Cristina Branco, la fadista que conquistó Holanda antes que Portugal: “La música tiene un deber cívico”
La artista, que participa en el boicot de los compositores lusos al Festival de Eurovisión, acaba de publicar un disco con canciones de José Afonso inspiradas en mujeres


Todo empezó hace casi tres décadas en Ámsterdam. Por una de esas carambolas extrañas, Cristina Branco (Almeirim, 53 años), que estaba acabando su licenciatura en Comunicación y había aparecido fugazmente en un programa de la cadena pública portuguesa RTP, fue invitada a cantar para conmemorar la Revolución de los Claveles ante los emigrantes que años atrás habían huido del país para evitar la guerra colonial, la dictadura o la pobreza. Muchos de los refugiados en Ámsterdam, recuerda la artista durante una entrevista en Lisboa, pertenecían al exilio cultural, formado por creadores que habían escapado de la censura y la policía política.
Ante ellos, improvisó un repertorio con algunos de los grandes nombres de la canción de intervençao, aquel movimiento que combatía la represión con guitarras y poemas, como Sérgio Godinho y José Afonso, además de varios fados de su admirada Amália Rodrigues. Dio dos conciertos en una sala donde solo cabían 100 personas. La grabación de aquellas dos sesiones, realizada por el Círculo de Cultura Portuguesa, se convirtió en su primer disco, Cristina Branco in Holland, agotado a las pocas horas de salir en noviembre de 1997. El idilio holandés solo acababa de empezar. La carrera musical de Cristina Branco, también.
Al año siguiente publicó Murmúrios, su primer disco de estudio, grabado por un sello holandés especializado en músicas del mundo, un género que entonces hervía, y distinguido en Francia como mejor álbum del género. Paradójicamente, aquella carrera cada vez más consolidada en el extranjero era casi desconocida en Portugal.
“Hoy en día ya no ocurre, pero en mis primeros 15 años muchos portugueses me decían que habían conocido mis discos a través de amigos holandeses o franceses, era algo recurrente. Hoy me conocen en mi país, aunque creo que despierto menos empatía que en el extranjero. Digo esto porque mis conciertos fuera se agotan y aquí no es tan habitual”. Una excepción ha sido su reciente lleno en la Casa da Música, de Oporto.

Es otra de esas intérpretes portuguesas que atraen públicos en cualquier rincón del mundo. Aunque suscita especial interés en Holanda, Francia y Alemania, Cristina Branco ha llevado su música hasta Nueva Caledonia o Japón. “Es un misterio por qué son las mujeres las que llevan el fado por el mundo. Los hombres tienen más dificultades en entrar en mercados internacionales. La única explicación plausible que encuentro es que las personas entiendan que el fado es una música materna, ligada a la tierra y a la visceralidad, más femenina. No se me ocurre otra porque también hay cantantes masculinos geniales”, afirma.
La fadista acaba de publicar ahora Mulheres de Abril, el disco número 19 de una carrera donde también hay frecuentes incursiones fuera del fado. Lo mismo canta poemas de Pessoa y Maria Teresa Horta que temas de Joni Mitchel, el jazzista Mário Laguinha o el poeta holandés J. J. Slauerhoff. Al igual que en aquel concierto de 1997, vuelve a José Afonso y regresará a Holanda en la gira internacional que inicia en enero y que la llevará a 22 ciudades europeas ―ninguna, de momento, en España―.
A excepción de dos poemas de Camões, todos los temas pertenecen al autor de Grândola, vila morena, la canción portuguesa más coreada en el mundo desde que sirvió de señal para el golpe de Estado militar que derribó 48 años de dictadura el 25 de abril de 1974. En este disco, Cristina Branco zanja asuntos pendientes desde que publicó Abril, el primer disco armado solo con letras de José Afonso hace casi una década. Y en ese rastreo acabó escogiendo los temas dedicados a las mujeres, “omnipresentes” en el repertorio del cantautor.
Admite que es su disco más político. Porque ella es más política. “Son tiempos más adversos, pero yo también he madurado y soy una persona más consciente”, afirma. La maternidad la empuja hacia ese lado. “Siento cada vez más la necesidad de interceder por mis hijos y hacerles ver que todavía se puede vivir en un mundo razonable. Es una misión cívica que yo no tenía a los 30 años porque no estaba preparada”, reflexiona.
Esa visión de la música como un espacio de intervención ciudadana, que la acerca a la filosofía desplegada por los músicos que luchaban contra el Estado Novo como Fausto o Adriano Correia de Oliveira, es la que también explica que sea una de las compositoras invitadas a concursar en el Festival de la Canción para elegir la candidata de Portugal para Eurovisión que ha alzado la voz para decir que no cuenten con ella. Si su canción gana, no consentirá que represente al país. “Hemos elegido estar en el lado correcto de la historia”, afirma, en un café de la Fundación Gulbenkian.
Había mucha gente radical que no se manifestaba por pudor y ahora el pudor se ha perdido y ha dado lugar al odio desenmascarado
Branco rehúye ver la música como solo música. “Tiene un deber cívico también. Todo es política. Todo tiene que ser un arma benigna que nos lleve a un lugar mejor. Si la música y la palabra pueden tener ese papel, deben hacerlo y comunicarse con las personas. Si tengo un escenario y la posibilidad de tener más personas escuchándome, creo que es una obligación”, defiende.
En el álbum hay temas anteriores y posteriores a la Revolución de los Claveles. Los primeros tienen a veces letras más difusas, pensados para sortear la censura, mientras que los segundos son relatos detallados. “La canción Teresa Torga es casi una noticia periodística, es una genialidad de Zeca [como también se conoce a José Afonso]”, elogia sobre el tema dedicado a una artista que bailó desnuda en el centro de Lisboa en 1975. “Tiene una frase preciosa que dice que la mujer en democracia no es un biombo de sala y que define mucho su mirada sobre la mujer”, agrega.
―¿Y la mujer portuguesa fue durante mucho tiempo un biombo de sala?
―Todavía lo es. No hay grandes cambios, o cuando hay progresos luego se retrocede de nuevo. Es muy lamentable que vivamos en una sociedad muy radicalizada donde las personas se alinean a un lado u otro. Tengo la sensación de que había mucha gente radical que no se manifestaba por pudor y ahora el pudor se ha perdido y ha dado lugar al odio desenmascarado, evidente. Esto hace que la mujer retroceda y tenga cada vez un papel más pequeño en la sociedad.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Sobre la firma






























































