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Los pesticidas están alterando la vida bajo la tierra

La mayoría de los suelos europeos contienen plaguicidas que están reduciendo el microbioma subterráneo

Pesticidas

En un gramo de tierra, lo que cabe en una cucharita de café, hay más bacterias que humanos en el planeta, hasta 20 x 109. Y a ellas habría que sumar las otras pequeñas criaturas que viven en el suelo, infinidad de especies de hongos, arqueas, nemátodos, protistas, minúsculos artrópodos, etc., que forman ecosistemas en los que unos se comen a otros, algunos cooperan entre sí y todo lo que vive encima, plantas y animales, depende de la vida que hay debajo. Son ecosistemas tan complejos como la sabana africana o la selva amazónica. Ahora, un estudio muestra como toda esta biodiversidad liliputiense se está viendo alterada por decenas de pesticidas. Hasta el 70% de los suelos europeos contienen al menos uno. Su mera presencia está afectando a la abundancia del microbioma subterráneo y estaría interfiriendo en procesos básicos para la vida.

Investigadores de una decena de instituciones europeas han analizado el suelo de 373 lugares de la Europa comunitaria y Reino Unido. Las muestras proceden de zonas de cultivo, pero también de praderas y bosques. El trabajo relaciona dos tipos de datos, la cantidad y variedad de microorganismos presentes en cada muestra, con la presencia y concentración de 63 pesticidas diferentes, entre insecticidas, herbicidas o fungicidas. El trabajo, publicado en Nature, escaparate de la mejor ciencia mundial, acaba viendo cómo afectan estos químicos a la cantidad de vida que hay en los suelos europeos y a las funciones que cumple en la naturaleza.

“El suelo contiene casi un 60% de toda la biodiversidad”, recuerda María Jesús Briones, catedrática de ecología y biología animal de la Universidad de Vigo y una de las responsables del trabajo publicado en Nature. Toda esta biodiversidad es la base del resto de los ecosistemas terrestres, realizando funciones vitales, desde la producción de alimentos al ciclo del agua, pasando por el secuestro del carbono o la descomposición de la materia orgánica en nutrientes esenciales. “Hay hongos, por ejemplo, que reblandecen la hojarasca antes de que otros, los fragmentadores, la troceen, para que después venga otros a seguir descomponiéndola. Es como una fábrica, un sistema en cadena”, comenta Briones.

Esos hongos fragmentadores, pero también las arqueas nitrificadoras, las bacterias fijadoras de nitrógeno, las quimioheterótrofas (que acaban el trabajo iniciado por los troceadores de la materia orgánica) o los nemátodos que se comen a las bacterias llevan siglos prestando sus servicios en las tierras cultivadas y miles o millones de años en la naturaleza. Pero desde hace unas décadas, las comunidades del suelo y las interacciones que han venido construyendo están sufriendo el impacto de los pesticidas. Diseñados para eliminar a unos seres, patógenos que afectan a los cultivos, la ciencia ha ido acumulando datos que muestran que, desde las abejas hasta las mariposas, pasando por poblaciones de aves o pequeños mamíferos, cada vez son más sus víctimas colaterales. Ahora se comprueba que su veneno también ha llegado al suelo.

El 70% de los suelos europeos contiene al menos uno de los 63 pesticidas más comunes, según el nuevo estudio. Por tipo de plaguicida, algo más de la mitad de los encontrados son fungicidas, otro 35%, herbicidas y en torno al 11% son insecticidas. El que más han encontrado es uno considerado una bendición por los agricultores y una maldición por los ecologistas, el glifosato. Es un herbicida de amplio espectro, tan eficaz que se usa tanto para eliminar las malas hierbas como en los cultivos de coca. El problema es que se van acumulando los datos sobre su toxicidad para organismos no objetivo, como muchos artrópodos, y eso que el glifosato no es un insecticida.

El glifosato parece tener un efecto ambivalente. Allí donde está presente, han encontrado valores reducidos de protistas, arqueas nitrificantes o nemátodos bacterívoros. Sin embargo, parecen favorecer a los nemátodos herbívoros y, en particular, a algunos grupos de bacterias, “probablemente porque otros organismos se ven reducidos”, dice Julia Königer, también de la Universidad de Vigo y primera autora del estudio, en una nota. En particular, el propio herbicida se convierte en una fuente de fósforo extra para las comunidades bacterianas. Al glifosato le siguen el boscalid o boscalida, un fungicida, usado para combatir botrytus en las vides, la pendimetalina (un herbicida) o el epoxiconazol, otro mata hongos.

“Muchas leguminosas tienen nódulos de micorrizas que fijan el nitrógeno”, recuerda la catedrática Briones. Las micorrizas son conglomerados en los que raíces y hongos subterráneos generan una simbiosis que beneficia a ambos. “Algunas plantas no pueden vivir sin ella y muchas solo se asocian con un único hongo”, explica la investigadora. “Robles, pinos castaños, también frutales tienen su propia micorriza”, añade. Según ese estudio, los microorganismos más afectados por la presencia de pesticidas que se han colado en su territorio son precisamente los hongos, reduciendo tanto su abundancia como diversidad.

Como era de esperar, la mayor cantidad y concentración de plaguicidas la han encontrado en las tierras dedicadas al cultivo. Pero también los han hallado en prados y bosques. Algunos de los primeros pueden ser antiguas parcelas cultivadas ahora abandonadas en las que persisten residuos, metabolitos o directamente el principio activo. “Los pesticidas pueden persistir durante muchos años en el suelo”, dice Marcel van der Heijden, ecólogo del suelo en la Universidad de Zúrich y autor sénior del estudio junto a Briones. “Depende del tipo de pesticida, algunos se degradan muy rápidamente, en semanas, incluso días. Otros son muy persistentes y permanecen en el suelo durante años, incluso más de 10 años. La persistencia, especialmente en bajas concentraciones, es mucho mayor”, añade van der Heijden, también responsable del grupo de investigación en interacciones planta-suelo en Agroscope, una entidad de investigación agraria de Suiza.

Los pesticidas pueden llegar por el aire a los bosques y prados cercanos. Al infiltrarse en el suelo y entrar en el ciclo del agua pueden alcanzar lugares muy alejados de los cultivos. Algunos se desplazan por el aire, en el polvo, con el viento, a campos o bosques vecinos. Sus partículas también pueden disolverse en gotas de agua y circular con las nubes. “Incluso encontramos rastros de pesticidas en la Antártida”, dice van der Heijden. “De hecho, es difícil encontrar campos y lugares sin pesticidas. En un estudio suizo (con herramientas de detección de pesticidas más sensibles, como en este estudio), los encontramos en todos los campos estudiados”, completa.

Para el investigador del Instituto de Recursos Naturales y Agrobiología de Sevilla, CSIC, Manuel Delgado, este trabajo muestra la relevancia que han conseguido los pesticidas en la dinámica de los ecosistemas de los distintos suelos. “Explican una proporción [hasta un tercio] de su variación que no se explican por otros factores, como las condiciones del suelo o el clima”, dice. Para Delgado, que no ha intervenido en este trabajo, la investigación muestra cómo estas sustancias pueden afectar a las distintas funciones que cumple el microbioma del suelo.

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