La fosa común que desvela una matanza de mujeres y niños en la Europa de hace 2.800 años
El análisis forense y genético de decenas de víctimas halladas en Gomolava confirma un caso único de asesinato selectivo en la antigüedad europea


En Serbia, 70 kilómetros al noroeste de Belgrado, descubrieron hace medio siglo una fosa común llena de decenas de restos humanos apilados en Gomolava, junto al río Sava, que databan de hace unos 2.800 años. Los arqueólogos vieron que casi todos eran mujeres y niños. Para explicarlo, apuntaron a una epidemia que se habría cebado con los más pequeños y las féminas. Sin embargo, la historia es otra: un análisis forense y genético de los cuerpos publicado en Nature Human Behaviour muestra que fueron asesinados. Desde la llegada de las innovaciones del Neolítico a Europa (agricultura, sedentarización, urbanización...), se multiplicaron los actos de violencia de unos grupos a otros. Pero no hay un yacimiento en suelo europeo de la antigüedad con este sesgo de matanza selectiva. Aunque no tienen certezas, las autoras creen que los mataron y enterraron juntos porque eran, precisamente, mujeres y niños.
“La mayoría de las lesiones registradas son perimortem”, dice Linda Fibiger, osteoarqueóloga de la Universidad de Edimburgo (Reino Unido) y primera autora del estudio. Esto significa que murieron de las heridas, los huesos no tienen muestras de cicatrización. “El tamaño y la ubicación de las lesiones sugieren que fueron infligidas con fuerza desinhibida, diseñada para herir gravemente o matar”, añade la investigadora. Casi todas las heridas fueron en la cabeza, hechas desde arriba y por la espalda, como si las víctimas intentaran huir. “Esas lesiones se producen en una posición desventajosa, en el suelo o dándose la vuelta, con los atacantes en una posición elevada o más altos que sus víctimas”. Es decir, debían ir a caballo y serían hombres. “En conjunto, se trata de un ataque brutal en el que atacantes y víctimas parecen haber estado desigualmente equilibrados”, completa.
De los 77 cuerpos recuperados de Gomolava, solo tres de ellos eran hombres mayores de 18 años. Casi la mitad (38) son niños de 12 años o menos y otros diez son de 13 a 18. Hay incluso un bebé. De todos los que se puede determinar su sexo mediante análisis óseo, ADN o esmalte dental, el 70,8% son mujeres y niñas. Para el catedrático de la Universidad Autónoma de Madrid, Fernando Quesada, que lleva 40 años en la arqueología de la violencia, “la fosa de Gomolova es única”. Lo normal en los actos violentos y enfrentamientos con otros grupos “es que se asesina a los hombres y se esclaviza a mujeres y niños porque tienen valor; sería un desperdicio de trabajo, es antieconómico”, añade Quesada, que no ha intervenido en el estudio.
Desmontada por el estudio forense, el ADN descarta de forma definitiva la hipótesis de la presencia de algún patógeno como causante de la matanza. Pero el análisis genético desvela otro hallazgo que descoloca a los arqueólogos: los muertos de Gomolava no estaban emparentados entre sí. “Solo hay una madre y sus dos hijas, aunque no están juntas”, dice la experta en genética de la Universidad de Copenhague (Dinamarca) y coautora de la investigación, Miren Iraeta Orbegozo. El resto tenía ascendencia de la región, no venían de fuera, pero “es una muestra de una población extensa, regional, o sea que no es una familia o un pueblo donde todo el mundo esté relacionado”, detalla Iraeta.
El análisis de tres isótopos distintos recuperados de los dientes indica que tenían dietas diferentes, lo que refuerza que los muertos no tenían nada que ver entre sí. En esto también Gomolova es única. En el resto de enterramientos de origen violento en suelo europeo, los enterrados pertenecían a un mismo linaje, al menos en un porcentaje significativo.
“El conjunto es excepcional por su perfil demográfico (mujeres y niños). Pero lo es más aún por la procedencia diferenciada de los individuos (que está más que demostrada a través de las dos aproximaciones mediante el DNA y los isótopos) y la ausencia de relaciones familiares entre ellos”, opina Antonio Rodríguez, investigador del Instituto de Arqueología de Mérida (IAM, CSIC-Junta de Extremadura), que no ha participado en este trabajo.
A Rodríguez, que publicó el año pasado un trabajo sobre un caso de extrema violencia, con canibalismo incluido, en el norte de España en pleno Neolítico, le sorprenden varias cosas. “La primera es esa no relación familiar. No son mujeres con sus hijos. Hay niños y niñas que llegan ahí solos. Esto es muy particular”. Otra cosa que le llama la atención es la significación del lugar. “La violencia performativa exhibe los cuerpos o partes de ellos (o elementos simbólicos) que sirven de recordatorio a las víctimas y a las sociedades traumatizadas. Es una advertencia”, termina.
En efecto, en una fosa común, se esperaría que los cuerpos fueran arrojados sin más. Pero en Gomolova no es así. Bajo un lecho de bóvidos (han encontrado restos de hasta 100 animales), los niños y las mujeres son depositados con cuidado, capa a capa, con algunos de sus ornamentos. Pero, ¿por parte de quién? “No está claro si fueron enterrados por quienes los asesinaron para demostrar su poder, colocando sus cuerpos sobre un gran túmulo de asentamiento bien conocido, o si fueron enterrados y conmemorados por personas que los conocieron y quizás los cuidaron. Los datos no nos permiten decir mucho más”, reconoce Barry Molloy, arqueólogo del University College de Dublín (Irlanda) y coautor del estudio.
Una posibilidad, apuntada tanto por los autores como por otros arqueólogos que conocían la investigación, es que debía funcionar como mensaje, que los enterrados en Gomolova tenían un significado especial.
Para Iraeta, una de las autoras, “cuando matas a niñas y mujeres, estás acabando con un linaje, cortas la posibilidad de futuro de un grupo de individuos o de varios grupos. Además, ”el enterramiento también funcionaría como una declaración de poder territorial”, añade.
Por su parte, Rodríguez, que no intervino en el estudio, recuerda cómo en la Ilíada, que Homero escribiría poco más de un siglo después de la matanza de Gomolova, “cuando se habla de la caída de una ciudad, no solo se piensa en matar guerreros, sino en esclavizar a las mujeres y acabar con los hijos para que no haya futuro ni venganza; es una violencia que no termina en el campo de batalla, sino que busca borrar a la comunidad entera”.
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