Para Esther Ferrer, el viaje es el destino de la creación
El arte de acción y conceptual de la donostiarra desborda las salas del Museo Casa de la Moneda de Madrid en una muestra que pone de relieve el papel del proceso en su trabajo


¿Adónde va a parar una performance cuando termina? En 2009, Esther Ferrer (San Sebastián, 1937) enterró una suya en el cementerio de obras de arte de Morille, en Salamanca, y allí, entre matojos y encinas, yace para la eternidad bajo una lápida con su nombre: Performance a varias velocidades (versión original). París, 1987-Salamanca, 2009. La dinámica de aquella acción era sencilla pero radical, una idea afilada, autorreferencial, atravesada por el minimalismo y cargada de capas, santo y seña de la autora: después de correr sobre el terreno, se sentaba en una silla a recitar palabras. A medida que repetía los movimientos, el ritmo de la carrera se atenuaba y aumentaba el volumen de la declamación, hasta acabar hablando por un megáfono.
Tras haberla realizado en diferentes épocas y contextos, al finalizarla aquel 1 de agosto la donostiarra agarró la silla, el megáfono y las instrucciones de la composición, lo guardó todo en una caja y atravesó la tapa con un clavo, que acabarían de remachar los miembros del público presente en aquel campo donde también descansan las cenizas del artista y filósofo Pierre Klossowski o unos manuscritos de Fernando Arrabal. Los años no habían pasado en balde ni por la artista ni por su obra: con una capacidad de movimientos mermada, Ferrer decidió poner ahí punto final a una propuesta que, a falta de ímpetu físico, no daría el resultado esperado.

Como en aquella pieza, la marcha del tiempo representa uno de los elementos fundacionales de la creación emparentada con lo conceptual, empapada del espíritu de Fluxus, de Esther Ferrer, en la que el arte de acción, tanto como miembro del grupo Zaj entre los sesenta y los noventa como en solitario, juega un papel central, pero que también se construye a base de objetos, fotografías y otros formatos varios. El proceso como obra y la obra como testimonio fugaz. Dan fe series como Autorretrato en el tiempo, 1981-2024, decenas de autorretratos en blanco y negro de la autora tomados a lo largo de los años y desplegados bien en sucesión cronológica o enfrentando dos mitades del rostro de Ferrer fotografiadas en diferentes momentos; lo mismo que performances como Acciones corporales (1975-2013), donde la creadora, desnuda, va midiéndose distintas partes de un mismo cuerpo cambiante.
La dimensión simbólica del tiempo y su representación material se repite como leitmotiv en la producción de Ferrer, siempre en tensión con su fuerza opuesta e interconectada, el espacio. A partir de su propio cuerpo como soporte preferido, aunque también en obra sobre papel o por medio de objetos, Ferrer pone en juego la dualidad de conceptos como el rigor y el absurdo, la geometría y el poema, la palabra y la acción, la estructura y el azar, apretándolos fuerte el uno contra el otro para hendir grietas que acaban por deshacer las junturas de significante y significado, una iluminación que sirve de faro para la exposición Pliegue y proceso, en el Museo Casa de la Moneda de Madrid.

La muestra, comisariada por Beatriz Martínez Hijazo, acompaña a la concesión a Ferrer del Premio Tomás Francisco Prieto 2024 de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre-Real Casa de la Moneda y ofrece una panorámica temática de su trayectoria con trabajos desde 1970 hasta la actualidad, tres de ellos inéditos. Apropiadamente, abre el recorrido (o lo cierra, puesto que la disposición de las salas es circular) uno de sus Eurorretratos, imagen ya icónica de la premio Nacional de 2008 y Velázquez de 2014, donde la artista vomita un torrente de monedas de euro, que además no es su único proyecto de inspiración numismática: se exhiben también obras como La otra caída, un mapa de España pintado en la pared y cubierto de dinero que cae dentro de una taza en el suelo producido para la decisiva exposición de arte conceptual Fuera de formato, de 1983, que se perdió y se recrea aquí por primera vez.
A partir de vídeos, fotografías y otra documentación como las “partituras” que recogen las instrucciones de cada acción, performances como Las cosas, donde la artista se coloca objetos cotidianos de distintos tamaños en equilibrio sobre la cabeza; o Se hace camino al andar, en la que deja tras de sí la huella de sus propios pasos en forma de cinta, van revelando esos pliegues a los que alude el título de la exposición: intersticios por donde las certezas se cuelan para que puedan respirar las dudas. Pero, sobre todo, lo que alumbra esta muestra es la naturaleza generativa del proceso en el enfoque de Ferrer: como un mantra, a partir de la repetición de conceptos y acciones (nótese, en cada partitura, el retorno pertinaz de la frase “Todas las variaciones son válidas, incluida esta”, que dio nombre a su retrospectiva de 2017 en el Reina Sofía), la artista conjura una suerte de encantamiento sobre lo inmaterial, solidificándolo en una idea tangible anclada en el aquí y el ahora.

Lo etéreo y lo infinito se hacen carne en series gráficas como Poema de los números primos, donde, inspirada por la literatura matemática del grupo experimental francés OuLiPo, Ferrer se sustenta en las fronteras de esos números solo divisibles por sí mismos o por uno para dar forma, a partir de los límites que estos imponen, a composiciones visuales cargadas de lírica, una de ellas concebida expresamente para la ocasión a modo de vinilo extendido sobre el suelo a la entrada de las salas. En otra de sus series, Pi, los decimales interminables de la constante van desplegándose a través de lienzos divididos en rejillas donde se disponen los números. Con un color asociado a cada número, el resultado se traduce en representaciones geométricas de formas mutantes, donde la aséptica matemática se empapa de la expresividad de la plástica.
Radicada en París desde 1973, Ferrer despunta como temprana militante del feminismo, activismo que atraviesa su trabajo pero que trasluce especialmente en piezas como La caída (1979-1981), presentada originalmente con el grupo Zaj junto a La otra caída en Fuera de formato. En estas fotografías de su vello púbico, la artista introduce recortes de sus ojos, una hoja, notas musicales… para interrogarnos sobre sexo, género, naturaleza, deseo o arte. A esta propuesta remite la medalla conmemorativa que la artista ha diseñado con motivo de la concesión del Premio Tomás Francisco Prieto: un grabado de un ojo, el suyo, que observa a través de unas manos colocadas en forma de triángulo, como una vulva que todo lo ve, en cuyo reverso se lee: “Mirando hacia un futuro en el que el feminismo ya no será necesario”. Y es que ahí, también, van a parar las ideas del arte: a la construcción de la memoria y la conciencia colectiva.
Pliegue y proceso. Esther Ferrer. Museo Casa de la Moneda. Madrid. Hasta el 12 de abril.
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