cuando descubrió que la ausencia de compañía también podía ser un asunto físico. “En India siempre hay un montón de gente a tu alrededor”, aclara. “Te pasas el tiempo tratando de encontrar momentos para ti misma. Una puerta cerrada es casi un insulto; nunca cierras una sin que alguien la haya abierto de golpe buscando una excusa para entrar”.

La intimidad

Esa reflexión sobre la intimidad la comparte Sunny en la novela, cuando sus costumbres chocan con las de su novia de Kansas. Entonces, Sonia, que también vive en Nueva York, está inmersa en una relación tóxica con un artista mucho mayor que ella: un cretino pagado de sí mismo. Este le aconseja que no escriba de matrimonios concertados ni sobre “tonterías orientalistas”, y que evite el “realismo mágico”, lo que incita una interesante reflexión acerca de lo que lo que los lectores occidentales esperan de una escritora india como Desai.

Acomplejada, Sonia llega a sustituir en una de sus historias las guayabas por las manzanas en otro guiño metaliterario: su creadora tituló Alboroto en el guayabal su primera novela, una sátira sobre un punjabí al que confunden con un santo. Además, los abuelos de Sonia envían una carta proponiendo a Sunny un matrimonio concertado que ambos rechazan por considerarla una costumbre obsoleta, pese a que ese tipo de uniones siguen siendo “la mayoría en la India”, según Desai.

Con ese atrevimiento de los abuelos comienza el zigzagueo de una “historia de amor india en el mundo globalizado” que los lleva de Nueva York a Nueva Delhi, de Goa a Venecia, y de París a México, donde Desai pasó largas temporadas durante el proceso de escritura del libro mientras trataba “sin demasiado éxito” de aprender español. La escritora confiesa que ha visitado todos esos destinos porque, si bien es una novelista sobrada de imaginación (capaz de, como dijo The New York Times, escribir “casi 700 páginas [733 en la edición en español] y que ninguna resulte superflua o aburrida”), considera que “uno no puede hablar convincentemente sobre lugares en los que no ha estado”.

Para la historia también halló inspiraciones más cercanas, como la pastelería La Gran Uruguaya, que está a un par de calles de su casa, en mitad del pandemonio de la zona latina de Jackson Heights. Allí nos llevó para mostrar las ventajas, incluso con temperaturas ligeramente bajo cero, de “vivir en un barrio lleno de historias que están esperando a que alguien vaya a buscarlas”.

En La Gran Uruguaya, Sunny se toma un “café con leche” (así, en español) y se siente al fin cómodo “entre personas que lo aceptan como otra persona de color”. Desai pidió una empanada vegetariana. Con un hilo de voz a duras penas distinguible en el estruendo de los televisores que emitían un concierto de música melódica, la conversación derivó en el hombre de origen indio más famoso del lugar: el alcalde de Nueva York Zohran Mamdani. La novelista conoce a la madre, la cineasta Mira Nair, y considera que las propuestas con las que su hijo conquistó el Ayuntamiento son “lógicas”, dado “el coste de la vida es intolerable” en la ciudad.

También habló del paradójico lugar que ocupa la comunidad india en el Estados Unidos de Donald Trump. Por un lado, están la segunda dama, Usha Vance, y una figura como la de Vivek Ramaswamy, que compitió con Trump en las primarias republicanas y ahora aspira a ser gobernador de Ohio (“un tipo embarazoso”, según Desai). Por el otro, el nacionalismo xenófobo del America First (Estados Unidos primero) los ha puesto en el punto de mira racista como la cara de los beneficiarios del visado HB-1, pensado para trabajadores con altas capacidades. Para el mundo MAGA (Make America Great Again), vienen a robar el trabajo de los estadounidenses. “El racismo hacia los indios está creciendo mucho en este país. Creo que la comunidad no esperaba esto; tampoco los aranceles”, opinó Desai antes de despedirse rumbo a su soledad buscada en el que tal vez sea el lugar más silencioso de Nueva York.

Allí le esperaba su nuevo proyecto literario. De momento, solo está “jugando con ideas”, dijo. Pero algo sí tiene claro: no tiene intención de embarcarse en una empresa literaria tan ambiciosa como la última. Sus lectores agradecerán no tener que esperar otros 20 años.

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