‘Brooklyn, una novela criminal’, memorias de un barrio venido a más
Jonathan Lethem culmina una de sus mejores novelas con esta crónica de la transformación de su distrito natal durante la segunda mitad del sigo XX

Mago de los géneros, no en vano su obra se ha distinguido siempre por saber disfrazarlos predisponiendo a su lector a tratar de reconocerlos, el autor de Huérfanos de Brooklyn (1999) regresa ahora a su barrio natal, ese Brooklyn ahora chic y artístico que antes fue el depauperado escenario de La fortaleza de la soledad (2003) y que comparte con Paul Auster y su Brooklyn Follies, con Cyndi Lauper, Jonathan Safran Foer, Spike Lee o Dave Eggers, y al que jamás parece haber sido capaz de renunciar. Sirviéndose en más de un sentido de la irónica nostalgia de la juventud con la que otro hijo de Brooklyn, el maestro Bernard Malamud, iluminó Las vidas de Dubin, Jonathan Lethem juega en Brooklyn, una novela criminal a reconstruir su infancia en el barrio neoyorquino, convertido en un paisaje con muchacho, Lethem himself, poblado de niños que crecen en el asfalto entre el trapicheo y el ruido de fondo de voces, registros lingüísticos y músicas dispares de unas calles dispuestas para el combate racial y social y para toda suerte de ritos iniciáticos, educaciones sentimentales, héroes de medio pelo, muestras efervescentes de un zeitgeist verdaderamente seductor y, como dejó escrito Henry Miller en Primavera negra, el conflicto perpetuo que vivir en la calle trae consigo.
Y a pesar de que al final se nos asegura que se pretendía que “esta investigación fuese pura, desprovista del rezumar de la nostalgia”, la añoranza de la edad de la inocencia impregna, así es, las páginas de esta novela autobiográfica, que no dice serlo pese a que muy pronto se adivina que el autor disfruta fabulando su juventud en Boerum Hill entre picaresca, películas de Charles Bronson en el cine Rex —el cine y el cóctel pulp & cult asomándose siempre a su narrativa, en La fortaleza de la soledad ya homenajeaba a Kubrick, Woody Allen y Mel Brooks, y El lobo estepario de Hesse compartía línea con un mostrador de Häagen-Dazs—, béisbol en la azotea y galletas saladas, un mordisco a la manzana del deseo incipiente y una pelota Spalding frente a una pared de grafitis, tributos a sus idolatrados Raymond Chandler y La guerra de las galaxias, a Stalislav Lem y a Kurt Vonnegut, escenas realistas del vecindario que parecen espigadas de Llámalo sueño de Henry Roth, ese otro gran cartógrafo sentimental de Nueva York, o de Mystic River de Eastwood, imágenes narradas de un tiempo arduo pero feliz que conformó el carácter del narrador autorreferencial de esta historia y la fisonomía de un barrio que la gentrificación (“¿estaba la palabra cubierta de vergüenza desde el principio?”), demonizada aquí y que no es sino el crimen que en realidad investiga esta novela criminal, ha convertido ahora en la tierra prometida de cuantos esnobs y adinerados pueden pagar sus alquileres: “Nada volverá a ser como era nunca más”.
Porque la novela también es una biografía no autorizada (pero sin duda tan elegiaca como documentada) del barrio de Brooklyn durante la segunda mitad del siglo XX, un barrio entero que Lethem trata como una habitación propia y en torno al cual ha querido escribir una crónica social revestida de necesidad personal, de apremio por recordar su liberadora adolescencia y reivindicar a un tiempo el lugar de origen sin la menor tentación de edulcorarlo con el lujo de las sensiblerías que la posmodernidad militante de Lethem no puede permitirse.
Y lo mejor de todo es que estas memorias ficticias de un chico de Brooklyn defraudado de mayor por el devenir de su barrio, contadas en primera persona “por uno de ellos, de los niños de Dean Street” que, desenvuelto como el Holden Caulfield de Salinger, se dirige al lector que apacigua su ansiedad por contarlo todo (“fijaos”, “quedaos con esa idea”), forman un recuerdo inventado a medias y dividido en 124 fragmentos en caleidoscópico contrapunto, un poco a la manera del Manhattan Transfer de Dos Passos o La vida instrucciones de uso de Perec, añicos de un espejo roto por el tiempo en el que debería reflejarse este maduro Lethem, que “a veces piensa que no es más que la acumulación de motes que le pusieron en la calle” de su barriada y que ha escrito con endiablada soltura una de sus mejores novelas.

Brooklyn, una novela criminal
Traducción de Rubén Martín Giráldez e Inga Pellisa Díaz
Random House, 2025
424 páginas. 23,65 euros
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