La Luna: el nuevo escenario de la carrera espacial entre Estados Unidos y China
Pekín pretende enviar astronautas al satélite antes de 2030 y establecer en la próxima década una base en cooperación con Rusia. La NASA, que ha acelerado su apuesta lunar con el programa Artemis, lo considera su “gran competidor”


China se incorporó tarde a la carrera espacial: emergió como un nuevo competidor justo después del desmoronamiento de la Unión Soviética, el gran rival estadounidense durante décadas de Guerra Fría. Pero su paso constante, siempre a buena marcha, ha logrado que Estados Unidos escuche el sonido de las zancadas chinas a su espalda cada vez con más fuerza. Tras la misión Artemis 2 de la NASA, el primer viaje tripulado para orbitar la Luna en medio siglo, que este lunes alcanzará su punto álgido cuando sus astronautas contemplen la cara oculta del satélite, los próximos cuatro años serán determinantes en la pugna.
La República Popular se ha fijado como objetivo que sus astronautas, los llamados taikonautas (palabra que viene de taikong, que significa cosmos en chino), pisen la Luna antes de 2030, y pretende establecer a lo largo de la próxima década una base permanente en el satélite, en colaboración con Rusia. Ya ha logrado posar un robot en la cara oculta de la Luna y regresar de allí con muestras; ha enviado una sonda a Marte, planeta que se encuentra también en el horizonte de las misiones tripuladas, aunque mucho más distante, a partir de 2040.
El espacio es uno de los grandes campos de batalla entre las dos superpotencias. En este terreno no solo se miden las capacidades científicas y tecnológicas; también se calibra la pegada de ambos países en forma de poder blando y de sueños para las generaciones futuras. ¿Tendrán rostro asiático u occidental los afiches de astronautas que cuelguen los niños en sus cuartos dentro de dos décadas? ¿Qué bandera ondeará primero en Marte?

Estados Unidos es bastante explícito sobre lo mucho que le obsesiona la trayectoria del nuevo contendiente. El multimillonario Jared Isaacman, el administrador de la agencia espacial estadounidense colocado por el presidente estadounidense, Donald Trump, cita a menudo la rivalidad con China, al que se ha referido como su “gran competidor”, del establecimiento de bases estadounidenses en la Luna en los próximos años.
“Vamos a hacer todo lo necesario para volver a la Luna, y no dejar que nadie más se apodere de ella nunca más”, dijo este adinerado amigo de Elon Musk. “La diferencia entre el éxito y el fracaso se medirá en meses, no en años”, añadió sobre el regreso de astronautas al satélite, que Estados Unidos prevé lograr antes de que termine la presidencia de Trump en 2028.
En China nunca se menciona oficialmente la existencia de una carrera de las estrellas, al estilo de la de la Guerra Fría. Pero el Gobierno sí lanza de vez en cuando dardos contra su rival. En diciembre, la agencia oficial de noticias Xinhua, controlada por Pekín, enumeraba los motivos por los que será “difícil” que Estados Unidos cumpla con el calendario de regreso al rocoso cuerpo celeste.
“Llevar astronautas a la Luna depende de años de compromiso político constante y de una financiación estable”, afirmaba un editorial. “El sistema político estadounidense es propenso a cambios bruscos provocados por los cambios de liderazgo y las disputas partidistas, lo que lo hace poco adecuado para proyectos a largo plazo que se extienden más allá de un solo mandato presidencial”.
Gobernada por un partido único, y sin un verdadero Parlamento que ejerza de contrapoder, China no se enfrenta a bloqueos presupuestarios que obliguen a rebajar las partidas ni a elecciones de medio mandato que suscitan un reajuste de prioridades. El país avanza bajo la batuta del Estado, que alinea industrias, financiación e intereses. En el último plan quinquenal, la guía política, social y económica para los próximos cinco años, aprobada en marzo ―2.758 votos a favor, uno en contra y dos abstenciones en la Asamblea Popular Nacional―, las autoridades comunistas han incluido el sector aeroespacial entre las “industrias estratégicas del futuro”.
“El alunizaje tripulado chino es solo un paso en su plan a largo plazo, establecido hace décadas”, comenta por correo electrónico Chen Lan, un analista independiente del programa espacial chino, cofundador de la publicación no oficial Go Taikonauts!, hoy pausada. “En general, la agenda china no se ve influenciada por factores externos. Estados Unidos lo ve como una carrera, China no”. Chen cree que el ritmo del programa establecido por Pekín no cambiará independientemente del éxito o fracaso de Artemis 2. “Los ingenieros chinos simplemente observan, sin presión”.
Este analista afirma que China destaca en la planificación y ejecución a largo plazo. “Cuenta con un buen mecanismo de toma de decisiones, diseñado para minimizar la influencia de grupos de interés con objetivos regionales o a corto plazo. Además, el sistema educativo chino forma a un gran número de ingenieros y científicos, lo que también representa una ventaja frente a los países occidentales”. Pero cree que se encuentra algo rezagada en el sector espacial comercial: China necesita cinco o diez años para ponerse al día con Estados Unidos en campos como el de los vehículos de lanzamiento reutilizables.
Las responsables de la Agencia Espacial Tripulada de China aseveran que los preparativos para su misión lunar tripulada “avanzan satisfactoriamente”, y que el desarrollo del cohete de tipo Larga Marcha-10, de la nave tripulada Mengzhou, del módulo de aterrizaje lunar Lanyue y del vehículo lunar Wangyu va “según lo planificado”.
Además, siguen el calendario previsto las misiones científicas Chang’e-7 (2026) y Chang’e-8 (2029) de exploración robótica del polo sur del satélite; se espera que sus experimentos sirvan de base para establecer la futura Estación de Investigación Lunar Internacional (ILRS por sus siglas en inglés), el complejo chino.
Aunque no se lo tome oficialmente como una carrera, la conquista del espacio se vive en China con fervor patriótico desde que puso por primera vez en órbita un satélite en 1970, 12 años después del Explorer 1 estadounidense. Eran entonces una nación pobre, atravesada por la durísima Revolución Cultural, atrasada con respecto a Occidente. El país vivió aquel lanzamiento como una oportunidad de sacudirse el peso de lo que en China llaman “el siglo de humillación”. El reconocido escritor chino de ciencia ficción Liu Cixin suele rememorar este episodio como uno de esos instantes que lo marcó siendo un niño, y lo empujó a imaginar nuevos mundos.
Los momentos estelares del gigante asiático llegaron al aproximarse el cambio de siglo, a medida que aceleraba su desarrollo y ascendía al Olimpo de las primeras potencias. En 1999, lanzó con éxito su primera nave espacial Shenzhou (“nave divina” en mandarín) no tripulada. Fue su carta de presentación en la carrera espacial. En 2003, Yang Liwei, a bordo de la Shenzhou-5, se convirtió en el primer astronauta chino. Desde entonces, se han sucedido lanzamientos tripulados cada vez con mayor frecuencia; acumulan experiencia en la ingravidez del cosmos 28 taikonautas; ninguna de sus misiones tripuladas ha resultado fallida.
El gigante asiático es, además, el único país con una plataforma orbital independiente, fruto de la rivalidad con Washington. Pekín comenzó a desarrollar la Tiangong (“palacio celestial”), una especie de laboratorio flotante, después de que Estados Unidos le vetase el acceso en 2011 a la Estación Espacial Internacional. Su primer módulo fue puesto en órbita en 2021; entró en fase operativa en 2022. Sus tres tripulantes rotan cada tres meses.
“Que el vasto espacio sea testigo de la infinita lealtad de los soldados espaciales chinos”, comentaba hace un año el comandante Chen Dong, al frente de una de esas misiones de relevo, unas horas antes de despegar desde la histórica base de Jiuquan, en pleno desierto del Gobi. Decenas de personas agitaban banderas rojas al ritmo de una orquesta que tocaba himnos de exaltación nacional. “La patria y el pueblo esperan que volváis con éxito”, se leía en los carteles.
Seis meses después, su misión terminaría sufriendo un contratiempo. Su regreso tuvo que ser retrasado por el riesgo que representaba la “sospecha” de impacto de “un pequeño fragmento de basura espacial” en la nave en la que debían volver a la Tierra. Finalmente, los tres taikonautas retornaron sanos y salvos.
El Centro de Lanzamiento de Satélites de Jiuquan, la base bajo control militar a la que EL PAÍS tuvo entonces un raro acceso, es un lugar casi sagrado en la mitología cósmica china. Inaugurada en 1958 como campo de pruebas de misiles intercontinentales, desde allí han zarpado varias de las grandes misiones espaciales chinas.
En el interior del recinto, entre mensajes de aliento para los astronautas y esculturas de cohetes en las rotondas, una valla publicitaria con la imagen del presidente, Xi Jinping, vestido de uniforme militar, anima a “explorar el vasto universo” y construir un “potente país espacial”.
Zhang Wei, investigador del Centro de Aplicaciones Espaciales de la Academia de Ciencias de China, aventuraba durante aquella visita por qué, más de cinco décadas después de la última misión Apolo en 1972, la Luna se ha convertido en un lugar al que regresar: hasta ahora, la exploración lunar tenía como objetivo principal el estudio del satélite; esta aproximación “más científica” ha dado paso a un estadio de “utilización lunar” que requiere capacidad “para explorar y excavar”. Mencionó recursos que podrían ser explotados, como la energía solar de la Luna, el hielo lunar y algunos minerales, como la ilmenita o el helio-3, que algunos describen como el combustible del futuro. “Ayudará a los seres humanos a llegar más lejos”, observó. Pero, ante la pregunta de quién ganaría la carrera de regreso a la Luna, insistió en que China iría paso a paso y según el plan: “No vamos a compararnos con nadie”.
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