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Víctimas de las tormentas de fuego en la Patagonia: “Vivimos en estado de alerta”

En la provincia argentina de Chubut se quemaron 25.000 hectáreas de bosques y 47 viviendas este mes. Los expertos advierten sobre incendios cada vez más extremos, mientras se reducen los recursos estatales para combatirlos

El martes 6 de enero a las 14.30, Lino Rogel, de 44 años, estaba trabajando en el camping que administra sobre la orilla del lago Epuyén, en la Patagonia argentina, cuando vio una columna de humo en el camino que va hacia su casa, a poco más de un kilómetro de distancia. Tardó apenas unos minutos en llegar al lugar, pero igual ya no pudo hacer mucho. “Hacía calor, había mucho viento y el fuego se desparramó para todos lados, no pudimos salvar nada –cuenta–. Tuvimos que volver al lago para ponernos a resguardo”. Ya extinguidas las llamas, de la casa en la que vivía con su esposa y sus cuatro hijos encontró solo esto: las chapas del techo sobre el suelo todavía caliente.

Su casa estaba ubicada en la localidad de Puerto Patriada. Allí, a más de 1.600 kilómetros de Buenos Aires, fue el punto cero de un incendio que tardó nueve días en ser controlado y quemó 11.970 hectáreas de bosque y 47 viviendas a su paso, según estimaciones del gobierno de la provincia de Chubut. Sumado al igualmente violento incendio en el Parque Nacional Los Alerces (aproximadamente 100 kilómetros al sur) y otros focos más pequeños en la zona, las primeras estimaciones extraoficiales calculan alrededor de 25.000 hectáreas arrasadas por el fuego en lo que va del año, solamente en esa provincia patagónica.

“Los incendios en Patagonia existieron siempre, en el sedimento de los ríos y lagos hay carbón depositado de fuegos de hace miles de años, pero lo que estamos viendo en los últimos 20 años son incendios de una virulencia y explosividad mucho mayor y, sobre todo, un aumento de su frecuencia”, explica desde Bariloche Javier Grosfeld, investigador especializado en manejo y gestión de recursos naturales, que se desempleñó como subsecretario de Bosques de la provincia patagónica de Río Negro y fue director regional de Conservación de Parques Nacionales en Patagonia.

Son incendios distintos a los que conocíamos, sin un frente y una cola definidos desde los que atacarlos, que obligan a dividir recursos. Incendios con “tormentas de fuego” que transforman la atmósfera local con nubes compuestas de ceniza, aire caliente e incluso brasas que vuelan encendiendo un sinnúmero de focos secundarios. Incendios que aparecen cada vez más en las zonas donde se mezclan el paisaje rural y urbano, y ya no solo bosque adentro.

De acuerdo con Grosfeld, la primera vez que se observó un incendio de este tipo fue en 2015, en el valle de Cholila, también en Chubut, cuando un pirocúmulo desprendió partículas incandescentes hacia un valle contiguo y lo prendió fuego también. “A partir de entonces, cada uno o dos años tenemos un evento de este tipo o más de uno. El año pasado tuvimos cinco simultáneos en la Patagonia norte, lo que lo vuelve algo imposible de combatir, tengas los recursos que tengas”, apunta.

Este fenómeno está explicado por diferentes factores, algunos de ellos vinculados con el cambio climático, como las sequías que vuelven a la vegetación más propensa a quemarse y el aumento de incendios por rayos, que deriva de una mayor frecuencia de tormentas eléctricas. Mariano Amoroso, del Instituto de Investigaciones en Recursos Naturales, Agroecología y Desarrollo Rural (IRAD), menciona también la acumulación de mucho “combustible” vegetal en los bosques nativos y las características propias de la vegetación del lugar, que incluye especies foráneas como el pino –introducido en grandes plantaciones a partir de los años 70– que arde rápido y propaga el fuego.

Empeoran la situación los días de altas temperaturas, falta de humedad y vientos fuertes, que hacen muy difícil controlar las llamas una vez que se inician. También el mal uso del fuego que hacen las personas. En Argentina, hacer un asado junto a lagos o ríos es parte obligada de unas vacaciones en la naturaleza. Según datos oficiales de la provincia, en los últimos cinco años al menos 37 incendios fueron provocados en Chubut por un cigarrillo o una fogata mal apagados, que se sumaron a los 100 cuyo inicio fue considerado “intencional”.

Jesús Barría, de 65 años, no se preguntó por el origen del incendio cuando su vecino Eliberto Apablaza (53) cruzó el río Epuyén y lo despertó de la siesta para advertirle que el fuego estaba a pocos metros de su casa. “Yo no sabía si creerle o no porque a veces me hace chistes, pero era cierto. De mala gana me levanté y vi el humo. Ahora le doy gracias a Dios que me mandó a alguien que me despierte”, dice frente a lo que quedó de su casa, unas paredes tiznadas sin vidrios ni techo.

Barría alcanzó a escaparse en una moto que le prestó su vecino, que también perdió todo lo que tenía. Se salvaron solo sus perros, Indio y Pampa, que ató en la orilla del río antes de huir. “Perdí todo, pero no la fe y la esperanza; ya estoy construyendo con mis primos de nuevo mi casa. El municipio hasta hoy no me trajo ni un kilo de clavos”, dice, con una sonrisa luminosa que desentona con el entorno de escombros y árboles quemados.

Las primeras donaciones que ambos recibieron las gestionaron Alan Schewer y Sofía Nemenmann, una pareja de la zona que, como muchos otros vecinos, por estos días dedican gran parte de su energía a atar cabos entre personas que quieren ayudar y personas que necesitan la ayuda. La recurrencia de estos incendios ha hecho que la propia comunidad tome mayor protagonismo y se organice para combatirlos en brigadas voluntarias, con sus propios kits de motobombas, mangas y mangueras. “Vivimos siempre en estado alerta”, dice Schewer.

“Fortalece un montón saber que estos pueblos son resilientes y comunitarios, que han sabido organizarse. Pero es demasiado que nosotros mismos tengamos que enfrentar el fuego de esta manera”, suma Mariano Montini (42), que hace más de una década se mudó junto a su pareja desde Haedo, en el conurbano de Buenos Aires, a El Pedregoso, uno de los parajes arrasados. Ahí crecieron sus dos hijos, hoy de 12 y 8 años. “Queríamos ofrecerles una manera de vivir más conectada con la naturaleza”, dice Rocío Mío (37), que dejó su casa cuando la evacuación ya era impostergable. Horas antes había sacado a sus hijos, a los visitantes de la residencia artística que construyeron en el lugar –Bosque Gracias–, a las mascotas y un par de objetos indispensables mientras humedecían el terreno con una motobomba.

“Vimos pasar aviones hidrantes, pero en nuestra zona no descargó ninguno. Cuando nos fuimos de la chacra, quedamos rodeados por cuatro fuegos diferentes que venían del norte, del oeste, del este y del sur y que nos tapaban la salida. Parecía Hiroshima, una nube de humo rojo y negro que no dejaba ver nada”. De las cuatro hectáreas de bosque, cinco casas y huerta que conformaban su hogar, solo quedaron algunos manchones de bosque vivo y el esqueleto de una construcción nueva, que estaba todavía vacía. “Ese va a ser el inicio –dice Mío–. Hay que levantar cinco casas de escombros”.

Recursos en caída

Los recursos estatales para prevención y combate del fuego son pocos y no acompañan la dinámica de un fenómeno que se vuelve cada vez más extremo. De acuerdo con datos oficiales procesados por la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), a pesar de que 2024 fue el año con la mayor cantidad de focos de incendios registrados de al menos los últimos ocho años, el presupuesto del Servicio Nacional de Manejo del Fuego (SNMF) cayó 81% respecto del año previo, en el marco de una política general del Gobierno de Javier Milei de reducción de gastos destinados a temas ambientales. Tras la amplia repercusión de los incendios ocurridos a comienzos de 2025, el SNMF presentó un leve aumento real de la partida ese año, del 8,5%, pero volvió a desplomarse luego: el presupuesto oficial de 2026 proyecta una caída real del 68,9% respecto de 2023.

“En nuestro monitoreo detectamos además que los gastos que suelen ejecutarse en esta partida son siempre de manera reactiva, no hay prevención. Una vez que se generan los incendios y tienen repercusión, recién ahí se empiezan a ejecutar los fondos”, apunta Matías Cena Trebucq, economista e investigador de FARN. Este enfoque se vio profundizado por un cambio administrativo: en 2024 el Gobierno de Milei decidió traspasar el Servicio Nacional de Manejo del Fuego de la órbita de Ambiente al Ministerio de Seguridad nacional, más precisamente a la Secretaría de Lucha contra el Narcotráfico y la Criminalidad Organizada.

El gobernador de la provincia de Chubut, Ignacio Torres, asegura a EL PAÍS que la provincia puso todos sus recursos a disposición del combate de fuego, con 650 brigadistas, ocho medios aéreos en los puntos más críticos y maquinaria pesada. “La prevención es ahorro en definitiva, porque el costo fiscal y el desgaste que genera un incendio de este tipo es altísimo”, señala.

Es un fenómeno nuevo, apenas un pestañeo en los tiempos de la naturaleza, y tanto las autoridades como la comunidad están empezando a darse cuenta de que tienen que prepararse para estos incendios, procurar al menos condiciones que hagan las casas más “defendibles”. Los expertos advierten que esto se puede lograr, entre otras cosas, despejando las áreas de las viviendas, limpiando banquinas en los caminos, reduciendo el combustible vegetal del bosque y reemplazando especies foráneas por nativas en donde las hay. “Después del incendio no se trata solo de volver a plantar”, apunta Grosfeld, “sino de extraer determinadas plantas. Tenemos que restaurar, pero pensando en el próximo incendio”.

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