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MÚSICA CLÁSICA | CRíTICA
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Jonathan Nott inicia su ‘nueva vida española’ con un Shostakóvich tenso y poético

El futuro director musical del Gran Teatre del Liceu abre 2026 debutando al frente de la Joven Orquesta Nacional de España en una gira por Zaragoza, Valencia y Madrid

En 2026, el director de orquesta inglés Jonathan Nott (Solihull, 63 años) emprende lo que él mismo describe como su “nueva vida española”. Así se refiere al nuevo cargo que asumirá en septiembre como director musical del Gran Teatre del Liceu, puesto que ejercerá durante cinco temporadas. El maestro británico, que alcanzó renombre a principios de los años 2000 como especialista en música contemporánea al frente del Ensemble Intercontemporain, y que más tarde consolidó el perfil internacional de la Sinfónica de Bamberg —a la que dirigió hasta 2016, ampliando notablemente su discografía—, cerró en diciembre una etapa clave en Suiza y Japón.

A mediados de mes puso punto final a nueve años como director titular de la Orquesta de la Suisse Romande de Ginebra con el Réquiem de Mozart y, semanas después, clausuró más de dos lustros al frente de la Sinfónica de Tokio dirigiendo la Novena sinfonía de Beethoven.

El nuevo año lo ha comenzado debutando al frente de la Joven Orquesta Nacional de España, en una gira iniciada en Zaragoza el sábado día 10 y que culminará la próxima semana con tres conciertos en el Auditorio Nacional de Madrid (16, 17 y 18 de enero), tras pasar por el Palau de la Música de Valencia el día 13. En abril regresará a Madrid y Barcelona para dirigir a la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) en la monumental Sinfonía Turangalîla de Messiaen.

Su primer compromiso en el Liceu, sin embargo, no llegará hasta enero de 2027, cuando se pondrá al frente de El oro del Rin, prólogo de la monumental tetralogía El anillo del nibelungo de Richard Wagner, que abordará en las siguientes temporadas en una coproducción con la Ópera Estatal de Baviera, firmada escénicamente por Tobias Kratzer.

Las pasadas Navidades, Jonathan Nott también encontró tiempo para una breve visita a Barcelona, donde pudo saludar a su futura orquesta, la Simfònica del Gran Teatre del Liceu, a la que aún no ha dirigido, y conocer de primera mano a los responsables del teatro. “Tuve una sensación maravillosa: es un teatro precioso, con una gran tradición y un ambiente excelente; creo que va a ser un nuevo hogar para mí. Ahora tengo que conseguir un buen diccionario de español y catalán”, confesó el director británico —que habla con fluidez francés y alemán— a EL PAÍS durante los ensayos con la Joven Orquesta Nacional de España.

Aunque hoy goza de mayor prestigio como director sinfónico que como operístico, Nott nunca ha dejado de bajar al foso desde sus inicios. Su trayectoria musical comenzó como tenor; se formó después como repertorista en el National Opera Studio de Londres y estudió dirección con David Parry. Su primer puesto profesional fue como asistente de Gary Bertini en la Ópera de Fráncfort, en 1989, antes de convertirse en director principal de la Ópera de Wiesbaden, donde afrontó su primer Anillo wagneriano. Durante su etapa al frente de la Sinfónica de Bamberg dirigió algunas óperas en versión de concierto, y en los últimos años ha encabezado varias producciones por temporada tanto en Ginebra como en Basilea.

No es casual que la propuesta para asumir la titularidad musical del Liceu llegara tras dirigir El anillo del nibelungo en el Theater Basel, el pasado junio. “Me encontré en Londres con el director artístico Víctor García de Gomar, que me propuso dirigir la tetralogía wagneriana en Barcelona, pero también me habló de la necesidad de un nuevo titular. Me pareció excelente. Luego viajé a Barcelona para conocer a Josep Pons y ver una función de Rusalka, antes de iniciar una gira por Asia con la Orchestre de la Suisse Romande”, relata Nott.

Para el director británico, regresar a la dirección musical de un teatro de ópera equivale a volver a casa. “Yo me hice director por la ópera. Quería ser cantante y acabé como pianista en la Ópera de Fráncfort para seguir trabajando con cantantes”, admite. Ese origen explica tanto su capacidad para hacer “cantar” a las orquestas en el gran repertorio sinfónico como la naturalidad con la que aborda la música contemporánea, terreno en el que se curtió junto a György Ligeti y Pierre Boulez. Todo ello ha podido comprobarse en los últimos días durante los ensayos con la JONDE en el Auditorio de Zaragoza.

Lo primero que hizo Nott, la mañana del pasado día 7, fue explicar la razón por la que había pedido sentar a los músicos de cuerda de una forma distinta. Se trataba de la disposición alemana tradicional, que coloca a los violines primeros y segundos a ambos lados del podio, las violas a la derecha, los violonchelos a la izquierda y los contrabajos detrás. “Creo que esta disposición produce un sonido orquestal mucho más envolvente y poético que con los violines todos juntos a la izquierda y los violonchelos a la derecha. Va contra la falsa noción del estéreo que imponen muchas grabaciones, con la melodía en el canal izquierdo y los bajos en el derecho. Además, es ideal para salas modernas, muy brillantes, porque permite ganar profundidad”, explicó el director.

El británico lo demostró dirigiendo de memoria y con extraordinaria vitalidad la Quinta sinfonía de Shostakóvich en la segunda parte del concierto del pasado sábado en Zaragoza. El estatismo inicial de la cuerda en el moderato adquirió una profundidad y una tensión notables. Y la construcción del clímax, con esas fricciones constantes entre el modo mayor y el menor, resultó admirable. Nott reconoce que su visión de esta famosa sinfonía de 1937, llena de enigmas y que el compositor subtituló Respuesta de un artista soviético a una crítica justa en pleno clima de purgas estalinistas, ha cambiado tras dirigir la Cuarta, quizá su obra sinfónica más radical y genial: “En la Quinta se muestra mucho más cauto, pero también extraordinariamente inteligente; cada nota te dice sí y no al mismo tiempo”.

En el scherzo, Nott subrayó con acierto la inspiración mahleriana de Shostakóvich y encontró las vetas necesarias de humor grotesco, con buenos solos de la violinista María Asensi Yagüe como concertino. Pero fue en el largo donde mejor se plasmó su propuesta sonora: una cuerda exquisitamente tupida y espaciosa, con las tres partes de los violines perfectamente equilibradas a ambos lados del podio, junto a las divisiones en dos de violas y violonchelos. El resultado fue más tenso y poético que abiertamente dramático en la construcción del clímax. No faltaron excelentes solos de madera —del oboísta Fidel Fernández Moraleja, la clarinetista Mª Amparo Molina y el flautista Jan Schmitz Marcó— ni ese final suspendido donde flotan el arpa y la celesta.

Lo mejor de la noche llegó, no obstante, en el allegro non troppo final. Nott lo dirigió con extrema precisión, sin abusar del accelerando ni de los contrastes dinámicos. El dramatismo y la intensidad fueron sobrecogedores, con un metal y una percusión de extraordinaria solidez. La coda final quedó construida en perfecta consonancia con el inicio del movimiento y con esa ambigüedad esencial de la obra, donde la victoria suena también a tragedia. Tras los aplausos llegaron las propinas: un atractivo vals de Cenicienta, de la primera suite del ballet de Prokófiev, y una versión quizá demasiado stravinskiana del fandango de la molinera de El sombrero de tres picos de Falla.

El concierto se había iniciado con una primera parte marcada por la brillantez y el virtuosismo, aunque algo escasa de frenesí e imaginación, en el Vals de Mefisto núm. 1 de Liszt, uno de sus dos episodios inspirados en el Fausto de Nikolaus Lenau. Mucho más impactante resultó, a continuación, la interpretación de la dificilísima Metalepsis de Josep Planells (Valencia, 37 años), obra con la que obtuvo hace pocos meses el XLII Premio Reina Sofía de Composición Musical. El joven compositor, que ha contado con mentores de la talla de Wolfgang Rihm y Peter Eötvös, se inspira en las teorías de Gérard Genette para traducir en sonido la transgresión entre niveles narrativos, mediante una poderosa paleta orquestal que incluye abundante percusión. La obra disuelve complejos nexos armónicos, rítmicos y tímbricos en un gran arco de cinco movimientos que fluye sin interrupción durante unos veinte minutos.

La JONDE se ha beneficiado de contar con el propio compositor como director asistente, pero Nott supo aportar claridad y continuidad a ese complejo arco narrativo, especialmente en los dos últimos movimientos: el accelerando constante de la tarantela del cuarto y la densidad rítmica, casi agónica, del quinto, plagado de compases de amalgama y de una gestualidad sonora muy precisa. Un compositor a seguir, que cuenta ya en su catálogo con una ópera sin estrenar basada en La invención de Morel, de Bioy Casares, una obra que encaja a la perfección con la mezcla de fantasía y rigor técnico que define su música.

XXXI Temporada de Grandes Conciertos

Obras de Franz Liszt, Josep Planells & Dmitri Shostakóvich

Joven Orquesta Nacional de España. Jonathan Nott, director.

Auditorio de Zaragoza. Sala Mozart. 10 de enero.

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Sobre la firma

Pablo L. Rodríguez
Zamorano residente en Zaragoza, es doctor en Historia del Arte y Musicología. Colabora en EL PAÍS como crítico de música clásica desde 2013. Tuvo un pasado como violinista, pero finalmente se decantó por la teoría. Desde 1999, es profesor del Máster en Musicología de la Universidad de La Rioja, donde también coordina el Doctorado en Humanidades.
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