‘Distancia de fuga’, de Cristina Araújo: las indecisiones del corazón
La escritora se confirma como una narradora singularísima con su segunda novela, una historia de amor construida sobre el fondo de las ansiedades de la fama


Intimidades diseccionadas compasivamente, toxicidades que empeoran y desbarrancan, exploraciones armadas en un puzle intrigante pero transparente y una voz de narradora singularísima: tiene la distancia de estilo que identificaba a esa impactante primera novela que fue Mira a esa chica, aunque aquí hay algo más, un requiebro de libertad o una forma de la expansión donde late la ironía, una leve gasa de parodia de sí misma y sus decisiones de autora, como si sintiese la tentación de comentar lo que cuenta sin asomo de los modos del XIX narrativo —impertinente, sermoneador, ejemplarizante— pero sí con ganas de comparecer para subrayar a veces el dolor del azar, a veces el capricho de la tontería, a veces la insensatez de la conducta de personajes que amasan sus pequeñas o grandes tragedias durante unos cuantos años de cruces y descruces vitales.
Ignoro si Cristina Araújo ha leído a Sally Rooney pero hay algo de sintonía narrativa con esas investigaciones inmersivas en los pliegues íntimos, las indecisiones, los errores garrafales y la impotencia, la impotencia de ser de otro modo, saberlo y no saber salir del enredo. Es una novela de dos, Theo y Frances, Frances y Theo, rodeados de algunos más que a veces tienen su propio peso y muy en particular el hermano de ella y la madre y la incursión que propicia en la eutanasia como liberación, o incluso en el “suicidio asistido”, que no es exactamente lo mismo. Pero manda sobre todo el sondeo en ellos dos y sus desencuentros y reencuentros mientras uno estudia sus cosas humanísticas, tontea con una tesis doctoral, descarta otra y afina una vocación literaria que parece posible al final o incluso ya consumada (¿otra autoironía con el género cambiado?) y la otra, ella, la deslumbrante Frances, se consagra como estrella de una serie de éxito mundial sin saber escapar a sus ansiedades ni a su egoísmo ni a sus impulsos de protección humana, humanísima, en brazos de algunos hombres mayores, demasiado mayores, o demasiado indecisos, o inseguros, o tan lúcidos e indecisos e inseguros como el propio Theo: “Lo que Theo quería —es más, lo que Theo anhelaba— era el arrebato triunfal, el desbordamiento, el cliché (…). Porque Theo, este Theo que conocemos, que no era dado a consultas irreflexivas, apreciaba íntimamente también todo concepto de lo infinito, todo lo que fuese sobredimensionado y poético y exaltado y un desvarío, y que leía en los libros, y a lo que nunca daba salida porque le bastaba con restringirlo a la circunspección de su mente”.
Si dijese crudamente que ella es mala, Theo saltaría con razón como un resorte, o se agitaría, o discutiría concienzudamente que no, que ella no sabe que es mala, que está perdida, que el éxito no puede digerirse ni nadie puede hacerlo, que sus nervios en forma de arañazos en los nudillos, de autolesiones paliativas o compensatorias, que sus adicciones químicas y alcohólicas, sus huidas y sus esquinazos y sus intentos de reforma no son culpa de ella. ¿Quién mide la distancia de fuga de esta novela? ¿Qué es una distancia de fuga cuando la fuga es lo condena a uno mismo pero no huir, no fugarse, es otra forma de condena a la espera, al amor insatisfecho, a la plena conciencia de la pérdida?
Las realidades emocionales que le gustan a Cristina Araújo son indeterminadas y nebulosas, son zonas grises de indecisión y a la vez de intuitiva seguridad, son como atmósferas sentimentales con gravedad moral que se llenan de sentido un momento y lo pierden en el momento siguiente, quizá porque la misma estructura de la novela propicia un incesante cambio de plano temporal que confunde y a la vez ilumina la maduración de muchachos que terminan sus carreras y se abren a la treintena sin grandes convicciones.
El lector con prisas puede despresurizarse en algún momento del desarrollo laberíntico, pero si sucede es porque alguna cosa en su experiencia le ha impedido conectar con la morosidad del desvalimiento de personajes con pocas certidumbres, con ansiedades y vivencias casi siempre expectantes, buscadoras y frustrantes. Yo confieso haber vivido como entre paréntesis mientras leía, con la confianza ganada y la demorada curiosidad por ver evolucionar a ese muchacho con poca resolución, algo de ironía y fantasías de escritor en ciernes y a esa mujer triunfal, egoísta y desgraciada incapaz de salir de un laberinto del que apenas ha podido controlar nada real (o casi, porque la realización de un documental sobre su madre y la eutanasia llevan dentro una forma de redención quizá efectiva). Yo me los he creído, me he quedado ahí metido, entre los murmullos de sus conciencias y los apuntes distanciadores de una narradora singularísima.

Distancia de fuga
Tusquets, 2026
496 páginas, 22,90 euros
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