Dolor, contradicción y exceso: tus hijos están leyendo a Fiódor M. Dostoievski
La vigencia literaria, política y espiritual del escritor ruso atrapa a nuevas generaciones de lectores, más allá del fenómeno de `Noches blancas’ en Tiktok o los centenares de memes en Instagram

“No sé cómo alguien es capaz de escribir después de haber leído esto”. En la presentación de su último libro en Barcelona, Angélica Liddell agarra el ejemplar viejo de Los hermanos Karamázov que traía bajo el brazo y lo alza para que todo el auditorio pueda verlo bien. Tal vez poseída por el espíritu de su autor, la dramaturga asegura que cada mañana se levanta muy pronto para estudiarlo, y que lo único que consigue hacer ante tal despliegue de genialidad, de crueldad y de sabiduría es arrodillarse, someterse a la escritura ajena, lamer el polvo del suelo por y para Fiódor M. Dostoievski.
Justo en el momento en el que Liddell alarga la lengua hacia afuera, dejándola a escasos milímetros de la cubierta ensangrentada de Cátedra, en la otra punta de la península un joven poeta es expulsado de la biblioteca pública de su pueblo porque ha perdido el ejemplar de El idiota que le tocaba devolver. “Tú sí que eres idiota”, dice la bibliotecaria cuando él, cabizbajo, intenta pedir perdón, asegurando que comprará otro ejemplar del libro, una edición mejor, en tapa dura si hace falta, y que lo repondrá con el sudor de la frente de su precaria existencia.
Al mismo tiempo, en un barrio gentrificado de Madrid, un grupo de lectoras brinda con vino blanco en los bajos de una librería independiente. Han quedado para leer juntas El doble, porque la reedición de Alba les pareció muy bonita, pero también porque una de ellas se enteró, gracias a un tuit de la traductora Gudrun Palomino, de que ese fue uno de los libros sobre los que Sylvia Plath escribió su tesis en 1955: El espejo mágico. Un estudio del doble en dos novelas de Dostoievski.
Lo que diga Plath, ya saben, va a misa.
Quizá por eso Dostoievski: Filosofía, novela y experiencia religiosa, de Luigi Pareyson, publicado por el sello católico Ediciones Encuentro, sea el ensayo que guarda en el bolsillo del abrigo ese catecúmeno de 33 años, que ahora fuma en la puerta de una céntrica iglesia de Burgos, antes de pasar a la formación. “¿A mí y a cuántos más?”, se pregunta a sí mismo, mientras contempla el humo que sube, “a mí y a cuántos más nos habrá convertido el ruso?”.
¿Es su vida excepcional lo que se cuela, casi sin permiso, en las entrañas de quienes lo leen?
O será porque leer a Dostoievski nos acribilla a preguntas sobre la fe, sobre el odio, sobre la resistencia, sobre la pobreza, sobre la fealdad de nuestras almas, sobre el absurdo del afecto, o sobre las esperanzas rotas, que en ese preciso instante en el que el cigarrillo consumido cae a la entrada del templo burgalés, en la cafetería de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada dos estudiantes se comen la boca en mitad de un debate sobre si fue Nietzsche el que influyó a Dosto, o si acaso fue Dostoievski el que, con Memorias del subsuelo, metió el último tallo de paja en la cabeza al filósofo antes de volverse del todo majareta. “¡Que se lo he leído a Ricardo Piglia en Formas breves, socio! ¡Que, después de descubrir a Dostoievski en una librería francesa, Nietzsche se infectó de una especie de bovarismo extremo!”, grita la novia, con la boca húmeda.
Otra pareja, en otra ciudad, a la misma hora, está decidiendo por WhatsApp lo que verán en la tele después de cenar: “He encontrado una adaptación de Noches bancas en Filmin, creo que es de Visconti, ¿no era esa la novela que recomendó el youtuber estoico que tanto te gusta?”.
Sin salir de las redes sociales, una actriz de veintipocos años, con más de 200.000 seguidores entre sus distintos canales, acaba de publicar un vídeo en Tiktok que ha tardado una eternidad en grabar, porque resumir las 639 páginas de Crimen y castigo en un minuto no era tan fácil como creía: “¿Raskólnikov es bueno o es malo? Si te parece bueno, háztelo mirar”.
Además, la crítica literaria Mathilde Cotton ha subido un post a su cuenta de Instagram con una foto de las preciosísimas portadas nuevas de los libros breves de Dostoievski que Actes Sud acaba de lanzar en Francia: “¿Qué ha pasado para que lectores muy jóvenes vuelvan a conectar con el ruso?”, escribe Cotton, para sorpresa de nadie.
Porque ya nos va entrando en la cabeza que ese escritor está en todas partes, como por ejemplo en los titulares que la prensa cultural británica viene escupiendo desde 2024: “¿Cómo se ha convertido Dosto en la nueva sensación en redes?”; y que ahora mismo, en este plano secuencia infinito, se confirma: “¿Por qué Noches blancas vendió más de 100.000 ejemplares en Reino Unido el año pasado?”.
A raíz de estos titulares, de este revuelo, de esta aparente moda pasajera, Miqui Otero escribió una columna en la que auguró, mediante una cariñosa carta abierta al mismísimo Dosto, que “no muchos” de los que hablaban de Noches blancas en TikTok o Instagram se atreverían dentro de un mes con las 1.400 páginas de Los hermanos Karamázov.
Por suerte, Otero se equivocaba. Sí, se equivocaba.

Aguanten la respiración: porque mientras Liddell saca la lengua para embabar su libro de Cátedra; un joven poeta o un catecúmeno tardío, ya no me acuerdo, reza para sus adentros la reseña de Humillados y ofendidos que escribirá en Goodreads antes de acostarse. Y mientras una doctoranda en Letras por la Universidad de Salamanca subraya barbaridades misóginas de la biografía Dostoievski, mi marido, de Ana G. Dostoievskaia, editado por Espinas, para meter con calzador su cachito de género ahora que le toca sustituir a un profesor macho; en otro club de lectura de Nuez de Ebro dos amigas se ríen por el análisis que una tercera acaba de hacer a propósito del gen proto-incélico del enamorado de Nastenka, basándose a su vez en algo que ella leyó hace años en Mentira romántica y verdad novelesca, de René Girard: “No existe en Dostoievski amor sin celos, amistad sin envidia, atracción sin repulsión”. Y mientras en un club deportivo de Sanlúcar, un joven cambia su foto de perfil de Tinder por otra en la que puede leerse con más claridad el mensaje à la Karamázov que luce en su camiseta: “No odiéis a los ateos, a los maestros del mal, a los materialistas; no odiéis ni a los peores de ellos, pues muchos son buenos, sobre todo en vuestra época”; en la cola de un supermercado de Plasencia, una activista pone like a un post en X, en el que los escritores Omar Hamad e Ibrahim Massri piden ayuda económica para abrir la primera biblioteca de Gaza tras el genocidio mediante una imagen de un Crimen y castigo hecho jirones, recuperado de los escombros tras los bombardeos. Y también mientras un comercial de Makro en periodo de pruebas vuelve a casa deprimido, escuchando a todo trapo en el coche el audiolibro de El mito de Sísifo, la oda que Albert Camus dedicó a Kirílov: “Todos los personajes de Dostoievski se interrogan sobre el sentido de la vida. Son modernos en eso: no temen al ridículo”; en el chat de Telegram de clase, una estudiante de psicología comparte Manual de supervivencia para la Russian Era de tu pareja, un artículo que Samantha Soria Chavarría publicó en Substack —“Dostoievski, Tolstói, Turguénev. Él los menciona como si fueran exnovias que le cambiaron la vida”— y al instante otra compañera le responde con una vídeo-reseña de la youtuber Essentia Libris, o quizá con un podcast de Punzadas, o quizá con un comentario de Goodreads de @etoilesinde, o quizá con un hilo de Marta Rebón, como dando a entender al resto de alumnas que leer al ruso no es necesariamente una red flag.
Banderas aparte, y aunque ya imaginamos que a muchos les gustaría saber el motivo exacto de la proliferación de lecturas dostoievskianas en nuestro país y más específicamente en nuestras pantallas —para comprobar si el fenómeno británico es, o no, extrapolable a estas tierras; o para ver cuánta tajada seguiremos sacando a costa de un condenado a muerte— podríamos alargar este relato, imaginando que a la misma hora en la que sucedía todo aquello, antes de cerrar la jornada desde una oficina barcelonesa, la editora júnior Vera Melitón introduce el nombre del ruso en GfK y echa cuentas: en 2025, alrededor de 20.000 ejemplares de Noches blancas se han despachado entre ediciones de bolsillo o ilustradas, publicadas en grandes grupos o sellos independientes. “Nada mal”, susurra Melitón, con los ojos como dólares. La pregunta que le asalta inmediatamente, sin embargo, no es “por qué ahora”. Ni siquiera “por qué su literatura vuelve hoy”. Lo que ella desea saber es qué tiene Fiódor M. Dostoievski para que nunca se haya ido.
Acribilla a preguntas sobre la fe y el odio, la resistencia, la pobreza, las esperanzas rotas…
Con tal de averiguarlo, primero estudia su carta astral, y luego se pone seria. Melitón lee de una sentada El universo de Dostoievski, una amble biografía de Tamara Djermanovic, donde todas las curiosidades sobre la familia, los amoríos, las adicciones o la religiosidad del autor escorpiano se estructuran por capítulos titulados como cada una de sus grandes obras. Lo que aquí se aprende, certifica aquello que Emil Cioran había señalado en Ejercicios de admiración: “Que su destino precede a su vida”.
Entonces, se pregunta Melitón, ¿es su excepcional biografía lo que atrapa a viejos y nuevos lectores alrededor del mundo, o es su excepcional obra lo que se cuela, casi sin permiso, en las entrañas vulnerables de quienes lo leen?
A Stefan Zweig, por ejemplo, le resultaba “difícil y de mucha responsabilidad hablar dignamente” de Dostoievski, “y de su importancia para nuestro mundo interior”. En Tres maestros, Zweig reconoce que su mente siempre pierde la esperanza de “penetrar” el mundo que él despliega: “Su magia es demasiado extraña al primer encuentro; su pensamiento, demasiado velado por las tinieblas del infinito; su mensaje, demasiado enigmático para que el alma pueda mirar directamente este cielo como contempla el propio”.
Y luego remata: “Dostoievski no es nada si no lo vivimos desde dentro. Ante todo, en lo más profundo de nuestras almas”.
Pero es que hay más.
Ya hace un siglo largo, durante la conferencia La revolución y la novela rusa, pronunciada en Madrid en 1887, Emilia Pardo Bazán se refirió a Dostoyeuski —así lo pronunciaba ella entonces— como al Dante ruso. Dijo que era un entusiasta místico, un visionario poseído por la fiebre, la sinrazón y “la enfermiza intensidad psicológica de los cerebros cultivados de su tierra”. Y para una España que todavía estaba pendiente de leerlo, Pardo Bazán lanzó una brutal advertencia: “Que no le lean las gentes de alma sensible, de blanda organización, enemigas de las escenas de horror, ni menos los enamorados del clasicismo en cuanto serenidad, armonía y luz.
Con él entramos en una estética nueva, donde lo horrible es bello, lo desesperado consuela, lo innoble raya en sublime; donde las rameras enseñan el Evangelio, los hombres van a la regeneración por el camino del crimen, el presidio es escuela de compasión y elemento poético el grillete. Mal que nos cuadre hemos de admirar a un novelista cuya lectura parece excitación sistemática al asesinato o pesadilla de noches de calentura”. Wow. “Contundente, nuestra Emilia”, piensa Melitón, todavía atada al escritorio del despacho. “Será que, en tiempos de búsqueda desesperada de la fe, lo que consuela no es tanto la luz como la narración exasperante de nuestras contradicciones”, se dice. Sin haber hallado una respuesta a su pregunta, la editora intuye que si la obra de Dostoievski gusta hoy y gusta siempre es porque habita ese tiempo detenido desde el que los relatos sostienen el dolor y las pasiones de los siglos; porque su asco interpela, sin cortes, todos los presentes. “Qué estúpido sería preguntarse por qué Cervantes hoy, por qué Safo ahora, por qué Kafka o por qué Woolf en este día”, sentencia.
Y al final, justo cuando Vera Melitón logra abandonar su puesto de trabajo en una oficina de Barcelona, en otro punto menos cálido y más ruidoso de la ciudad es mi cuerpo el que se arrodilla y se arrastra por el suelo polvoriento de la incomprensión, es mi lengua la que se alarga buscando subrayar con saliva la página de ese ensayo en el que René Girard dijo que si a Dostoievski se le considera inigualable no es porque sea genial sino por la miseria incrementada de sus personajes. Como ocurre con todo lo que nos importa, con todo lo que volvemos heroico, con todo lo que consumimos excesivamente dentro y fuera de nuestras pantallas: “Se le glorifica por lo mismo que, todavía ayer, lo convertía en sospechoso”. No sé cómo alguien es capaz venerar a otro escritor después de haber leído todo esto, pienso ahora, abatida, tan cansada de escribir este cuento.
“¿Pero se puede amar verdaderamente a Dostoievski?”, había preguntado mucho antes que yo la filósofa Julia Kristeva en uno de los mejores ensayos que he leído sobre el ruso. Creo que ya tengo la respuesta: ¡se debe!
Lecturas
Noches blancas, de F. M. Dostoievski. Traducción de Marta Sánchez-Nieves. Nórdica, 2025. 120 páginas, 22,50 euros.
Los hermanos Karamázov, de F. M. Dostoievski. Traducción de Fernando Otero Macías. Alba, 2013. 1.008 páginas, 42 euros.
Dostoievski, mi marido, de Ana G. Dostoievskaia. Traducción de Cecilia Manzoni. Espinas, 2021. 304 páginas, 16 euros.
El universo de Dostoievski, de Tamara Djermanovic. Acantilado, 2021. 272 páginas, 14 euros.
Mentira romántica y verdad novelesca, de René Girard. Traducción de Joaquín Jordá. Anagrama, 2023. 286 páginas, 13,90 euros.
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