Emilio Filippi: apasionado por la democracia
Su último esfuerzo periodístico fue la creación del diario ‘La Época’, otro hito del final de la dictadura y el retorno a la democracia. Desde esa tribuna contribuyó a la transición al orden institucional en Chile

Durante la dictadura, el periodista Emilio Filippi adoptó una costumbre que hoy parecería absurda y tal vez ridícula: en el bolsillo de su chaqueta mantenía permanentemente un billete de cien dólares. Era, explicaba, por si lo detenían y era puesto en un avión al extranjero. Nunca tuvo que usarlo, pero era una precaución razonable: en esos años, ser comunicador implicaba el riesgo de recibir amenazas, ser detenido (incluso asesinado) o enviado al exilio.
No era broma. Una noche le lanzaron al jardín de su casa -vecina a la del general Fernando Mattei- una cabeza de chancho con una bala en la frente.
¿La razón? Cumplir el mandamiento periodístico básico de reportear, informar, interpretar y opinar en un medio de comunicación
Fue lo que hizo toda su vida Emilio Filippi Murato. Formado profesionalmente en la páctica, cuando no había Escuelas de Periodismo, estudió Leyes en Valparaíso. Sin embargo, su vocación, iniciada en el colegio, pudo más. Trabajó como periodista desde muy joven, como ayudante en La Voz de la comuna de Villa Alemana. En 1949 se sumó como redactor al diario La Unión. De su ciudad natal, a la cual llegaron sus antepasados genoveses, en 1956 se trasladó a Concepción. En el ‘puerto principal’ se había desempeñado simultáneamente en El Diario de radio Cooperativa.
‘Don Emilio’
En Concepción fue director a partir de 1956 del diario Crónica y, desde 1959, El Sur. Desde entonces, salvo para algunos de sus contemporáneos, se convirtió en ‘Don Emilio’, figura respetable y respetada. Y también querible, pero nunca tuteable.
En 1960, vivió el desastroso terremoto que primero sacudió a Concepción y, al día siguiente, a Valdivia. Junto con el enorme esfuerzo que implicó mantener en pie al principal diario del Biobío, siguió despachando sus reportajes al semanario Ercilla, de la cual era corresponsal. Una significativa foto de esos días lo mostró mientras despachaba, cobijado en su auto, en una máquina de escribir portátil. Lo alumbraba con una linterna Aminie, su esposa.
Dos años más tarde, en reconocimiento del esfuerzo desplegado para mantener la continuidad informativa en esos días, la Sociedad Interamericana de la Prensa (SIP) entregó al director de El Sur, el premio SIP-Mergenthaler.
En 1965, Filippi y su familia se mudaron a Santiago. Vino como gerente de publicaciones periodísticas de Zig-Zag. Tres años más tarde asumió la dirección de Ercilla. Uno de sus primeras tareas apuntó a su renovación. Pese a su larga y honrosa historia, el semanario debía modernizarse. Se cambió del formato tabloide -producto de haberse impreso por años en rotativas de diarios- a uno más adecuado a ‘la fórmula Time‘, la revista fundada en 1923 en Estados Unidos y que perfeccionó un estilo propio: el género interpretativo. Implicaba una estructura de los reportajes, diferente de las notas puramente informativas más rápidas de escribir y más adecuadas para un diario, también distinta de la opinión y el comentario.
Una vez más, el periodista Filippi demostró su gran capacidad y tuvo éxito. Nadie lo podía saber en ese tiempo, pero Ercilla y su equipo se convertirían más tarde -con otros periodistas y un puñado de publicaciones- en valiosos referentes en la defensa de la libertad de expresión y la democracia.
En 1988, cuando ya empezaba a amainar la tormenta, sostuvo en una conferencia en Valparaíso: “Para todos quienes nacimos y nos sentimos seres libres, la democracia es una necesidad. No una mera declaración de principios ni una expresión electorera. Es una forma de vida”.
En definitiva, durante la dictadura, pese a sus constantes desafíos, Filippi no fue expulsado del país ni relegado. Fue invitado, en cambio, con frecuencia a importantes centros políticos y universidades de Estados Unidos y Europa.
Su convicción fue siempre la misma: en democracia, “para ser gobierno no basta con que el pueblo haga acto de presencia en las urnas electorales y deposite su voto, cada vez que se llama a comicios. Es indispensable, además, que participe. No en la forma directa de la que se jactaba la antigua Grecia, porque el mundo se ha complicado, las poblaciones han crecido y el acto de gobernar se ha convertido en un acto muy complejo”.
Su último esfuerzo periodístico fue la creación del diario La Época, otro hito del final de la dictadura y el retorno a la democracia. Allí cerró su ciclo: tras contribuir desde esa tribuna a la transición al orden institucional en Chile, fue nombrado embajador en Portugal en el gobierno de Patricio Aylwin.
Volvió a Chile con su salud quebrantada. Murió en 2014.
En el gremio y en la universidad
Filippi desarrolló también una destacada labor gremial, llegando a ser, como ya se anotó, presidente del Colegio Nacional de Periodistas entre 1967 y 1968. Tuvo en paralelo una intensa tarea como ensayista y profesor de periodismo.
Aparte de las incisivas columnas editoriales en Ercilla -y en Hoy, más tarde- escribió varios libros. Una de sus primeras manifestaciones fue Anatomía de un fracaso. La experiencia socialista chilena (1973), en coautoría con Hernán Millas. Siguió, en 1979, un texto en defensa del derecho a expresarse: Libertad de pensar, libertad de decir.
De La Fuerza de la Verdad, en 1983, se afirmó que “el periodismo bien hecho, no es creación de un día o de una semana, sino una tribuna cuyas proyecciones pueden ser imposibles de anticipar”.
Más adelante, cuando Chile ya había vuelto a la democracia, se publicó en México una obra que le encargó el programa de periodismo de la Universidad de La Florida: Fundamentos del periodismo. Es un compendio de la enseñanza tradicional de la comunicación al que agregó el positivo fruto de su propia experiencia en universidades chilenas.
En este libro dedicó -como era inevitable en él- un importante capítulo a la “función social de la prensa”. Incluye una detallada mención a la importancia de la libertad de expresión y el derecho a la información.
Por iniciativa de colegas italianos y chilenos, fue nombrado en 1988, presidente honorario de la Asociación binacional de Periodistas. En vida recibió dos premios internacionales: el del Rey de España y el María Moors Cabot, de Columbia.
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