Así captan los satélites “el latido de la sociedad”: de la luz nocturna de los ricos a los apagones de las crisis humanas
La contaminación lumínica global aumenta, pero en amplias zonas del planeta, como Europa, disminuye por madurez tecnológica y conciencia ambiental


La contaminación lumínica sigue aumentando. No es una novedad; las noches de la Tierra son cada vez más brillantes desde hace tiempo. Pero el nuevo trabajo publicado en Nature que confirma esta tendencia, también ha detectado que en partes del planeta la luz artificial está de retirada. En algunas zonas se debe a conflictos o crisis, como en Ucrania, Siria o Venezuela. Pero en otros, como en Europa, gracias a la transición tecnológica y la concienciación de los daños que provoca esta polución en los ecosistemas y los propios humanos, la noche se está recuperando.
Apoyados en 1,16 millones de imágenes capturadas por tres satélites distintos, investigadores de la NASA y varias universidades han confirmado que la esfera terrestre es hoy más brillante que nunca. Según la instrumentación usada en el proyecto Black Marble, la iluminación artificial captada desde el espacio ha aumentado en un 16% desde 2014. Pero tras ese aumento neto se oculta también otra realidad: en el mismo periodo de tiempo ha habido zonas del planeta en las que ha bajado la radiancia de las luces (medida en vatios por metro cuadrado).
“Podemos considerar estas dinámicas como el latido de la sociedad”, dice Zhe Zhu, director del Laboratorio de Teledetección Ambiental Global de la Universidad de Connecticut (Estados Unidos) y primer autor del estudio. “Con estos datos diarios, podemos observar el impacto de las crisis. Vemos cómo responde la sociedad ante grandes perturbaciones”, añade Zhu. Y completa: “La disminución de la luminosidad no siempre es señal de pobreza o declive; a veces, como vemos en Europa, es señal de adaptación y de políticas gubernamentales que funcionan en tiempo real”.

Los países de Europa occidental están entre los que han reducido su iluminación nocturna y lo han hecho poco a poco. “Es un signo de madurez tecnológica y conciencia ambiental, impulsada por mandatos de ahorro energético y la transición a sistemas LED mejor dirigidos”, cuenta Zhu en un correo. En total, la radiancia de origen artificial ha bajado un 4% en Europa desde 2014. Destacan los descensos de Francia, cuyas noches han perdido el 33% de su iluminación, y Reino Unido con un 22%. “En España, el cambio de radiancia neto es de -52,444 [medido en nanovatios por cm2], con un aumento del brillo de 71,687 y un descenso de -124,131″, detalla Zhu.
Pero donde más ha descendido la contaminación lumínica es allí donde ha descendido todo. “En nuestro estudio, regiones como Siria (-95%), Ucrania (-75%) y Venezuela (-26%) muestran el oscurecimiento más drástico, ya que la luz suele ser víctima de los conflictos y el colapso sistémico”, explica el investigador de la Universidad de Connecticut. Por el contrario, el oscurecimiento provocado por políticas gubernamentales es más estructurado y gradual. “Si bien el porcentaje de disminución en Europa es menor que en una zona de guerra, representa un cambio intencional y mucho más generalizado en la forma en que las sociedades desarrolladas interactúan con la noche”, termina Zhu.
Entre las partes del planeta habitado donde más ha aumentado la iluminación nocturna están varias regiones de India y China. En estos países se combinan el desarrollo industrial expansivo, el crecimiento acelerado de las ciudades y la creciente electrificación de las zonas rurales. Algo similar estaría sucediendo en el conjunto del sudeste asiático. Entre las zonas más iluminadas, que contrastan con los desiertos que las circundan, están las urbes de Oriente Medio. Aunque mitigada, la iluminación nocturna sigue la divisoria entre países ricos y pobres.
“La relación entre las emisiones de luz per cápita y el PIB per cápita es bastante fuerte dentro de un país, pero no directamente comparable entre países”, recuerda Christopher Kyba, profesor de teledetección de luz nocturna en la Universidad Ruhr de Bochum (Alemania) y coautor del estudio. “Actualmente, estas relaciones se mantienen; sin embargo, si imaginamos un futuro en el que las ciudades estén iluminadas de forma más sostenible, es probable que la relación entre las emisiones de luz nocturnas y la riqueza se rompa en algún momento”, añade este investigador.

Kyba lleva desde 2009 investigando la contaminación lumínica. Debió ser de los primeros en alertar que el exceso de iluminación amenazaba con ocultar las estrellas, con alterar la vida animal, afectando incluso al canto de los pájaros, o alterar la salud humana, dañando la producción de melatonina, por ejemplo. Siempre avisó contra el aumento de radiancia artificial. “Los estudios previos generalmente se centraban en la escala nacional o continental. Por lo tanto, observaron un aumento generalizado, y el nuevo estudio coincide con esa conclusión”, recuerda el profesor. “La novedad radica en que analizamos lo que ocurre en escalas espaciales [y temporales] mucho menores. Descubrimos que no se trata de un proceso constante de incremento, sino más bien de un aumento y un debilitamiento simultáneos dentro de países que, en conjunto, experimentan más brillo”, reconoce ahora.
Sin embargo, Kyba teme que buena parte de la luz se escape al ojo de los satélites. “Parte de la atenuación se debe a un desafortunado problema de diseño instrumental: el satélite no observa las mismas longitudes de onda de luz que el sistema visual humano, por lo que los cambios de longitudes de onda más largas (luz naranja e infrarroja) de las lámparas de sodio de alta presión a la luz blanca de los LED a menudo se registran como disminuciones de luz por el instrumento, aunque una persona probablemente diría que el área se iluminó”, recuerda.
La tecnológica es la principal crítica que hace Alejandro Sánchez de Miguel, del Departamento de Física de la Tierra y Astrofísica de la Universidad Complutense, que no ha participado en este estudio. “Estos satélites no ven el azul, que es la parte más contaminante, pero sí ven el infrarrojo”, recuerda Sánchez de Miguel. “Tenemos las lámparas de sodio, por ejemplo, que emiten mucho en infrarrojo y nada en azul y contaminan algo, y tenemos lo contrario, los LED que contaminan mucho en azul y nada en infrarrojo. Cuando se hace un cambio de sodio a LED, el satélite ve una bajada, pero es falsa”, explica.
Aun así, Sánchez de Miguel reconoce la aportación de este nuevo trabajo: “Muestra lo dinámica que es la cuestión de la contaminación lumínica”. Pero termina lamentando que no haya un satélite europeo midiendo la iluminación nocturna y que haya que conformarse con la fotografía astronáutica, “como las imágenes tomadas por los astronautas de la Artemis, que han visto cómo es realmente la noche iluminada”.
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