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José, Joaquín, Valeriano y Gustavo Adolfo: los Bécquer que pintaron la España del siglo XIX

Una gran exposición en el Museo de Bellas Artes de Sevilla recupera a una dinastía de pintores que culminó con la poderosa figura del poeta, que también destacó como dibujante

Gustavo Adolfo Bécquer dibujó siempre. Además de escribir poesía, prosa, relatos y crónicas periodísticas, el autor sevillano, un icono del Romanticismo por sus Rimas y leyendas, uno de los libros más populares de la literatura española, dibujaba en hojas sueltas y en cartas, garabateaba con destreza en cuadernos y álbumes. Incluso, en sus propios manuscritos. Le parecía algo tan natural que regalaba generosamente aquellos dibujos, muchos salidos espontáneamente de su pluma, entre sus amigos y conocidos.

Fue un magnífico dibujante, con dotes además para la música, como lo fue también su hermano mayor, Valeriano, y como lo habían sido una generación antes su padre José y su tío Joaquín, todos ellos miembros de una dinastía pictórica que documentó como pocas la España del siglo XIX, durante el reinado de Isabel II y el establecimiento en Sevilla del poderoso Antonio de Orleáns, duque de Montpensier, que rivalizó hasta tal punto con la monarca española que la ciudad andaluza fue conocida en aquellos años como la Corte Chica.

Aquella Sevilla en plena transformación social y urbanística, vibrante y cosmopolita como se empeñó en emprender el duque; así como esta familia de sofisticado apellido centroeuropeo e importancia crucial en la vida cultural de la ciudad y del país, centran Los Bécquer, un linaje de artistas, una de las grandes exposiciones de la temporada en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, que reúne hasta el próximo 15 de marzo más de 150 piezas —óleos, dibujos, acuarelas, litografías y libros— de estos cuatro integrantes de la familia Bécquer, verdaderos pioneros de la pintura costumbrista.

“Hasta esa época, la pintura más importante había sido básicamente la religiosa. Pero después de la invasión francesa, de la Desamortización de Mendizábal, los conventos y los pintores habían caído prácticamente en la ruina. Entonces, este José Bécquer, y algunos otros artistas pero sobre todo José, encontró en los viajeros extranjeros una manera de ganarse la vida”, explica el comisario de la exposición y uno de los principales coleccionistas de la obra de la familia, Manuel Piñanes. Se refiere el especialista a las escenas costumbristas que documentaban la vida popular de una ciudad como Sevilla, que en esos años floreció como destino apreciadísimo —por su tipismo y exotismo— entre los intelectuales europeos. “El gusto de lo español era una moda y él lo representaba con una calidad artística muy alta”, sostiene Piñanes.

En efecto, el iniciador de la saga fue José Domínguez Insausti, padre de Valeriano y Gustavo Adolfo, y el que adoptó el hoy célebre segundo apellido de su padre. “Algunos miembros de la familia Bécquer eran procedentes de la ciudad de Brabante (Flandes), que se habían establecido en Sevilla a finales del siglo XVI”, explica el comisario. Junto con acuarelas de una precisión y un colorido cautivador, el comisario destaca a José por su aportación en una técnica que entonces era novedosa, la litografía: “Estamos hablando de 1830 y de los inicios realmente de la litografía, que es la parte más curiosa de la obra de José Bécquer, que no tiene ningún otro pintor, desde luego ni sus parientes, ni otros artistas españoles, como era la reproducción de su obra, que entonces se hacía por litógrafos extranjeros”.

Y eso le proporcionó gran fama, aunque muy efímera porque murió joven, como su hijo Gustavo Adolfo que falleció a los 34 años, el mal por excelencia de los artistas románticos. El más longevo y más célebre fue, sin duda, el tío Joaquín que además de un excelente pintor fue un hombre clave en la vida de la ciudad, sabiendo siempre navegar entre dos aguas, con excelentes relaciones tanto con la reina Isabel II como con sus enemigos íntimos, los duques de Montpensier. “En Sevilla fue un pintor muy importante, tuvo un montón de cargos, conservador del Alcázar, pintor de cámara del duque…”, certifica el comisario. Sus cuadros, en cualquier caso, son monumentales, con bellísimas representaciones de monumentos, escenas cotidianas, otras puramente cortesanas y retratos reales y una pasión: el cielo de Sevilla.

Joaquín fue también, a la postre, el maestro de los hermanos Valeriano y Gustavo Adolfo, huérfanos desde pequeños. “Gustavo fue un magnífico dibujante, pero se quitó pronto de la pintura, no le interesaba tanto. Había ingresado en la Escuela con 12 años, pero abandonó los estudios porque le parecían rutinarios”, señala Piñanes. De ahí pasó entonces al estudio de su tío Joaquín, donde compartía clases con Valeriano, autor de una de las piezas estrella de la exposición: el célebre retrato que realizó de su hermano Gustavo Adolfo en su etapa madrileña, una pintura icónica del Romanticismo español, atravesada por la melancolía y sensibilidad del poeta.

“Toda su vida tuvo un trato estrecho con su hermano Gustavo. Dejaron Sevilla para trasladarse a Madrid y desde allí viajaron a Veruela y recorrieron Castilla. Incluso en 1865 recibió una pensión anual para viajar por España estudiando las costumbres y los trajes nacionales”, relata el comisario. Pero de nuevo, se repitió el patrón familiar: murió en Madrid a los 37 años.

“Todos ellos forman una especie de evolución como si fuera un solo pintor, y si así fuera, esta exposición podría ser hasta coherente”, sostiene Manuel Piñanes, “como tres etapas en la vida de un único pintor”. Será quizás por esta vida breve que atravesó las existencias becquerianas, simbolizada a la perfección en el tramo final de la exposición, donde se muestra una primera edición de las Rimas y Leyendas de Gustavo Adolfo, que solo vio la luz de manera póstuma en 1871 —el poeta había fallecido un año antes— a iniciativa de sus amigos, que tuvieron que hacer una suscripción popular para poder publicarlas.

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