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Crítica Teatral
Crítica

La contemporaneidad visionaria de ‘El jardín de los cerezos’

Chéjov nos habla a día de hoy en este montaje de Juan Carlos Pérez de la Fuente, en el que abundan las buenas decisiones plásticas y de puesta en escena

Escena de 'El jardín de los cerezos'. de Antón Chéjov.LUIS CUEVAS (teatro Fernán Gómez)

Antón Chéjov fue médico rural en la Rusia zarista, como podría haber sido bombero punta de lanza. Salvó a campesinos empobrecidos, tomó con mano compasiva el pulso de los moribundos, quemó su salud sirviendo al prójimo y amó a la naturaleza como a sí mismo. De su visión integrativa del cuerpo social dan fe una miríada de cuentos certeros, pero es en su teatro donde las ilusiones malogradas y la sed de afecto de la Humanidad afloran con una certidumbre conmovedora. En castellano firme, El jardín de los cerezos debiera titularse El cerezal, La cereceda o, mejor aún, El guindal, pues las guindas del vergel en torno al que gira esta ficción, una vez almibaradas, se venden para coronar tartas de cumpleaños. Imposible imaginarlas en una tarta de bodas, porque en las tragedias risueñas de Chéjov los amores nunca cuajan.

El montaje de Juan Carlos Pérez de la Fuente estrenado en el Teatro Fernán Gómez da una continuidad digna a la saga de escenificaciones españolas de esta obra. Recuerdo la de José Carlos Plaza junto a William Layton (1986) y la de Lluís Pasqual del 2000, en el Lliure de Gracia, donde los actores interpelaban al público en derredor. El montaje checo de Otomar Krejka (1991), fue también memorable.

En pocas ocasiones el escenario del Fernán Gómez se ha utilizado con tanto provecho y tan en profundidad como en esta. El primer acto transcurre en el cuarto de juegos de la casa de Liuba Andreyevna, desparramado a lo ancho de los 22 metros que abarca la embocadura del teatro. En el segundo acto, la escena, repentinamente vacía, abrasada por una luz cálida, nos sitúa en el escenario de una novela de Le Clèzio o en un drama africano de Koltés, para evidenciar la universalidad del relato. El jardín de los cerezos habla del final de una era y del inicio de otra, tiempo de interregno durante el cual se anuncia la centralidad que ocuparán la codicia y la especulación a lo largo del siglo XX. Durante dos horas y media breves, Lopajin, un descendiente de siervos aburguesado, observa con frío cálculo el hundimiento de la antigua clase patricia, representada por Liuba, sus dos hijas y su hermano.

Para contar la deriva de estos pobres ricos y la emergencia imparable de Lopajin, Peréz de la Fuente utiliza el espacio escénico desde la corbata hasta la chácena, orquestando movimientos envolventes y una diagonal profunda que preludia el viaje sin retorno de la familia todavía propietaria del guindal. En este conflicto entre clases, del que es testigo impertérrito Firs (el anciano Tío Tom sin cabaña de esta comedia atmosférica), el público representa el cerezal: los espectadores nos hemos caído cada uno de un guindo y, como no nos espabilemos, los cárteles comerciales, la especulación financiera de alta frecuencia, la burbuja de los precios de casi todo y la acción inescrupulosa de los Lopajin de turno nos arrollarán, nos advierten Chéjov y su director.

Es difícil dar el tono de estos rusos vitalistas y melancólicos, tanto como puedan serlo muchos andaluces. Helena Ezquerro, Carmen Conesa, Noelia Marló y Cristina Marcos lo dan con justeza. En su papel de pelma, Juanma Cifuentes hace unos malabares brillantes lanzando al aire verdad y artificio a la vez, que es tan arriesgado como hacerlos lanzando mazas y pelotas. Al filo del cuarto acto, cuando Lopajin más galopa, Chema León se hace con sus riendas. En suma, sin alterar el texto, este Jardín... recién florido señala desde el ayer atinadamente el origen de los males de hoy.

El jardín de los cerezos 

Texto: Chéjov. Versión: Ignacio García May. Dirección: Juan Carlos Pérez de la Fuente.  

Teatro Fernán Gómez. Madrid. Hasta el 12 de abril.


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