La odisea para sobrevivir de la tortuga que desova a 2.000 kilómetros de donde nació: “Hacen esto desde la época de los dinosaurios”
La isla de Ascensión alberga la mayor colonia reproductora de tortugas verdes del Atlántico. Durante cuatro siglos fueron capturadas como manjar hasta casi su extinción; hoy han conseguido un éxito de conservación sin precedentes


Se hace de noche en Long Beach, la playa que bordea Georgetown, la capital de Isla de Ascensión. En la orilla, algo se mueve. Una masa oscura y enorme emerge del oleaje con una lentitud que parece deliberada. Es una hembra de tortuga verde (Chelonia mydas), que puede llegar a medir 1,3 metros y pesar más de 150 kilos de peso, y que acaba de cruzar 2.300 kilómetros de océano abierto desde las costas de Brasil. Ha tardado seis semanas. En el camino no ha comido nada. Está volviendo a la misma playa en la que nació. Y ahora tiene un trabajo que hacer.
Avanza por la arena dejando un rastro doble que recuerda al de una oruga mecánica. Llora: las lágrimas le limpian los ojos de arena, aunque durante siglos los marinos que la observaban creyeron que lloraba de miedo o de tristeza. Cuando encuentra el lugar adecuado, comienza a cavar. Primero el hoyo del cuerpo, girando despacio; luego la cámara de los huevos, con las aletas traseras, sin mirar, a ciegas, con una precisión milimétrica. Pone alrededor de 150 huevos blancos y blandos, los cubre, los camufla y vuelve al mar. En dos o tres semanas estará de regreso para volver a desovar.
Lo que esta tortuga no sabe es que es protagonista de uno de los mayores éxitos de conservación marina de la historia reciente. En octubre de 2025, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) retiró a la tortuga verde de la categoría de especie en peligro, donde llevaba 43 años, y la reclasificó directamente como “preocupación menor”, saltándose dos categorías intermedias de una vez. Es un hecho sin precedentes en la Lista Roja que observa las especies en peligro en todo el mundo, y que refleja el aumento de la población mundial de este animal en más del 28% desde los años 70. “Estos animales llevan haciendo esto desde la época de los dinosaurios; es un privilegio cuidarlos”, explica Laura Shearer, responsable de la Reserva Natural Costera de AIG, las siglas del Gobierno de la Isla Ascensión. Esta isla es un territorio británico de ultramar de origen volcánico situado en el océano Atlántico, aproximadamente a mitad de camino entre África y América del Sur. Ha sido, por esa situación, de gran importancia estratégica y militar para los británicos desde hace siglos, pero además, ahora, esta tortuga (que forma parte de su escudo oficial) está protagonizando una extraña historia de esperanza en estos tiempos oscuros para la biodiversidad.

La matanza
La historia de la tortuga verde en Ascensión es también la historia de cuánto puede resistir una especie sometida a una presión casi industrial durante cuatro siglos. Cuando los marineros portugueses avistaron la isla por primera vez, en 1501, encontraron algo extraordinario en sus playas: miles de tortugas que salían a anidar sin miedo, pues no tenían depredadores terrestres. Lo que siguió fue la explotación sistemática de ese recurso. Los barcos que cruzaban el Atlántico aprendieron pronto la técnica del volteo: cuando la hembra sale a poner huevos, entra en un estado de trance inducido por la oxitocina que la deja ajena a su entorno. Entonces, los marineros las giraban sobre el caparazón. En esa posición, de la que es incapaz de escapar sola, podía mantenerse viva en la bodega de un barco durante semanas, alimentada solo con cubos de agua de mar. Carne fresca y duradera en medio del océano, a costa del sufrimiento de este increíble animal.
El observador John Ovington, que visitó la isla en 1691, describió la escena con una mezcla de asombro y piedad: al verse volcadas, las tortugas “comenzaban a lamentar su situación con profundos suspiros y gemidos lastimeros, derramando abundante agua por sus ojos”. Eran, en realidad, su forma habitual de respirar y de limpiar la arena. Pero la imagen dice algo sobre el modo en que los humanos de entonces miraban a los animales que explotaban. La anécdota la cuenta el periodista Duff Hart-Davis en su precioso libro Ascension: The Story of a South Atlantic Island.

En 1829 se construyó al sur de Long Beach, de hecho, un estanque circular de unos 20 metros de diámetro, con aberturas para que entrara y saliera el agua del mar. Allí se almacenaban hasta 300 tortugas a la vez, esperando ser consumidas o embarcadas. Como las hembras no comen durante su estancia en la isla —llegan ya cargadas de reservas de grasa de Brasil—, mantenerlas era muy fácil. Ese mismo año se alcanzó el récord: 1.500 individuos capturados en una sola temporada.
Las tortugas de Ascensión no solo alimentaban a la guarnición de marines británicos que habitaba la isla. También se enviaban vivas a Inglaterra para convertirlas en sopa, el más codiciado manjar de la época. La empresa John Lusty, con sede en el East End de Londres y dirección telegráfica Turtling, London, era la proveedora oficial de los lores del Almirantazgo, a quienes correspondía una cuota de litros de sopa con cada envío.
El fin llegó no por conciencia ecológica, sino por agotamiento del recurso. De las 1.500 tortugas capturadas en 1829, se pasó a unos cientos en apenas 40 años. En 1944, la tortuga verde quedó protegida en la isla.
La recuperación de una especie con la biología de la tortuga verde requiere una paciencia que se mide en décadas. Tardan entre 25 y 30 años en alcanzar la madurez sexual. Su tasa de supervivencia hasta la edad adulta es de entre 1 y 10 de cada 10.000 crías. Las que no llegan son devoradas por aves o peces; las que sí, desaparecen durante años en el océano abierto —los llamados “años perdidos”— sin que la ciencia sepa exactamente qué hacen ni dónde van.

Observar a las crías salir de la arena es también una experiencia difícil de olvidar. Nunca se sabe cuándo nacerán. Brotan a decenas, prácticamente a la vez: las que están en la parte inferior del nido comienzan a moverse, sacuden a las de arriba, y en pocos minutos el grupo entero entra en erupción hacia la superficie. La sincronía no es casual; cuantas más salgan juntas, más posibilidades hay de que alguna de ellas llegue al mar. Nada más emerger, se orientan hacia el océano sin que nadie las guíe. La luz que viene del mar es ligeramente más azul y más verde que la del interior, y esa diferencia parece bastarles. Por eso también es fundamental rebajar la contaminación lumínica de esas playas; si no, pueden dirigirse a las ciudades o carreteras.
La mayoría salen de noche, cuando los depredadores escasean y el calor no las mata. Pesan apenas 80 gramos. Su caparazón, suave, cabe en la palma de una mano, pero aunque sean devoradas por pájaros o cangrejos durante su camino, no hay que tocarlas: si se coge una cría y se la lleva al agua, la cría se pierde. Esos metros de arena imprimen el mapa magnético de la playa, el mismo que la traerá de vuelta décadas después a anidar en el mismo lugar. Sin ese recorrido, no hay regreso posible.
Control de las poblaciones
El control sistemático de las playas de Ascensión comenzó en 1977. En aquel primer periodo se registraba una media de 3.752 puestas anuales. Hoy se cuentan más de 25.000 nidos por año, seis veces más que hace 50 años.
La UICN citó expresamente a la isla de Ascensión, junto a Brasil, México y Hawái, al justificar la reclasificación de octubre de 2025. Para Laura Shearer, los datos son elocuentes, pero también invitan a la cautela: “Tenemos uno de los conjuntos de datos de control de tortugas más largos del mundo. La importancia de ese seguimiento a largo plazo no puede subestimarse. Revela patrones sutiles que solo se perciben con décadas de observación”.
El mecanismo de la recuperación sigue guardando misterios. Cómo estas tortugas encuentran la isla —un punto de apenas once kilómetros de anchura en medio del Atlántico— después de recorrer 2.300 kilómetros desde Brasil sigue sin explicación científica satisfactoria. El biólogo Archie Carr, la mayor autoridad mundial sobre la especie, aventuró que quizás siguen una huella química que la corriente ecuatorial del sur transporta desde la isla hasta las costas brasileñas. Pero nadie lo ha demostrado.

Una victoria frágil
El éxito de conservación tiene un asterisco importante. “Si las protecciones desaparecen, la especie volvería a estar en peligro”, advierte Shearer. La tortuga verde de Ascensión solo está a salvo mientras está en esa isla. Las hembras pasan allí unos seis meses durante la temporada de anidación. Los machos, que llegan antes —de diciembre a febrero— y se van sin pisar tierra, aún menos. El apareamiento ocurre en el agua antes de que las hembras suban a anidar, y tiene una particularidad biológica sorprendente: los huevos que la hembra está a punto de poner ya están fertilizados de la temporada anterior, y el esperma que recibe ahora —de varios machos distintos— servirá para la siguiente. La hembra puede almacenarlo durante meses.
Las amenazas presentes son reales. El cambio climático está alterando la temperatura de la arena, que determina el sexo de las crías: por encima de 30 grados nacen hembras; por debajo de 28, machos. Hoy, más del 96% de las crías de Ascensión son hembras. El AIG ha realizado experimentos de sombreado de nidos que lograron aumentar la proporción de machos en un 12%, pero Shearer estima que en unos diez años podría ser necesario aplicarlo a gran escala.
Las plantas invasoras —espino mexicano, tabaco arbóreo, adormidera mexicana— avanzan hacia las playas de anidación, cubren el hábitat de arena y albergan roedores que depredan las crías y pueden atrapar a los recién nacidos en sus sistemas de raíces. Cada año, el equipo de conservación retira cientos de árboles de las reservas costeras. Y luego está el bycatch: las redes de pesca perdidas o abandonadas en aguas internacionales —más de un millón de toneladas al año— atrapan tortugas que pueden ahogarse si no logran liberarse. “Solo podemos conservar a estos animales mientras están bajo nuestro cuidado. Pero su ciclo de vida significa que solo pasan una parte de su existencia en nuestras aguas”, afirma Shearer.
En Long Beach, mientras tanto, la hembra termina de camuflar su nido. Arrastra su cuerpo de vuelta hacia el mar y se deja llevar por una ola. En dos semanas volverá. Y en unos sesenta días, si la arena no está demasiado caliente, si las ratas no encuentran el nido, si los rompientes no los arrastran, y si los pájaros y tiburones no esperan en la orilla, una o dos de las 150 crías llegarán al mar. Una de cada diez mil llegará a adulta, y volverá décadas después a esta misma playa, guiada por un mapa magnético que todavía no comprendemos del todo. Cuatrocientos años de persecución casi acabaron con ellas. Ochenta años de protección nos las han devuelto. La pregunta ahora es si el mundo que las rodea (sus playas, sus mares, su clima, sus humanos) les dará el tiempo suficiente para recuperarse del todo.


























































