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María Folguera: “Las secciones de comentarios en prensa deberían pasar a llamarse ‘Desprecios”

En su ensayo ‘La prisa y la espera’, la escritora se adentra en el misterio del proceso creativo

LAURENT LEGER ADAME

Dejar la oficina, los cafés de máquina, los emails. Y dedicarse a escribir. Bajo esa premisa construye María Folguera (Madrid, 1984) su ensayo La prisa y la espera (Siruela), donde se adentra en el misterio del proceso creativo, con sus oportunidades y su capacidad para generar una nueva forma de temporalidad.

En su ensayo reflexiona sobre el proceso creativo en un paréntesis del trabajo de oficina. ¿Qué lecciones se lleva de vuelta para el despacho? Para mí, de momento, no es un paréntesis. De momento es un cambio de vida, y no sé cuánto durará esta etapa ni adónde me llevará. Siempre me he dedicado a la narrativa y al teatro, pero también a convocar y organizar, así que nunca renegaré de mi faceta de gestora cultural.

Si la inspiración no llega cuando se la requiere, ¿de qué modos podemos invocarla? Lydia Davis tiene varios consejos muy útiles, al menos para mí. Salir a la calle, tomar nota de las conversaciones ajenas para practicar el oído, explorar etimologías, o simplemente fregar los platos y dejar que la mente repose las ideas mientras tanto.

¿Qué libro la convirtió en lectora? Los libros de Roser Capdevila, de Adela Turín o Elena Fortún, y las bellas ilustraciones que acompañaban los textos.

¿Y en escritora? Quizá los poemas de Gloria Fuertes despertaron el placer de la sonoridad, el juego con las palabras. En la adolescencia me impresionaron A sangre fría, de Capote, Cumbres borrascosas, de Emily Brontë, y El tiempo de las cerezas, de Montserrat Roig.

¿Cuál es la mejor crítica que ha recibido? Que, en el maremágnum de contenido en el que estamos, alguien te diga que recuerda tu libro con amor, es la mejor crítica.

¿Y la peor? Los comentarios al final de cualquier artículo en prensa. Creo que todas las secciones de comentarios deberían pasar a llamarse directamente “Desprecios”, porque es lo que principalmente se hace allí.

¿Qué libro tiene ahora mismo en su mesilla de noche? Se vive y se traduce, de Laura Wittner; me lo ha prestado Sabina Urraca.

¿Uno que no lograra terminar? Mi año de descanso y relajación, de Ottessa Moshfegh.

¿Cuál es la librería más bonita del mundo? Yo entro a todas las que me encuentro y todas me parecen hermosas.

¿Qué canción usaría como autorretrato? Con los ojos en paz, Cecilia.

¿Cuál suena en bucle en su cabeza? Cualquier tema de salsa de Nathy Peluso.

¿La película que más veces ha visto? Con faldas y a lo loco, de Wilder.

¿Un estreno reciente que le encantara? On the go, de Julia de Castro y Maria Gisèle Royo.

¿Cuál fue la última serie que vio del tirón? The Studio, de Seth Rogen.

¿En qué museo se quedaría a vivir? Pienso a menudo en la exposición de Isabel Quintanilla en el Thyssen. Cuando me quedo un rato tranquila mi memoria vuelve allí.

¿Tiene algún placer culpable en materia cultural? Siempre que pillo un ¡Hola! por ahí miro el reportaje de las primeras páginas, en el que salen casas de lujo. Nunca compro la revista, no puedo con su línea editorial. Pero si está a mano, me asomo a las cabañas suizas, los palacios toscanos y las mansiones de Miami.

¿Qué trabajo no aceptaría jamás? Los canguros y las avestruces me resultan muy inquietantes. Pero supongo que podría llegar a apreciarlos si hubiese que trabajar cerca de ellos.

¿Cuál es su acontecimiento histórico favorito? El momento en que alguien en el Paleolítico cogió un huevo de ave, se le cayó sobre una piedra caliente y descubrió que aquello estaba delicioso. Y además se podía mojar en la yema.

¿Qué está socialmente sobrevalorado? El ajetreo, el intento de llegar a todo con la agenda repleta. Lo dice una persona que vive para ello.

De no haberse dedicado a la escritura, le habría gustado ser… Acróbata en cama elástica. Pero es muy duro, creo que al primer golpe me daría cuenta de que es solo una fantasía.

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