La codicia, nuestra idiotez y la inteligencia artificial: ‘El imperio de la IA. Sam Altman y su carrera por dominar el mundo’
“Otra IA es posible” podría ser la síntesis de un explosivo ensayo periodístico sobre Sam Altman y la intrahistoria de OpenAI


Casi todos los nombres propios de los gigantes tecnológicos —Elon Musk, Sam Altman, Mark Zuckerberg, etc.— son significantes vacíos hasta que los llenamos con información fiable y emiten entonces algo parecido a una fisonomía moral creíble. Este libro explora sobre todo la catadura psicopática y mesiánica de Sam Altman (sus héroes íntimos son la película Her y… Napoleón) y su evolución empresarial. La información privilegiada que maneja Karen Hao va desde documentos confidenciales destinados al consumo interno de Open AI —la empresa impulsora de ChatGPT— hasta infinitas entrevistas e emails intercambiados por Elon Musk —copresidente germinal de la empresa— con el propio Altman y altos directivos y trabajadores. No suele coincidir, si coincide alguna vez, la versión pública de sus intenciones idealistas y fraternas con lo que dice esa documentación reservada y confidencial sobre sus prácticas empresariales. No es extraña esa distancia pero aquí la diferencia es tan sideral que obliga a la autora a sintetizar su tesis en que en Altman alienta un proyecto de centralización imperial a través de la IA.
Sabían perfectamente en la empresa que si las fuentes de entrenamiento de los distintos chats que condujeron a ChatGPT se abría a cualquiera de los repositorios y almacenes de mala calidad de Internet, el sistema ofrecería respuestas, comentarios y sesgos flagrantes con toda seguridad, pero no importaba, o importaba poco. El criterio central de OpenAI era el crecimiento escalado con el objetivo de ser el primero en salir al mercado, estuviese o no controlado el nivel de peligrosidad del sistema, preservada la privacidad, asegurados los derechos de autor (que se saltan olímpicamente). El departamento de Seguridad podía advertir una y otra vez de la falsedad o vulneración de derechos de propiedad de los materiales usados pero nadie hacía demasiado caso porque el criterio del turbocapitalismo prevalece por encima de cualquier otro y sin que nadie pueda intervenir para frenarlo: es la ley de Silicon Valley, correr, crecer, romper.
Contra la retórica sobre la presunta ley interna de transparencia, en realidad todo es opaco: el acuerdo de financiación de Open AI con Microsoft gestionado personalmente por Sam Altman desde 2018 significaba una inyección de mil millones de dólares bajo la garantía de sextuplicar los beneficios pero con un pequeño, irrelevante e insignificante coste: ocultar la información veraz sobre el modo de entrenamiento del sistema. En palabras de Hao, un artículo de investigación que incomodó profundamente a Google señalaba “hasta qué punto la industria tecnológica se encaminaba sonámbula hacia un mundo de daños potenciales”. Solo potenciales porque aún no se había lanzado, tan prematura como irresponsablemente, ChatGPT. Ah, el artículo se titulaba Sobre los peligros de los loros estocásticos.
Para que ChatGPT sea tan servicial y obsequioso como es, pese a alimentarse de todo tipo de materiales salvajes en la red, alguien, alguien, alguien tiene que filtrar esas fuentes manualmente, imagen a imagen de violación, decapitación, brutalidad: ¿quién podría hacerlo francamente bien? Los negros pobres de Kenia o los desesperados habitantes de Venezuela (con la crisis salvaje de hiperinflación de 2018, el 75% de los trabajadores de las plataformas de anotación de datos eran venezolanos…): ellos son los que hicieron y siguen haciendo el trabajo sucio, y sucio es poco. Es la industria subterránea e invisible, muy desconocida, de la anotación de datos, el etiquetado de imágenes y grabaciones, por ejemplo, para la conducción de coches autónomos (o para que no te ensucie la pantalla del móvil una procacidad visual o textual regurgitada por ChatGPT). Súper guay: “Buscar a trabajadores en crisis podría ser una forma infalible de seguir reduciendo los costes de la mano de obra que es el alma de la industria de la IA”. La base de la IA no es artificial sino pedestremente humana y miserablemente pobre. En 2024, la última ronda de capital riesgo para financiar la empresa alcanzó la cifra más alta de la historia, 6.600 millones de dólares. Su valoración se elevó hasta 157.000 millones.
La descripción material y detallada de las condiciones de trabajo de esos equipos de decenas de miles de personas solo tiene una palabra en español moderno: esclavitud, esclavitud tecnocolonial, aunque una de las empresas intermediarias lo llama “optimización e innovación”. Este capítulo 9 es especialmente estremecedor —el reportaje originario fue portada en el periódico donde escribe Karen Hao, The Wall Street Journal— pero hay más, entre ellos el análisis de la personalidad manipuladora y cínica de Altman, las acusaciones graves de su hermana pequeña de abusos sexuales o, quizá lo mejor, el seguimiento de la guerra civil interna en OpenAI entre quienes creyeron de veras en un proyecto de investigación sobre inteligencia artificial teóricamente sin afán de lucro y quienes estaban dispuestos a exprimir económicamente al máximo y sin escrúpulos la creación de un simulacro de inteligencia: ChatGPT. Como suelen decir en el gremio —y le gusta repetir a Marta Peirano—, OpenAI es la empresa de IA más cerrada del mercado.

El imperio de la IA. Sam Altman y su carrera por dominar el mundo
Traducción de Jorge Paredes
Península, 2025
688 páginas, 23,90 euros
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