¿Y si la regla fuera cada tres meses? Hongmei Wang, la bióloga china que investiga cómo ampliar la vida fértil ante el colapso demográfico
La científica explora cómo atajar el envejecimiento imparable de la población en experimentos punteros con células madre y embriones humanos


La bióloga Hongmei Wang, nacida hace 52 años en la región autónoma china de Mongolia Interior, se enfrenta a un gigante con las humildes armas de la investigación científica. Esta investigadora del Laboratorio Nacional de Células Madre y Biología Reproductiva de Pekín trabaja en la comprensión de las primeras etapas del desarrollo de un ser humano, un tema que se ha vuelto estratégico para un país que afronta la peor crisis demográfica del planeta.
Muchas democracias occidentales se enfrentan al mismo problema, y por ahora no han encontrado una solución. El envejecimiento de la población y la baja natalidad amenazan con tumbar el Estado de bienestar por la reducción de la población activa y los crecientes costes de cuidar de una ciudadanía cada vez más envejecida y enferma. En China, este problema alcanza dimensiones monstruosas. De ser el país con más habitantes del mundo, el gigante chino lleva varios años perdiendo población. A pesar de las nuevas políticas del Gobierno para aumentar la natalidad, los ciudadanos se resisten a tener más hijos. Y si todo continúa así, la población del país podría reducirse a la mitad a finales de este siglo, un colapso demográfico sin precedentes, según Naciones Unidas.
En 1979, el entonces “líder supremo” Deng Xiaoping impuso la política del hijo único ante la entonces preocupante sobrepoblación del país, que aún estaba saliendo de la pobreza. Esta estrategia fue diseñada por Song Jian, un especialista en la creación de cohetes y misiles que aplicó a la sociedad de su país la fría lógica de las matemáticas y la ingeniería, sin ningún prejuicio moral. Aunque no hay números oficiales, se piensa que en 35 años de política del hijo único se impidió el nacimiento de unos 400 millones de personas, más que toda la población de Estados Unidos. En muchas ocasiones se forzaba a las mujeres a abortar, incluso en el último trimestre de embarazo, o los médicos asesinaban a los recién nacidos.
Más de 100 millones de mujeres y 26 millones de hombres fueron esterilizados. La tendencia cultural a preferir hijos varones hizo que la población se desequilibrase de forma brutal: según estudios demográficos, en China faltaban unos 40 millones de mujeres en la población, como relata Dan Wang en su libro Breakneck (Penguin, publicado en 2025 y aún no traducido al español).
Ahora el problema es diametralmente opuesto. Aunque el Gobierno chino permitió tener primero dos hijos (2015) y luego tres (2021), la población no está respondiendo. El laboratorio donde trabaja Hongmei Wang, que durante los años de restricción se llamaba Laboratorio de Planificación Familiar, está ahora volcado en investigar la reproducción humana y el desarrollo embrionario para encontrar nuevas formas de aumentar la edad reproductiva de las mujeres.
Una de las opciones que se está explorando es retrasar la menopausia. Es algo posible, según ha demostrado Wang en estudios con ratones, pero la propia científica advierte de que puede ser un arma de doble filo. “Si inhibimos la ovulación conseguimos preservar los óvulos disponibles, pero al mismo tiempo se inhibe la generación de estrógeno, que es una molécula muy importante para la salud”, destaca Wang en una entrevista con EL PAÍS ofrecida días después de haber visitado España para participar en una conferencia científica organizada por la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona.
Wang pone de relieve un reto de difícil solución. En una sola eyaculación puede haber unos 70 millones de espermatozoides. Una mujer, en cambio, tiene desde que nace un número contado de óvulos disponibles, unos 400, que solo estarán funcionales en la ventana vital que va de la pubertad a la menopausia. Retrasar la llegada de la menopausia tan siquiera un año “tendría una enorme importancia social”, resalta esta bióloga y embrióloga.
Su equipo está consiguiendo importantes avances en la extensión de la vida fértil. En uno de sus estudios fundamentales, publicado el año pasado, los científicos injertaron células madre humanas en los ovarios de monas estériles. La intervención permitió el nacimiento de una cría, que sigue viva y saludable, celebra Wang.
El equipo ha llevado a cabo un pequeño ensayo clínico con 63 mujeres que sufrían insuficiencia ovárica prematura, una enfermedad que deja estériles a las mujeres justo en la mitad de su edad reproductiva. Los trasplantes de células madre permitieron que cuatro de ellas tuviesen hijos sanos, asegura Wang. Los científicos han patentado sus métodos y han cedido su explotación a una empresa, explica la investigadora.
Wang también se pregunta si es posible conseguir que las mujeres tengan la regla cada tres meses, lo que preservaría parte de sus óvulos sanos y disponibles para generar embarazos. Es una incógnita que por ahora está explorando en experimentos con ratones.
La científica china reconoce que aún hay un enorme desconocimiento sobre las primeras etapas del desarrollo embrionario debido a problemas técnicos y legales. Unas dos semanas después de que un espermatozoide fecunda un óvulo, el embrión comienza un enigmático proceso en el que los pocos cientos de células que lo conforman, todas prácticamente idénticas, comienzan una coreografía perfecta para crear el plano tridimensional del cuerpo y las semillas de todos los órganos. La partitura de esta danza está escrita en el ADN, pero aún se desconoce qué hace que cada una de estas células sepa en qué tiene que convertirse exactamente. Tiene que haber algo más.
Este proceso, llamado gastrulación, es uno de los más importantes y desconocidos de la biología. En parte se debe a lo difícil que es conseguir embriones humanos descartados de esa edad para investigar, pues a las dos semanas la inmensa mayoría de mujeres no saben que están embarazadas y muchos embriones se pierden.
La otra gran barrera es legal. La mayor parte de países impide cultivar embriones humanos en el laboratorio más allá de los 14 días, lo que hace inalcanzable la gastrulación. Pero las cosas van a cambiar pronto, vaticina Wang. China y otros países están preparando ya una ampliación de estas normas para poder cultivar embriones humanos hasta los 20 o 28 días, lo que abriría al completo la ventana de la gastrulación. Y esto es importante porque nadie sabe aún por qué en torno a la mitad de fecundaciones se frustran. Es posible que la explicación esté precisamente en esa semana crucial en la que surge el plano corporal y los futuros órganos.
Wang colabora con el profesor de la Pompeu Fabra Alfonso Martínez Arias en la creación de modelos de embrión a partir de células madre humanas. Estos organoides permiten simular los embriones naturales y estudiar el desarrollo sin trabas legales. Uno de los objetivos de Wang es recrear tres órganos esenciales en el desarrollo de un nuevo ser humano: el ovario femenino, el embrión y la placenta. A este último órgano no se le presta la atención debida, reconoce Wang. “Justo antes del nacimiento, la placenta contiene unos 58.000 núcleos celulares y mide 16 metros cuadrados, no hay ninguna otra estructura del cuerpo que sea tan grande y forme parte de un órgano”, destaca.
La científica es consciente de que sus investigaciones están aún en una fase preliminar, y que los resultados no llegarán a tiempo para frenar el descalabro demográfico de su país. Además, algunas de estas intervenciones trascienden los límites de la ciencia. “Una cosa es que algo sea posible desde el punto de vista técnico, como retrasar la regla o ampliar la vida reproductiva, y otra es si la gente realmente quiere que se lleve a cabo”, concluye.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Sobre la firma






























































