Así huelen la fe, la guerra, el arte ‘underground’, la seducción o el cosmos
El Kunstpalast de Düsseldorf exhibe una exposición inusual sobre la historia del aroma arropada en las obras de arte de su colección y en el desarrollo único de composiciones olfativas


No todo se puede oler en el Kunstpalast de Düsseldorf. El nazismo, por ejemplo. Cuando el comisario de la exposición alcanzó este episodio traumático de la historia, decidió orillarlo, no difundir ningún aroma en la sala y limitarse a citar algunos apuntes culturales del Tercer Reich para continuar con sus consecuencias, los olores de los años de la Guerra Fría. Robert Müller-Grünow ha diseñado un recorrido histórico exhaustivo, desde la antigüedad hasta el presente, en torno al aroma y su poder oculto repartido en 37 galerías. El reto era exponer algo que no se puede ver y que hay que crear —el olor— y acompañarlo fielmente con las obras de arte de la colección histórica del museo, una de las cámaras del tesoro de Renania.
El aroma del cosmos, por ejemplo, se exhibe en un ascensor. Es un olor que molesta mucho a los astronautas y exige preparación. La Nasa capturó unas muestras de aire (partículas espaciales, en el espacio exterior no hay atmósfera) para que Müller-Grünow reprodujera el aroma con el propósito de habituar el olfato de los futuros cosmonautas. Los compuestos adheridos a sus trajes tras un paseo espacial reaccionan cuando regresan a la Estación Espacial Internacional. “El resultado del análisis mediante cromatografía de gases es una fórmula que muestra con precisión la composición química presente en el espacio exterior y su olor. Así recreamos la fragancia”, explica el curador.
Luego la instaló en el ascensor, una obra del catálogo del Kunstpalast del artista conceptual argentino Leandro Erlich, que juega con la idea de espacio infinito. En lugar de suelo, el montacargas proyecta una caída al vacío sin límite reconocible. Una vez aquí basta acercarse a un hueco abierto en las compuertas para oler el espacio exterior, el cosmos, el universo infinito, que despide un feroz aliento sulfuroso: provoca una náusea inmediata. Huele a ferrocarril quemado.
Los aromas son un arma muy poderosa que tienen la capacidad de crear ilusiones. “Son puramente emocionales, el único estímulo sensorial que no se filtra de forma racional”, dice Müller-Grünow, originario de una ciudad de tradición perfumera como Colonia, pionero de las tecnologías del aroma y autor de Die geheime Macht der Düfte (El poder secreto de los aromas, Edel Books, 2018), título que comparte con la exposición, que se puede visitar hasta el 8 de marzo.
Con moléculas sintéticas de laboratorio se pueden reproducir artificialmente los olores del cuero, un postre de vainilla o la lluvia, ese aroma natural que surge cuando llueve sobre tierra seca conocido como petricor, que se consigue mediante la síntesis química de la molécula geosmina. El material genético humano dispone de 400 receptores olfativos y su activación varía en cada individuo, por lo que cada persona percibe los olores de forma diferente.

La primera sala está dedicada al papel del aroma en la religión. Todas las confesiones han usado el olor para estimular a sus acólitos y hacer tangible lo sagrado. El museo corrige a la Biblia, obra literaria de la antigüedad con mucha ficción, y postula que los regalos que llevaron los Reyes Magos al niño Jesús fueron incienso, mirra y, en lugar de oro, un metal noble imposible de encontrar, benzoína. Se trata de una resina natural —expuesta en una urna con un difusor— que exhala un dulce, adictivo y celestial aroma avainillado.
El budismo y el hinduismo prefieren notas de madera como el sándalo o el agar. La madera de agar natural se encuentra entre las materias primas más caras de la industria del perfume junto con el ámbar gris, una secreción del cachalote, a decenas de miles de euros el kilo.
El recorrido continúa por salas separadas con grandes telones para que no se escapen las notas olfativas. Se suceden los olores penetrantes de los bosques otoñales, de la sensualidad y el estatus en el siglo XVI encarnados en la rosa y la civeta, de las especias que se comerciaban en el XVII como el clavo, la nuez moscada y la canela, de las calles de París y Versalles en el XVIII.
Apretando un botón se puede oler el aroma fascinante y animal de las moléculas galaxolide y hedione, que están asociadas a la liberación de hormonas sexuales. Son seductores invisibles que aumentan nuestra percepción de atractivo e influyen subconscientemente en nuestra elección de pareja.
Se muestra el olor ligado a los colores, a la memoria, al miedo y al trauma, a la guerra. “La sala dedicada a la Primera Guerra Mundial —dice Müller-Grünow— aprovecha el trabajo realizado antes para el Museo de Historia Militar de Dresde, que fue mucho más drástico, ya que también incluía los olores de los cadáveres y la muerte. Aquí solo usamos el aroma de la pólvora con una nota de sangre (como un olor a hierro)”.
El olor de los felices años veinte se envuelve en la fragancia Tabac Blond (1919), de Caron, y en los lienzos de gran formato de Otto Dix y Gert H. Wollheim. Enseguida aparece la sala dedicada al nazismo, donde no se difunde olor alguno pero se apunta que el ideal de “simplicidad, pureza y comunidad nacional” de la propaganda del Tercer Reich era incompatible con los perfumes, y se exhiben lienzos de artistas perseguidos como Max Beckmann, o bendecidos como Leo Poeten, con óleos soberbios como su Retrato de la señorita Str.
Arte ‘underground’
Tras la barbarie inodora, llega la Alemania dividida de la Guerra Fría. “Exponer los aromas de Alemania del Este solo fue posible gracias a la colaboración con un perfumista local que creció en la RDA y conocía exactamente los olores clave que definían su identidad”, dice Müller-Grünow. Entre ellos, el olor de los cuarteles del Ejército o del motor de dos tiempos del Trabant.
En Düsseldorf, la ciudad de Kraftwerk, Wim Wenders y los grandes coleccionistas de arte vanguardista, capital de Renania del Norte-Westfalia (corazón histórico de la industria alemana), hubo un bar que alcanzó la talla de mito. El Creamcheese en Neubrückstrasse 12, a un paso de la Academia de Bellas Artes, fue un club por y para artistas donde actuaron Frank Zappa y Can, Joseph Beuys especuló con sus performances, Heinz Mack diseñó la barra, Gerhard Richter pintó su mural característico y donde artistas como Imi Knoebel, Blinky Palermo y Katharina Sieverding sirvieron las copas. El Kunstpalast, que adquirió su interior en 1978, ha reconstruido el garito dentro del museo y ahora recuerda sus fumarolas de tabaco, sudor, whisky, ron y cerveza.
Hay menos perfumistas que astronautas en el mundo. Se calcula que hay cerca de 500 perfumistas profesionales —algunos expertos bajan la cifra a apenas un centenar—, una carrera sin estudios reglados aunque relacionada con la formación universitaria en química. “Olemos a cada instante de nuestras vidas, cada vez que respiramos. Simplemente no somos conscientes de ello. Muy poca gente sabe el poder oculto que tiene el olor”, agrega Müller-Grünow.
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