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científicos
Tribuna
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Ganar la paz desde el laboratorio

La I+D para la defensa llega, con polémica, a los campus españoles

“Algunos conocemos el papel vital desempeñado por el radar para alcanzar la victoria sobre la Alemania nazi. También en este caso, fue una laboriosa investigación científica desarrollada a lo largo de muchos años la que lo hizo posible”. Era 1945 y el director de la Oficina de Investigación y Desarrollo, Vannevar Bush, enviaba al presidente Truman el informe Science, the Endless Frontier, fundacional de la política científica de EE UU. No es casual que las tecnologías de uso dual ―llamadas así por su doble interés civil y militar, como el radar― sean desde entonces un pilar del sistema americano de I+D. Bush fue el catalizador institucional del proyecto Manhattan y su mensaje era claro: la ciencia había sido determinante para ganar la guerra; ahora debía serlo para ganar la paz.

Por motivos históricos, el binomio investigación y defensa ha sido más difícil de conjugar en Europa. Tanto el programa Horizonte Europa de la Comisión Europea como el Fondo Europeo de Desarrollo Regional que gestionan los Estados miembro ―y que es el músculo financiero de las políticas de I+D+i en España―, tienen una relación problemática con el uso dual. El primero asume que los resultados podrían tener aplicaciones posteriores para Defensa, aunque los proyectos deben perseguir objetivos puramente civiles. FEDER va aún más allá, obligando a los protagonistas a “esconder” esas posibles aplicaciones.

Todo ha cambiado con la vuelta de Trump a la Casa Blanca y, en pocos meses, la política europea de innovación ha dado un giro sin precedentes. Con el viento de cola del informe Draghi, el nuevo mandato von der Leyen ― ya de por sí marcado por la autonomía estratégica― ha impulsado reformas que permitirán trabajar sin complejos en I+D+i dual: del Banco Europeo de Inversiones al Consejo Europeo de Innovación, se han levantado las barreras normativas para apoyar tecnologías de interés para la defensa; y en el caso de FEDER no solo se permiten, sino que gozarán de condiciones más favorables al incorporarse como una cuarta familia de tecnologías estratégicas para Europa ―junto con la salud y biotecnología, las tecnologías digitales y las energías limpias―. “Europa está en combate. Un combate por un continente completo y en paz. Por una Europa libre e independiente”. Unas palabras que no solo abren el discurso del Estado de la Unión 2025, sino que marcan el futuro de la política de europea innovación.

Ese futuro implica retos de gestión pero, sobre todo, exige un cambio cultural en el sistema público de I+D y, particularmente, en las universidades españolas. A día de hoy, muchas de ellas limitan o prohíben en su normativa las actividades de investigación en defensa. En abril de 2025, urgido por los compromisos de inversión OTAN, el Gobierno aprobó un Plan Industrial y Tecnológico para la Seguridad y la Defensa que habilitaba, por primera vez, un fondo de 500 millones para I+D de uso dual gestionado con éxito por el CDTI, adscrito al Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades. Convocatorias para empresas y centros tecnológicos han incorporado, en tiempo récord y con récord de participación, prioridades definidas por el Ministerio de Defensa. Pero cabe preguntarse cómo responderían las universidades a una invitación semejante y cómo lo harán a las convocatorias duales del próximo Horizonte Europa 2028-2034.

En mi opinión hay tres argumentos para movilizar a nuestra ciencia pública a favor de la I+D de uso dual: el cínico, el pragmático y el de los valores. El cínico será el más repetido: si la UE está rediseñando la política de I+D para apoyar las tecnologías duales, ¿por qué negarse a ello? Si no lo hago yo, otros aprovecharán esas oportunidades. El pragmático es más sofisticado: del reconocimiento de voz de nuestros teléfonos móvil a los drones ucranianos, numerosas tecnologías han nacido en el terreno de la defensa para encontrar después un uso civil, y viceversa. Mucha investigación de laboratorio puede recorrer ambos caminos, especialmente en tecnologías híbridas como el espacio, la IA o la ciberseguridad ¿Por qué renunciar a hacer ciencia de vanguardia que puede, al tiempo, contribuir a la seguridad nacional y abrir mercados innovadores?

Pero está el argumento de los valores que, por su relevancia, merece un debate sosegado en los campus. Porque no se trata solo de acceder a más recursos o de trabajar en proyectos retadores: se trata de “Un combate por nuestros valores y nuestras democracias. Un combate por nuestra libertad y nuestra capacidad de determinar nuestro destino por nosotros mismos”. Se trata de las siguientes palabras del discurso de von der Leyen. De entender que está en juego la libertad de Europa ― incluyendo, por cierto, la libertad académica que hemos visto amenazada en EE.UU.―, de asumir un nuevo escenario geopolítico en el que la tecnología va a ser usada, más que nunca, para debilitar nuestra seguridad física y económica. Para amenazar tantas certezas que dan sentido a la Europa de hoy.

Cabe, por supuesto, mirar para otro lado. Pretender seguir viviendo en 2024. Pensar que no hemos visto drones rusos en el espacio aéreo de Polonia, amenazas a los cables submarinos del Báltico, ciberataques a presas noruegas o disrupciones en procesos electorales. Fingir que la nueva estrategia de seguridad nacional americana no certifica un giro radical en su compromiso con la estabilidad europea y que la crisis de Groenlandia es una mala pesadilla. Pero si lo hace, si la Universidad mira para otro lado, dará la razón a los que la acusan de falta de compromiso con los retos de nuestro tiempo. O al menos, con el de la supervivencia de una Europa en paz en la próxima generación.

Es paradójico que un informe escrito en 1945 para un presidente americano encierre un mensaje en clave para la Europa de 2026, esa que observa perpleja el desmontaje de la arquitectura multilateral de posguerra: “No podemos confiar en nuestros aliados para detener al enemigo mientras nos esforzamos por ponernos al día [tecnológicamente]. Necesitamos un mayor esfuerzo, y mejor dirigido, para impulsar la investigación militar en tiempos de paz”. La ciencia ha sido determinante para construir una Europa en paz. Ahora, nos guste o no, debe serlo para evitar la guerra.

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