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El Delibes más íntimo, a través de la mirada de su nieto Germán

Uno de los 18 nietos del escritor vallisoletano cuenta en un libro la vida con su abuelo: “Fue el eje sobre el que giró toda nuestra familia”

Este libro, El abuelo Delibes (Destino), de Germán Delibes, el segundo de los 18 nietos del escritor vallisoletano, se lee como si uno hubiera entrado en las casas, en el inolvidable retiro familiar de Sedano, en el entorno familiar de Valladolid, e incluso en el alma dolorida, pero tantas veces alegre, del autor de Señora de rojo sobre fondo gris, en el que Delibes vuelca el inolvidable amor de su vida, su mujer, Ángeles. Para contar esa vida en la casa y en el campo, Germán (Valladolid, 1973) habló con sus padres, con sus hermanos, con sus primos (entre ellos, Elisa Silió, compañera en EL PAÍS, el periódico que pudo haber dirigido su abuelo), y el resultado de la pesquisa es ahora un recuento que parece escrito para ser leído en una de las estancias tranquilas de Sedano. Él es maestro de primaria en Castilla y León. Como el abuelo, como todos en esa casa, es un apasionado de los deportes.

Pregunta. ¿Cómo veía de niño los estados de ánimo del abuelo?

Respuesta. Cambiaban según las circunstancias. No era el mismo en una jornada de caza con su cuadrilla que en la víspera del premio Cervantes, ni era igual en una entrevista en televisión que jugando un partido de tenis en Sedano. Cerca de la familia y en el campo se encontraba mejor. De niño lo veía como un abuelo normal, aunque algo más ocupado que otros. Con el paso de los años, y siendo el segundo de los 18 nietos, se convierte en una relación más estrecha al compartir con él, tanto yo como muchos de mis primos, algunas de sus aficiones.

P. ¿Qué alivió con más intensidad su soledad?

R. En uno de sus libros, Las perdices del domingo, el abuelo contesta directamente esa pregunta: “Es obvio que en mi convalecencia física y moral, que presumo larga y difícil, el campo, el aire puro, han de jugar un papel fundamental”. Recojo la cita en un pasaje de El abuelo Delibes y quiero pensar que el ejercicio físico y las endorfinas liberadas con su práctica le generaron cierto bienestar momentáneo. Pero el mayor consuelo tras la muerte de su mujer lo encontró en su familia. Siempre estuvo arropado por los suyos en los momentos difíciles, pero también en los de mayor éxito. No era muy amigo de solemnidades, y cuando se hizo pública la propuesta de la Universidad del Sarre de nombrarle doctor honoris causa, lo primero que se le pasó por la cabeza fue la pereza que le daba acudir a recibir tal distinción. Los hijos le animaban, le recordaban cómo en EL PAÍS se había escrito que se trataba del primer doctorado de este tipo concedido a un escritor español en Alemania tras, nada menos, que el de Ortega y Gasset. Él lo solucionó rápido: iría, siempre que le acompañaran a Saarbrücken sus siete hijos con sus cónyuges: y allí se presentaron los 15 para general jolgorio del claustro universitario Saarlander.

P. Su madre, Pepi, trabaja con los libros que iba escribiendo Delibes y advirtió a los demás de que el abuelo estaba escribiendo uno sobre Ángeles. ¿Cómo fue para ustedes esa publicación? ¿Cómo la vivió él?

R. Los hijos leyeron el original de Señora de rojo sobre fondo gris antes de publicarse porque el abuelo, al ser un libro tan íntimo y con tantos pormenores familiares, deseaba su aprobación, que fue prácticamente unánime. A los nietos no nos pidió opinión, consciente de que apenas la conocimos. En la obra únicamente aparecemos los dos nietos mayores, Elisa y yo, pero para nosotros el libro acabaría siendo un regalo, pues nos permitió conocer de primera mano a nuestra abuela. Sobre cómo lo vivió Delibes habría que habérselo preguntado a él, pero quiero pensar que como un alivio, porque deseaba hacer un homenaje a la que había sido su gran compañera. Lo consiguió 17 años después de su muerte. Cuando salió a la calle la novela, nadie pasó por alto que Delibes contaba una historia personal, cosa que a él le produjo desconcierto y le llevó a tomar una decisión un tanto ingenua: descolgar de la pared de su despacho el retrato de Ángeles del pintor García Benito, la abuela vestida de rojo sobre fondo gris, y retirarlo una temporada de circulación.

P. La soledad era para él un tesoro. ¿Cómo vivieron ustedes, los chicos, los mayores, ese deseo suyo de cultivar la soledad?

R. No creo que cultivase la soledad, sí que creo, en cambio, que era un hombre muy trabajador y que los largos periodos que pasaba pensando por otros (los personajes de sus novelas) nos privaron de más tiempo a su lado. Es algo que vivimos con resignación y, lejos de molestarnos, tal y como reza la dedicatoria de El abuelo Delibes, tuvimos la fortuna de compartir abuelo con el Azarías, Pacífico Pérez o Cipriano Salcedo [personajes todos de los libros de Delibes].

P. La casa de Sedano era su paraíso, se hacía más joven volviendo. ¿Cómo era su vida en Valladolid en los tiempos en que ustedes ya eran mayores de edad?

R. Antes de la publicación de El hereje, era tremendamente metódica. Tras desayunar, revisaba la prensa, daba su paseo matinal recorriendo, cómo no, su Campo Grande y escribía antes de subir a comer con los Corzo Delibes, con los que prácticamente compartía domicilio: Elisa, Pancho y sus hijos en el piso de arriba, comunicado con el suyo por una escalera interior. Los fines de semana disfrutaba de la caza, del tenis en el Montico o veía los partidos de su Real Valladolid en la televisión junto a algunos de sus hijos y nietos.

P. Había amor en esa casa. ¿Qué lo alimentaba?

R. Había amor y lo sigue habiendo. Un amor que forjaron Miguel y Ángeles. He dicho en varias ocasiones que el abuelo, tras la ausencia de Ángeles, fue el eje sobre el que giró toda nuestra familia. Es raro que en grupos tan numerosos como el nuestro todo fluya y, aunque en ocasiones puedan surgir pequeñas desavenencias, en los momentos alegres y, sobre todo, en los dolorosos y complicados, todos estamos ahí dispuestos a celebrar o apoyar. Creo que una familia bien avenida es rescoldo más que suficiente para que se siga manteniendo vivo ese amor.

P. Ha escrito una memoria del abuelo. ¿En qué episodio se sintió más cerca de él?

R. Aunque pueda sonar raro, creo que en La ausencia. Fue el capítulo que más me costó escribir, pero también el más emotivo y el más sentido, al recordar los últimos días de Delibes y cómo tuve la oportunidad de darle las gracias por todos los momentos vividos a su lado.

El hombre que miraba a los pájaros

Miguel Delibes se pasó la vida mirando a los pájaros y a los niños. Al campo, al aire y al alma. Ahí estaban sus lugares soñados. Ese ámbito de literatura y de soledad ha inspirado ahora un libro insólito a Gustavo Martín Garzo, vallisoletano cuya raíz poética está aquí como un abrazo al maestro. El libro (Delibes, los pájaros y los niños, Fotografías de Navia, publicado por Eolas Ediciones) es el retrato del mundo según el autor de Los santos inocentes. Y coincide en las librerías con El abuelo Delibes.

El poeta que es Martín Garzo traslada, en Delibes, los pájaros y los niños, aquel modo de mirar la vida que distinguió el ser y la escritura de Delibes. “Paul Klee”, señala Garzo, “dijo que la misión del arte no es representar lo visible, sino hacer visible lo que no vemos. Miguel Delibes no nos ofrece en sus textos la imagen ya sabida del mundo, sino la de aquello que no solemos ver”.

Las ratas fue para el joven Martín Garzo la lectura inaugural de Delibes. ¿Qué queda de ella en su memoria? Es la más audaz y honda, la más arriesgada y poética de sus obras. El Nini, su niño protagonista, aún no ha renunciado a la magia de la infancia. Él nos enseña a mirar las cosas desde lugares inimaginables, como hacen los niños cuando dibujan. No pintan el caballo sino su emoción al descubrirlo. Pintan su asombro al verlo en el prado, su fusión con él. Pintan pequeños centauros. Así es la mirada de El Nini en esta novela inolvidable, tan cercana, a pesar de su aparente realismo, al mundo del mito”.

Los Santos Inocentes fue un estampido, y “Milana Bonita" fue el sonido mayor de aquel libro. Perdura. “Si esa expresión sigue conservando tantos años después su poder encantatorio es porque, como las cosas que las madres les dicen en secreto a sus niños pequeños, pertenece al mundo de la canción. Tiene que ver con el anhelo del milagro, y esta es la razón por la que la grajilla acude a Azarías cuando la llama. Recuerda el parloteo dulce del amor y del juego. Y nosotros temblamos al escucharla porque, como escribió Canetti, ‘en los juegos verbales desaparece la muerte”.

Dice Martín Garzo sobre lo que aprendió de aquel hombre que miraba a los pájaros: “Me ha enseñado que hay una continuidad en la existencia de las cosas y de los seres, a pesar de su diferencia de aspecto, que la vida es una corriente inmensa que compartimos no sólo con los otros individuos de nuestra especie, sino con los animales y los ríos, con los campos de espigas y los cielos salpicados de estrellas. Y que debemos aprender a respetarla y a amarla”.

El libro tiene fotografías del mundo de Delibes realizadas por José Manuel Navia. Dice el autor del libro: “Tanto Navia como Delibes nos llevan con sus obras a esos lugares donde ver y soñar se confunden”.

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