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Crítica Literaria
Crítica

‘La Antídoto’, érase una vez en la misteriosa tierra de Uz

Karen Russell vuelve 14 años después con una reescritura poderosamente evocadora y salvaje de ‘El mago de Oz’, que abandona el soñador camino de baldosas amarillas

Una pareja reasentada en Nebraska, fotografiada en 1936 por Arthur Rothstein para la Administración de Seguridad Agrícola (FSA), gracias a las políticas del ‘New Deal’ de Franklin D. Roosevelt.Universal History Archive / Getty Images

El año 2012, Karen Russell (Miami, 44 años) quedó finalista del Pulitzer a mejor obra de ficción con una primera novela, Swamplandia! —traducida aquí como Tierra de caimanes (Tusquets)—, que seguía las peripecias de una familia, los Bigtree, propietarios de un parque de atracciones, en la que la atracción principal son los caimanes —y llamado, sí, Tierra de caimanes— y en la que ellos hacían las veces de domadores de ellos. Con tan atractiva premisa, Russell se sumergía —y sumergía al lector— en la historia de una familia y, a su vez, en la de unos Estados Unidos que a los personajes de John Steinbeck, los pioneros desastradamente maltratados de Las uvas de la ira, o a los de William Faulkner —­más sofisticados y tormentosos—, incluso a los de una Carson McCullers que hubiese viajado al futuro para insertarse en una novela de John Irving, no les resultaría en absoluto ajena. Una novela no de realismo mágico, sino cotidiana fantasía, de un realismo encantado y a la vez maldito, de ilusiones balzaquianamente perdidas.

Luego, durante años, durante 14 años, permaneció en silencio, novelísticamente hablando. Publicó tres libros de cuentos y una nouvelle, y nunca, mientras lo hacía, ha contado, dejó de poblar el peculiar mundo de Uz. Es decir, el mundo en el que se desarrolla esta, su segunda novela, suerte de reescritura de El maravilloso mago de Oz (1900), de L. Frank Baum, la primera novela infantil ambientada en Estados Unidos. Porque su inventado Uz, población de Nebraska repleta de Cámaras Acorazadas —esto es, brujas que atesoran recuerdos, que liberan a los ciudadanos de aquello que prefieren no llevar consigo, el pasado que pesa—, no es el Oz de Baum, aunque, como aquel, ha sufrido no tanto un tornado devastador como una colección de tormentas de polvo igualmente devastadoras. El periodo histórico es real, pues entre 1930 y 1939, las Grandes Llanuras de Estados Unidos sufrieron una sequía tremenda, y muchas de esas tormentas de polvo complicaron las cosas durante la Gran Depresión.

Todo en La Antídoto —la novela lleva, por cierto, el nombre de la bruja protagonista, una bruja de la pradera, una de esas Cámaras Acorazadas— es sutil y, sobre todo, apasionante —Russell tiene el don de la narración imaginativa, una dosis considerable de la inocencia invencible de la que hablaba John Barth—, en esta disección de un país, Estados Unidos, que parece no haber abandonado jamás su condición de salvaje. Ni entonces ni ahora: el pasado —en la historia— es un reflejo del presente, y es un pasado, no olvidemos, que está decidiendo olvidar —los personajes acuden a esas brujas de la pradera a depositar recuerdos, que los liberan de aquello que han hecho—. El ambiente es el ambiente de un far west esmeraldiano —sí, hay guiños directos a la Ciudad Esmeralda de Oz—, pero uno en el que la fantasía está sujeta a un capitalismo descuidadamente feroz que ni siquiera respeta el don sobrenatural —tener poderes no te saca de la pobreza— de aquellos que pueden escapar a él, porque no hay nada fuera de él.

Ambiciosa y certera, cruel y soñadora, enigmática, Russell cambia de narrador a cada rato, y hasta se pone en manos de un espantapájaros, claro

Ambiciosa y certera, cruel y soñadora, enigmática —no se pierdan a la fotógrafa y a su cámara hechizada, Allfrey, decidida a quedarse en Uz para “documentar un suceso inexplicable”, y tampoco a Asphodel, la jugadora de baloncesto adolescente que perdió a su madre a manos de un asesino en serie que sigue vivo pese a haber pasado por la silla eléctrica, y que va a convertirse en aprendiz de bruja—, Russell y su imparable y mutante prosa —la novela cambia de forma, y de narrador, a cada rato, y hasta se pone en manos de un espantapájaros, claro— reflexionan sobre la memoria y la culpa, y lo que ocurre cuando una y otra se cruzan, en una fábula que inventa un nuevo gótico americano, aquel en el que la ficción también forma parte de la realidad.

La Antídoto

Karen Russell 
Traducción de Rubén Martín Giráldez
Sexto Piso, 2026
562 páginas. 26,90 euros

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