Las fiscalizadoras de los jardines de la Patagonia
Mientras año tras año se intensifican los incendios en el sur de Argentina y Chile, un grupo de mujeres mayores conserva la biodiversidad de Villa La Angostura

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“¡Hola, buen día! Venimos a fiscalizar el jardín. ¡Una mutisia! ¡Hermosa!”, dice asombrada Beatriz Martínez, una de las fiscalizadoras de los jardines de Villa La Angostura, en la provincia de Neuquén, en Argentina, al pie de la cordillera de los Andes. “Pese a que es una flor nativa, le cuesta salir. Es caprichosa”, añade.
Martínez, como todos la conocen, tiene 73 años, es jubilada y vive en esta localidad desde hace más de una década. Cada enero, ella y una decena de fiscalizadoras voluntarias —casi todas mujeres de más de 50 años— recogen información de más de un centenar de jardines para la evaluación final, en manos del vivero municipal. La iniciativa forma parte de la Fiesta Nacional de los Jardines, que se celebró del 14 al 16 de febrero, por las que se otorgan premios.

“Los que fiscalizamos amamos las plantas. Entonces, cuando ves tantas te enloquecés. Ves la dedicación de la gente en sus jardines: los colores, variedad, poniendo autóctonas para fomentar diversidad, mientras comparten conocimientos... Hay mucho amor en cada jardín”, resume.
Las fiscalizadoras otorgan puntajes según distintos criterios: impacto visual del jardín, uso responsable del agua, presencia de plantas nativas, reciclaje de residuos orgánicos y medidas para evitar colisiones de aves contra las ventanas. Si el mantenimiento y la belleza del jardín son fruto del esfuerzo propio suma puntos; pero si cuenta con jardinero, este trabajador también puede recibir un premio.
Un árbol único
“En mi jardín tengo de todo, es surtido. Este es un arrayán”, muestra orgulloso Héctor Huaquimilla Montt, quien participa por primera vez en el certamen. El arrayán es un árbol emblemático de esta zona de la Patagonia. Se caracteriza por el color canela o rojizo de su corteza y porque al tacto se siente frío. El único bosque de arrayanes del mundo que puede visitarse está dentro del parque nacional que lleva su nombre, próximo al centro de Villa La Angostura.
Mientras Huaquimilla Montt enumera la diversidad de plantas que tiene frente a su casa, Martinez y su compañera Mirta Cárdenas toman nota. “Esta es mi primera vez fiscalizando y me parece hermoso poder ver los jardines y valorar el esfuerzo de sus dueños. Algunos parecen casas de té”, describe Cárdenas.
La vecina Sandra Silva también tiene un arrayán en sus 20 metros de jardín y muchísimas otras plantas nativas, como la caña colihue o el ciprés. Incluso creó su propia huerta con lechugas enormes. “Para algunos mi jardín parecerá desordenado; para mí, es biodiversidad. Es mi pequeño oasis en medio del cemento”, cuenta.






Un clima particular
La Patagonia puede ser impredecible en términos climáticos. Y los lugareños aseguran que no hay dos temporadas iguales. Pero algo especial sucede en Villa La Angostura, que le permite ostentar el título del ‘jardín de la Patagonia’.
“Es el efecto de la selva valdiviana”, explica el geólogo Alfredo Franceschini, el único hombre que este año participa de la fiscalización de los jardines. Chile tiene mucha humedad que viene del océano Pacífico. Esa humedad, narra, choca con la cordillera y precipita en gran medida del lado chileno. “Solo una parte llega hasta acá, porque la cordillera es más baja en esta zona que en otros sitios. Estamos encajonados; por eso es muy particular”, detalla Franceschini.
Pero este ecosistema especial enfrenta amenazas crecientes como incendios forestales, erupciones volcánicas y un problema que preocupa a casi todos los vecinos: la escasez de agua.
“Hemos estado muchos días sin agua. Tener agua potable es fundamental para mantener los jardines, pero sobre todo para la gente”, asegura Ana María Landa, dueña de la tienda de cerámica La siesta arte, que participa del concurso en la categoría comercial.
Aunque Villa La Angostura está rodeada de lagos inmensos, como el Nahuel Huapi o el Correntoso, suele quedarse sin agua corriente, principalmente en verano, una situación que algunos vecinos atribuyen a la falta de obras.
Para mitigar la escasez, Laura Arriaga instaló un sistema para recolectar agua de lluvia y regar su jardín repleto de amancay, rosas y lirios. “Este es mi segundo año participando. Es una experiencia hermosa. El año que viene quiero fiscalizar”, apuesta.
La fuente de los jardines
Entre margaritas, copetes y chilcos, Eugenia Bermejo, trabajadora del vivero municipal, explica la importancia de plantar especies autóctonas. “Cuando llegan y preguntan qué plantar, siempre decimos lo mismo: el nativo se cuida solo”, enfatiza.
Una de las causas detrás de la rápida propagación de los incendios en el sur de Argentina y Chile es la presencia de pinos, especies no nativas y altamente inflamables, por lo que desde el vivero promueven su reemplazo.
Al frente del vivero está Estela López, nacida y criada en este rincón de la cordillera hace 55 años. Es otra apasionada de las plantas. Dice que lo trae en los genes por sus abuelos mapuches e inmigrantes alemanes. Cuenta que participa de alguna manera u otra en la Fiesta de los Jardines desde casi sus inicios, en la década de 1990. Hoy coordina la fiscalización de los jardines, y cuando falta alguien, ella sale a fiscalizar también. “Aprendo cosas distintas todos los años. Cada jardín tiene su propia impronta. He visto plantas que nunca en mi vida había visto”, describe.

Desde el vivero, explica, incentivan a que la gente aprenda a hacer sus propias plantas y reparten gratuitamente plantas nativas a todas las instituciones para que el pueblo “esté más lindo”. “Acá no hay jardines como en el resto del mundo. Porque cada uno hace con el espacio que tiene lo que puede y lo que nace de su corazón”, concluye.
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