Ir al contenido
_
_
_
_

Nora Catelli, escritora: “Quizá el feminismo sea el más incisivo corrector”

En ‘Estanterías ajenas’, la escritora repasa su vida a través de sus hallazgos literarios en bibliotecas de amigos y conocidos

Para la escritora Nora Catelli (Rosario, Argentina, 1946), los libros son el mejor lenguaje con el que comunicarse. Ha trabajado como crítica, traductora y lectora para editoriales. En el ensayo Estanterías ajenas (Ampersand), repasa su vida a través de sus hallazgos literarios en bibliotecas de amigos y conocidos.

¿Cuál es el libro más especial que ha descubierto en una estantería ajena? Matemáticas e imaginación, de Kasner y Newman. Muchísimo más tarde Borges lo incluyó en su Biblioteca personal.

¿Y del que más ha aprendido? De los buenos libros se aprende qué no hacer.

¿Hay algún libro que jamás dejaría entrar en su estantería propia? No, los donosos escrutinios se hacen por omisión.

¿Qué libro la convirtió en lectora? El tesoro de la juventud y un poema de Francisco Luis Bernárdez o de Juana de Ibarbourou que no lograba memorizar para el colegio.

¿Y en escritora? Una Causerie de los jueves, de Lucio V. Mansilla. Ese tono parecía (erróneamente) accesible.

¿Cuál ha sido el último libro que le ha gustado? Volver a hojear una edición familiar de Poemas y canciones, de García Lorca, y musitar: “La soltera en misa”. Y un descubrimiento tardío: El 93, de Víctor Hugo.

¿El que tiene abierto ahora mismo en la mesilla de noche? Responso, de Juan José Saer, y la versión de José María Valverde de los Cuatro Evangelios.

¿Uno que no lograra terminar? Al revés: puedo decir que nunca empecé ningún libro de Herman Hesse, aunque leí su buenísima correspondencia con Thomas Mann.

¿Cuál ha sido la mejor crítica que ha recibido? La que suele decir: falta algo.

¿Y la más demoledora? Soy bastante crustácea; pero sí me desconciertan aquellas en que se siente encono.

¿Qué película ha visto más veces? Tantas, tantas. Cuando se repiten se comprueban cegueras imperdonables. Podría hacer un catalogo de malos entendidos: quizá el feminismo sea el más incisivo corrector.

¿La que le recuerda a su infancia? La semana retrospectiva de Greta Garbo en el cine Radar de Rosario. Y La loba, de William Wyler, con Bette Davis, doblada al puertorriqueño, en la televisión y con mi madre.

¿La última serie que vio de un tirón? Soy más de sitcom.

Si tuviese que usar una canción o una pieza musical como autorretrato, ¿cuál sería? La Sonata para violín y piano en La mayor, de César Franck.

¿Cuál suena en bucle en su cabeza? La Marcha de San Lorenzo y Para no verte más, de La mosca tsé-tsé.

¿En qué museo se quedaría a vivir? Acamparía bajo el Bodegón con limones, de Zurbarán, en la Academia de Bellas Artes de San Fernando en Madrid y alternaría con una estancia con los Ángeles Arcabuceros de Casabindo y Urquía, cerca de la Quebrada de Humahuaca, en Jujuy.

¿Qué suceso histórico admira más? El juicio a las Juntas Militares argentinas (1985).

¿Qué encargo no aceptaría jamás? Ya hice casi todo.

¿Qué está socialmente sobrevalorado? Hay tantas franjas de públicos y gustos que depende de cómo se estudie lo “sobrevalorado”. La cuestión es estudiar antes de diagnosticar.

¿A quién le daría el premio Cervantes? No importa demasiado.

De no ser filóloga y escritora le habría gustado ser... Botánica.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_