Natalia Moreno: “Sobrevaloramos el vestir de beis y no molestar en las cenas”
La cineasta zaragozana presenta su novela de debut, ‘Madonna no nació en Wisconsin’, un viaje a la infancia de los ochenta

Con su primera película como directora, Ara Malikian: una vida entre las cuerdas, Natalia Moreno (Zaragoza, 1979) ganó el Premio Goya al mejor documental. Ahora, la también productora y dramaturga presenta su novela de debut, Madonna no nació en Wisconsin (Galaxia Gutenberg), donde propone un viaje al pasado de la infancia para retomar el rumbo del presente.
En Madonna no nació en Wisconsin regresa a los años ochenta. ¿Se quedaría a vivir allí? No, solo me quedaría en sus aromas, en la cocina de mi abuela, en su música. Los ochenta eran muy libres pero creo que ahora hemos ganado espacio y derechos. Había mucho cuerpo y menos conciencia. Mucho rock, mucho deseo, pero también bastante violencia normalizada. Prefiero usarlos como material, no como refugio.
En su novela la memoria juega un papel fundamental. ¿Qué nos queda si la perdemos? Nos queda el cuerpo. Puedes olvidar un verano, pero no la forma en que te temblaron las manos la primera vez que besaste a alguien. Eso no se borra igual. La memoria miente más que el cuerpo. El cuerpo es el mapa de todos nuestros pasos.
Usted llega del mundo del cine. ¿Qué se puede contar en un libro que no quepa en una película? Los guiones son relojes muy precisos, la novela es vuelo y paladeo de la propia palabra. La contradicción sin resolver por ejemplo, en cine todo tiene que avanzar. En un libro puedes quedarte en un pensamiento incómodo durante páginas. Puedes no saber, puedes no salir. Eso en cine es casi un fallo de ritmo. La palabra es poderosísima.
¿Qué libro la convirtió en lectora? El guardián entre el centeno. No tanto por la historia, sino porque entendí que se podía escribir desde un lugar incómodo y aun así ser verídico. No te tranquiliza. No ordena el mundo. No domestica lo que está sintiendo.
¿Y en escritora? Todos los libros han sido escuela, todos. Pero Sylvia Plath es una de mis grandes. La precisión con la que se expone. Ahí entendí que escribir para mí no iba a ser adornar, sino afilar el cuchillo. Iba a tener que ver con entrar en mi propio incendio.
¿Cuál es la mejor crítica que ha recibido? Que mi voz incomoda. Si no incomoda un poco, probablemente no está diciendo nada.
¿Y la peor? Que el libro es “demasiado honesto” u “oscuro”. Suele significar que alguien se ha reconocido o que vivimos en la era de las redes, el fake y el merengue. Creo que es una novela luminosa, llena de humor, y sí, clara con algunos temas que escuecen.
¿Qué libro tiene ahora mismo en su mesilla de noche? El año del pensamiento mágico, de Joan Didion. Me interesa cómo escribe desde el control, la ilusión del control cuando todo se ha roto. Ella no dramatiza el dolor, lo disecciona. Intenta ordenar lo irreparable y me fascina lo que ahí aparece.
¿Uno que no lograra terminar? Soy terca, soy aragonesa, pero el Ulises me ha ganado varias veces. Joyce no te lleva de la mano, te suelta dentro de su cabeza. Con esta maravilla no puedes leer en automático, hay que reaprender a leer, estoy en ello...
¿Cuál es la librería más bonita del mundo? Shakespeare and Company en París está muy bien, pero ahora que me paseo por muchas, me interesan las librerías pequeñas, donde el librero se deja la piel en su pasión y su amor a la literatura. Los libreros son los héroes del escritor novel, sin ellos sería muy difícil salir de las modas, de lo súper publicitado o de lo mainstream. Yo tengo mi librería de cabecera, Amapolas en octubre.
¿Qué canción usaría como autorretrato? Space Oddity, de David Bowie. Alguien que se desconecta sin hacer ruido como la protagonista de mi novela. Mis universos hablan de silencios que albergan un mundo. Esa sensación de despertarte una mañana y preguntarte... ¿pero cómo carajo he llegado aquí? Ahí empieza la crisis, con el despertar, y eso me chifla.
¿Cuál suena en bucle en su cabeza? Depende del momento, pero últimamente algo de Nick Cave. Tiene algo de liturgia y de peligro que me interesa. También como está el mundo, Gracias a la vida, de Mercedes Sosa, grandes afortunados somos los de este lado.
¿La película que más veces ha visto? Paris, Texas. Por cómo sostiene el silencio sin miedo, al antihéroe que llega tarde a su propia vida. Es un western casi de Shakespeare, de Wim Wenders y escrita por Sam Shepard. Amén.
¿Y la que más veces ha recomendado? La vida es bella. Imposible no llorarla el millón de veces que la he visto.
¿Un estreno reciente que le encantara? Me gustan las películas que no intentan gustar a todo el mundo, aunque eso las deje fuera de conversación. Este año me quedo con Sorda, Maspalomas, Los Domingos...
¿Cuál fue la última serie que vio del tirón? Las que construyen atmósfera antes que trama. Normal People, por ejemplo, por cómo trabaja el deseo sin explicarlo demasiado. Es torpe, es íntima, es real.
¿En qué museo se instalaría una temporada? En el Prado, delante de Velázquez. Porque parece que no pasa nada, y está pasando todo. En Goya, esa pasión, esas pinturas negras...
¿Tiene algún placer culpable en materia cultural? No creo en el placer culpable en ninguna materia del mundo. El placer importa.
¿Qué trabajo no aceptaría jamás? Uno donde tenga que suavizar lo que veo para que encaje. Siempre me acaban echando de esos sitios donde hay careteo.
¿Cuál es su acontecimiento histórico favorito? Ese momento en el que lo imposible muestra la grandeza humana. De niña pensaba: “La llegada a la luna”. Hoy soy menos efectista, el pueblo ayudando en La Dana.
¿Qué está socialmente sobrevalorado? La estabilidad como objetivo vital. El romanticismo hueco. Los logros como identidad. A veces son solo otra forma de miedo. Me encanta lo honesto de la contradicción, pero claro, somos tan de juzgar, de poner etiquetas, que sobrevaloramos el vestir de beis y no molestar en las cenas...
De no haberse dedicado al cine y la escritura, le habría gustado ser… Algo que me permitiera seguir observando sin intervenir demasiado. Aunque creo que al final siempre habría acabado escribiendo o mirando por mi cámara. Soy una cotilla empedernida.
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