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Pablo Maurette, escritor: “Nos gusta creer que los políticos son corruptos, pero no vienen de Saturno”

El argentino ganador del Premio Herralde de Novela cree que está extendido el “pensamiento mágico” de que si podemos identificar el momento en el que empieza el declive de un país, o de una relación, “quizás lo podemos revertir”

Pablo Maurette

Pablo Maurette (Buenos Aires, 46 años) es un escritor anfibio, acostumbrado a habitar distintos mundos y a contrabandear entre ellos. La Argentina en la que se crió y la Europa hacia la que partió hace dos décadas “con hambre de mundo”. La actualidad y la época premoderna, plagada de “creencias en la magia, en la brujería, en los castigos de ultratumba”. Como ensayista exploró el cuerpo en El sentido olvidado (2015) y La carne viva (2018) y desde ese trampolín saltó a la ficción con La migración (2020), el policial La niña de oro (2024) y El contrabando ejemplar (2025) ganador del Premio Herralde de Novela.

El libro premiado es un atrapante frankenstein creado con retazos de Maurette, de seres cercanos, literarios, canciones, películas, cuadros, lecturas históricas, científicas y hallazgos arqueológicos que se remontan hasta una Buenos Aires que aún no tenía ese nombre. Es también una carrera de relevos narrativa, en la que un personaje recoge lo que otro escribió y cuenta su vida, con relatos que se complementan, se contraponen, van para atrás y vuelven, hasta crear la sensación de que todos los tiempos y espacios pueden apilarse y entrar en esta novela matrioska. A diferencia de Sherezade, los narradores no buscan mantenerse un día más con vida, sino que juegan a contestar una pregunta quimérica: ¿cuándo se jodió la Argentina?

La novela está dedicada a sus padres, narradores de esos primeros cuentos que considera claves para la vocación literaria. “Son cuentos que son difíciles de recordar porque somos muy chicos, pero la intensidad con la que el niño vive el cuento que le cuentan, cómo se compenetra y no está leyendo aún, no está viendo nada, todo es imaginación, ahí está el germen de la literatura”, asegura.

Profesor de literatura comparada en la Florida State University y a cargo de la biblioteca de la Fundación Santa Maddalena —“en el campo, a una hora de Florencia”, por un camino en el que, cuenta, una vez vio lobos—, Maurette vive entre Italia y Estados Unidos, pero regresa a Buenos Aires a menudo a ver a familia y amigos. Esta entrevista con EL PAÍS se realiza en un bar del barrio de Palermo, a finales de diciembre, al que llega puntual. Luce pelo corto, bigote y camisa de manga corta que deja entrever un tatuaje en su brazo izquierdo.

Pregunta. Lo han intentado sin éxito historiadores y economistas. ¿Puede la literatura dar una respuesta a cuándo se jodió la Argentina?

Respuesta. Creo que la novela es un buen lugar para explorar la pregunta y por qué los personajes se la hacen. Se puede extender a muchas cuestiones, no solo al destino de un país, sino a cuándo se jodió mi propia vida o mi relación de pareja o mi relación con mis padres. Las personas, quizás por una cuestión de pensamiento mágico, tenemos fijación con identificar un momento en que empieza el declive, de creer que si lo identificamos, quizás lo podemos revertir.

P. Como hipótesis ficcional, el libro se remonta al siglo XVII, antes del nacimiento de Argentina. ¿Qué era el contrabando ejemplar y qué de esa sociedad caló hasta nuestros días?

R. El contrabando ejemplar fue un sistema de comercio ilegal que estructuró la economía de Buenos Aires durante casi 200 años, cuando formaba parte del Virreinato del Perú. La capital era Lima, con un puerto muy importante, el Callao, que tenía el monopolio. El puerto de Buenos Aires no podía comerciar, pero comerciaba. Jamás me animaría a proponerlo como tesis histórica, pero es tentador pensar que durante la mitad de su historia, esta ciudad estuvo obligada a delinquir para subsistir y se forjaron vínculos institucionales, costumbres, que por ahí quedaron. Argentina tiene un enorme porcentaje de su economía en negro, es uno de los centros de lavado de dinero en América Latina y tiene corrupción enquistada, no solo en los gobiernos. A veces a los argentinos nos gusta creer que los políticos son los corruptos, pero no vienen de Saturno, se criaron en un caldo de cultivo que compartimos todos, de pequeñas infracciones diarias constantes.

P. En La niña de oro también aparece la corrupción. ¿Qué le interesa al llevarla a la novela?

R. Me interesa porque es un delito, es nociva para la salud económica y política de cualquier país, pero, por otro lado, es también un espacio de creatividad. Los márgenes de la ley, las zonas de frontera son interesantes. Un corrupto o un contrabandista se mueve en la ilegalidad, pero también puede ser buena persona, un antihéroe perfecto.

P. Ve el siglo XVII como el siglo de la “transición a la modernidad”, en los que la ciencia gana terreno a la magia y la religión. ¿Cree que hoy volvemos hacia atrás?

R. Lo que sí hay, clarísimo, es una revuelta contra la autoridad, de todo tipo. Es lo que pasa cuando hay redes sociales y todo el mundo tiene un micrófono. Aparecen los que disputan la autoridad a los médicos, a los políticos, a los profesores, a los intelectuales… Por un lado pensaría que está buena esa revuelta, pero muchas de las personas que son autoridades en algo lo son porque conocen muy bien el tema y entonces se trata también de una revuelta contra el conocimiento, que sí me parece alarmante.

P. El conocimiento se vuelve más esquivo con la difusión de noticias falsas y la dificultad creciente para saber qué es cierto y que no lo es. ¿El mundo actual es una competencia a la ficción?

R. Un poco. Siempre necesitamos un espacio de recreo. Por ahí la gente lee menos porque encuentra ese espacio de recreo más en las redes que en la literatura.

P. ¿Por qué la novela reivindica el plagio? ¿No tiene sentido la originalidad?

R. Creo que nunca tuvo sentido la idea de originalidad y por algo a los antiguos no les interesaba. La originalidad es un invento moderno que tiene que ver con la exaltación del individuo y con el surgimiento del negocio editorial y de los derechos de autor. La literatura es un gran acto de plagio, un flujo de palabras, conversaciones, imágenes, personajes, arcos narrativos que tienen miles de años y que fueron cambiando y pasando de boca en boca. Si hay algo que se pueda definir como originalidad quizás es el modo en el cual uno combina todas estas piezas.

P. ¿Cómo fue el armado de un puzzle complejo como el de El contrabando ejemplar?

R. Fueron apareciendo estos personajes, que no son tantos, pero son todos narradores, entonces hay una profusión de cuentos adentro de cuentos. Me gustaba que fueran muy personajes distintos, pero todos apasionados de la narración y del viaje. El viaje como condición de la narración, porque leer es una forma de viajar con la mente, con el alma.

P. Eduardo es verborrágico, ¿como buen porteño?

R. Es el clásico porteño conversador, ¿no?. A los porteños les encanta la sobremesa y quedarse hasta cualquier hora charlando. A veces ocho, diez horas, impensable en Italia y en Estados Unidos, ni hablar. Hay un manejo del tiempo distinto. Uno sacrifica empezar a dormir muy tarde, el cansancio, por disfrutar el momento de una buena conversación.

P. ¿Eso sigue siendo así hoy, cuando todo apunta a ser cada vez más hiperproductivos?

R. Hay gente que se queja que está desapareciendo, pero creo que sí. Hay un gran amor por la charla y por la intimidad y eso es más latinoamericano, el europeo es más reservado.

P. ¿Cuánto hay en el libro de su experiencia de haber viajado, vivido en distintos países y también de la experiencia colectiva de Argentina como un pueblo con grandes migraciones?

R. Fue algo muy orgánico. No hay un solo personaje que no sea emigrado, ya sea por elección o a la fuerza y en algún momento se discute la diferencia. El que no tuvo elección, se desgarra porque quiere volver; el que lo eligió también tiene que hacerse la pregunta todos los días: ¿por qué sigo acá?

P. En la novela se habla de las raíces indígenas y afro de los argentinos. ¿Por qué cree que se niegan, que persiste la idea de que los argentinos vienen de Europa?

R. En los últimos años hubo intentos de revertir esa imagen, pero sin duda el capítulo de la inmigración africana es muy poco conocido. En esos siglos del contrabando ejemplar, uno de los grandes negocios era el tráfico de esclavos. Muy pocos se quedaban en Buenos Aires, la mayoría se iba a Potosí, a trabajar en las minas, pero el lugar común es que Buenos Aires estuvo al margen del tráfico de esclavos en el Atlántico y no fue así.

P. ¿Por qué sus ficciones tienen como escenario principal Argentina?

R. La nostalgia de vuelta al nido la exorcizo mediante la escritura. Si uno lee para irse, en mi caso escribo para volver.

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Sobre la firma

Mar Centenera
Es corresponsal de EL PAÍS en Buenos Aires. Antes trabajó en la sección Internacional de Público, fue enviada especial en Afganistán y Filipinas, y corresponsal de la Agencia Efe en Yakarta y Buenos Aires. Es licenciada en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB).
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