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Cultura
Tribuna
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Defender la cultura

No es casual que aún hoy, en pleno siglo XXI, se sigan censurando libros en bibliotecas y escuelas de varias ciudades de los Estados Unidos

Universidad de Austin en Texas

En el mundo de los afanes y las urgencias pareciera que no existe un lugar seguro para la cultura. Cada vez que hay recortes presupuestales en las empresas lo primero que se sacrifica son los fondos destinados a las artes y la cultura y en muchos medios de comunicación estas secciones han ido desapareciendo o se han diluido bajo el rótulo de espectáculo y entretenimiento. Incluso en la política pública, donde los recursos ya son escasos, la cultura suele ser la primera sacrificada. No es extraño escuchar a candidatos conservadores o de extrema derecha proponer la eliminación de los ministerios de cultura. Esa es una postal de nuestro tiempo: la cultura no parece compatible con la velocidad y la hiperproductividad que hoy se exigen como códigos de estos días.

De mi infancia recuerdo con alegría la llegada de los periódicos del domingo con sus suplementos culturales. El Tiempo traía el tabloide de ‘Lecturas dominicales’ y El Espectador venía con el ‘Magazín’ de 24 páginas. Allí no solo se reseñaban novedades bibliográficas, artísticas o musicales, sino que, desde la crónica, el reportaje y la entrevista se proponían debates y discusiones en torno al lugar de la cultura en la conversación pública. Era una invitación a pensar más despacio. Sin embargo, el llamado “progreso” fue llegando con cierres de bibliotecas y librerías. Muchos teatros y cines de barrio terminaron convertidos en parqueaderos, almacenes gigantes o iglesias de garaje y con ellos fueron desapareciendo también suplementos, revistas y espacios de reflexión. Cada cierre dejó una sensación de orfandad colectiva, como si nos arrancaran algo que nos pertenece y forma parte de nuestro ADN emocional.

Y, sin embargo, es precisamente en momentos como los que vivimos cuando la cultura se vuelve urgente y necesaria. No tranquiliza pensar que su desplazamiento ocurre por simple indiferencia. En muchos gobiernos hay plena conciencia del poder que tiene la cultura para formar ciudadanías críticas. No es casual que aún hoy, en pleno siglo XXI, se sigan censurando libros en bibliotecas y escuelas de varias ciudades de los Estados Unidos. Bradbury, Huxley y Orwell lo advirtieron en clave de distopía: cuando los libros y las artes incomodan, el poder busca reducirlos o controlarlos, porque en ellos existe la posibilidad de interrogar sus narrativas y sus relatos oficiales.

La cultura nos permite reconocer un tejido social profundo que fortalece nuestra identidad y la cohesiona. Es el archivo de nuestros relatos y el resguardo de nuestras memorias. Nos concede un lugar verdadero y seguro en un mundo cada vez más ancho y ajeno. Gracias a ella podemos sostener diálogos intergeneracionales que nos devuelven a los primeros mitos y con ellos a la idea de un origen y un destino común. De igual forma, también afina el lenguaje que compartimos. Entre disensos y diferencias nos ayuda a conservar ciertos valores esenciales. Nos permite imaginar al otro, confrontar nuestras contradicciones, formular las preguntas incómodas que necesitamos para avanzar. En una época saturada de certezas y verdades definitivas, la duda sigue siendo una de las formas más genuinas de la libertad. Los países que relegan la cultura terminan perdiendo sus matices, memoria y sensibilidad.

Recuerdo que, en los diálogos de paz de La Habana, se habló primero de desescalar el lenguaje y luego fortalecer las bibliotecas públicas municipales como lugares de encuentro. La paz comienza cuando aprendemos a narrarnos de otra manera, cuando nos reconocemos en la diversidad y la diferencia. Qué necesario volver a las crónicas de Germán Castro Caycedo, a las novelas de Laura Restrepo y a los poemas de María Mercedes Carranza sobre la violencia. Es urgente releer Cóndores no entierran todos los días de Gustavo Álvarez Gardeazábal y Las mujeres en la guerra de Patricia Lara. El Bogotazo de Arturo Alape y El día del odio de Osorio Lizarazo deberían ser lecturas obligatorias para comprender el 9 de abril de 1948. Líbranos del bien de Alonso Sánchez Baute y Los ejércitos de Evelio Rosero tendrían que estar en todas las bibliotecas. La Siempreviva de Miguel Torres nos debe recordar, en escena, los horrores de la toma del Palacio de Justicia y las páginas, algunas novelas de Juan Gabriel Vásquez, Héctor Abad Faciolince y Ricardo Silva Romero, ser unas unos frescos de una época marcada por el signo de la muerte. Ya lo dijo Gabriel García Márquez en la inauguración de la Cátedra Colombia en 1996 cuando invitó a los militares asistentes a “enrolarlos en las huestes no siempre pacíficas de la literatura” con la frase “creo que las vidas de todos nosotros serían mejores si cada uno de ustedes llevara siempre un libro en su morral”. Así La vorágine y Cien años de soledad serían dos clásicos que enseñarían más sobre la paz que sobre la guerra a las futuras generaciones. En esos libros y autores mencionados está la conversación que aún no hemos terminado de darnos y leerlos o releerlos, es una forma de entendernos y reconocernos.

No dudo que la cultura y los libros amplifican la conversación pública. No solo porque reúnen literatura, cine, teatro, artes plásticas, memoria histórica, tradiciones, ciencia y saberes ancestrales, sino porque transforman el modo en que hablamos de nosotros mismos. Allí están los nudos de nuestra identidad, que hacemos y deshacemos una y otra vez y quizá por eso, más que nunca, necesitamos defenderla para no perder el derecho a contarnos y pensarnos. Defender la cultura es cuidar la casa grande donde cabemos todos para proteger la memoria, esa memoria que nos sostiene y nos define.

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