El modelo que empobrece a los guardianes de tortugas en la Amazonia
Más de un millón de tortugas taricayas son criadas cada año en la Amazonia peruana. Una investigación encontró que el mercado ilegal continúa: esta es la tercera especie más intervenida por el servicio forestal nacional

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Es casi el mediodía y Samuel*, un indígena kukama de 55 años, ya debería estar recolectando tortugas en la Reserva Pacaya Samiria, una de las áreas protegidas más extensas y megadiversas de toda la Amazonia peruana.
Esta es la época más importante del año para personas como Samuel, trabajadores que cuidan y recogen las tortugas taricayas (Podocnemis unifilis) en la reserva al borde del río Marañón. Estas tortugas, con manchas amarillas en la cabecita, permanecen gran parte de sus vidas en el agua y salen solo para desovar en la vaciante natural del río. Son, también, una de las principales fuentes de sustento para las comunidades que viven en la zona.
Entre junio y octubre, Samuel y sus compañeros transportan los huevos y los vigilan hasta que comienzan a eclosionar. Como remuneración por su trabajo, se les permite vender de un 40% a un 60% de las crías de taricayas. Localmente, se venden huevos o carne por su alto índice nutricional. En el exterior, se exportan en grandes cantidades como mascotas o alimentos, mayormente a mercados asiáticos.
En los últimos 30 años, Perú ha presentado el manejo de la taricaya como un modelo de conservación que puede impulsar a las comunidades amazónicas y desincentivar el tráfico de fauna. Algunos excazadores ilegales de taricayas se han capacitado para formar grupos de manejo. Pero detrás de esa historia, las comunidades que cuidan los nidos enfrentan pagos inciertos, precios mínimos y otros impactos económicos. “Se está haciendo un trabajo bondadoso, pero ¿a costa de qué? A un sacrificio de la gente pobre”, dice Segundo Lomas, comunero de San Martín de Tipishca, un pueblo dentro de la reserva.
Al mismo tiempo, algunos criaderos privados con permisos para exportar taricayas legalmente tienen inconsistencias que podrían estar facilitando el tráfico ilegal de fauna. El caso más emblemático de esta modalidad es el de los Depredadores del oriente, una banda criminal en Perú que utilizaba un zoocriadero y documentos falsos para blanquear el origen ilegal de los animales que estaba exportando.

Esperando ingresos de un mercado saturado
Perú es el único país de la Amazonia que permite la comercialización de fauna silvestre viva, con la promesa de que esta sea de uso sostenible. La venta tiene dos modalidades reguladas por el Estado: una por medio de grupos de manejo como el de Samuel, organizaciones comunales que cuidan y comercializan flora o fauna de forma regulada, y otra a través de los zoocriaderos, empresas privadas de crianza y exportación.
La Comunidad Nativa Leoncio Prado, donde vive Samuel, es un pueblo kukama de 495 personas ubicado a lo largo del río Marañón, en Loreto. Su poblado comparte este río con el límite norte de la Reserva Natural Pacaya Samiria, la de uso sostenible más grande del Perú.
En 2024, se liberaron 582.315 crías de taricaya y se comercializaron 539.559. El Servicio Nacional de Áreas Naturales Protegidas por el Estado (Sernanp) y el Servicio Nacional Forestal y de Fauna Silvestre (Serfor) regulan distintos aspectos del cuidado y la comercialización de la especie.
Las taricayas desovan dos veces al año y ponen, en promedio, entre 35 y 45 huevos por nido. Gracias a la resistencia de estos, el programa se ha replicado exitosamente en otras zonas del país. Sin embargo, varios comuneros aseguraron que quienes la extraen han quedado a la merced de un mercado internacional cada vez más desigual.
Los grupos de manejo ganan en promedio 0,59 dólares por taricaya tras descontar gastos, y este monto se reparte entre ocho a 12 comuneros. En total, sus ingresos anuales rondan los S/12.000 (USD 3.450), por debajo del salario mínimo peruano anual. Mientras tanto, en el mercado internacional, una taricaya puede venderse por más de 245 dólares. Algunos comuneros afirman que no reciben pagos desde el año pasado y que sus compradores ya no les comprarán más porque el mercado está saturado.
La exportación de taricayas a través de los zoocriaderos también genera poca confianza. Siete proyectos de zoocriaderos presentados al Gobierno regional de Loreto y revisados para esta historia revelan el poco rigor en los documentos presentados por estas empresas. Algunos de los planes no especifican las cantidades iniciales de fauna que cuidarán o, en el caso de otros reptiles, afirman que podrán almacenarlas en tuppers de plástico.
Salvando la taricaya
Para una especie que fue muy escasa en los años 80 y 90, estas tortugas de aproximadamente 44 centímetros han tenido una relativa recuperación. La taricaya tiene un valor simbólico y ecológico enorme para las comunidades amazónicas. Es una especie emblemática de los ríos y cochas, asociada al equilibrio del ecosistema acuático.
La percepción local y la oficial es que la recuperación de las taricayas es evidente, pero los estudios son escasos por las dificultades para hacer censos.

Un reciente conteo de taricayas sugiere que el estado de conservación de la especie es de regular a buena, pero que esta varía por zona. Oficialmente, la Podocnemis unifilis está categorizada en el Apéndice II de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres (Cites), lo que exige que los países exportadores hagan estudios para asegurar que su comercio no afecte la especie.
Actualmente hay 40 grupos de manejo activos dedicados a preservar la taricaya en la reserva, un total de 365 familias, según el jefe de la Reserva Nacional Pacaya Samiria, Edson Del Águila Alván, del Sernanp. Todos los planes de manejo tienen una vigencia de cinco años.
En sus principios, la venta de crías de taricayas —también conocidas como “charitos”— creó una demanda importante y un incentivo claro para las empresas que comenzaron a ver en esa tortuga un mercado mundial.
“Era tanto el requerimiento de las empresas que compraban que había la oportunidad de los grupos de ponerle precio al producto, el precio justo”, recuerda Rosario del Águila Chávez, bióloga del Instituto del Bien Común. “Inclusive el comprador iba hasta la zona y recogía los recursos”. En ese momento, se pagaba hasta 2,96 dólares por cría.
Para muchas de estas familias, el éxito de la conservación ha generado una dependencia económica en torno a un recurso que hoy se exporta mucho menos. Según datos oficiales, la exportación de taricayas desde Perú ha ido cayendo en los últimos años. En 2019, se exportaron taricayas por un valor de casi 2,1 millones de dólares en valor FOB (el valor comercial de la mercancía). En 2024, esa cifra fue de poco más de 530.000 y, en lo que va de 2025, no se ha llegado a 400.000. Los principales destinos siguen siendo Hong Kong, China y Taiwán. En total, desde el 2019, Perú ha exportado más de 2,5 millones de ejemplares de taricayas.
Como otros en la zona, el grupo de Samuel contrata con la empresa MF Tropical Fish EIRL, de Milagros Ferreyra Ahuanari, una empresaria investigada por presunto lavado de dinero y que es una de las principales compradoras de taricayas en la Amazonia peruana. Samuel dijo que la empresa le debe a su grupo una deuda de alrededor de 2.070 dólares. La explicación de la empresa, según Samuel, es que ha tenido dificultades exportando el producto. Sin garantías de que les pagarán el año anterior, si este año tampoco logran vender las taricayas su deuda podría ascender a los 4.140.
“Estamos esperando que nos llegue el ingreso para pagar solamente la deuda”, dice Samuel. Milagros Ferreyra no respondió a las preguntas que se le enviaron sobre este tema.
Los zoocriaderos
El trabajo de criar taricayas en los zoocriaderos es muy diferente al de las comunidades. Según la ley peruana, cualquier empresa que quiera criar fauna silvestre debe presentar un plan de manejo ante el Gobierno regional. Sin embargo, muchos de estos documentos carecen de respaldo científico y no están obligados a detallar el origen de la primera generación de los animales que se reproducirá.
En expedientes revisados para esta historia, solo hay menciones sin detalles de que podrán ser adquiridos de otros zoocriaderos, centros de rescate o “del estado natural”. La bióloga Nancy Carlos Erazo, docente de la Universidad Científica del Sur, señala que esta información de respaldo es “vital”, porque determina cómo se cuidarán los especímenes.
“No es lo mismo capturar una hembra en una época determinada [de su vida]. Va a depender de su biología y para eso debe haber un sustento científico que hable de los tiempos de captura y el perfil de los individuos que vas a tener”, explica.

Uno de los planes de manejo pertenece a Lita Ferreyra Ahuanari, hermana de Milagros Ferreyra. Las empresas de estas hermanas concentraron el 53,3% de las exportaciones de fauna entre 2014 y 2023, enviando reptiles desde Loreto hacia Hong Kong, China, Taiwán y otros destinos.
Lita Ferreyra Ahuanari, como representante de Ferreyra Fishes & Turtles EIRL, recibió en mayo de 2023 la aprobación para ampliar su zoocriadero Fundo Gaviota. En este lugar, con un área declarada de 19.000 metros cuadrados, la empresa señaló que tendría un crecimiento anual de 40.000 tortugas taricayas.
El plan no incluye respaldo científico ni detalla los “centros de crías autorizados” de donde vendrán los ejemplares iniciales, pese a que sus empresas han comercializado fauna desde hace casi una década.
Una propuesta de un zoocriadero de Milagros tuvo problemas similares, que fueron advertidos en un informe de asesoramiento elaborado por el Ministerio del Ambiente. “La solicitud no detalla las zonas para la eventual colecta del medio silvestre”, señala el documento, donde también se precisa que no se ha podido analizar “las proyecciones poblacionales de manejo” debido a que no se tenía información de la especie y su “manejo ex situ” o en cautiverio.
La ausencia de rigor afecta a estos animales. Un análisis de las intervenciones por Serfor, desde el año 2009, encontró que esta tortuga es la tercera especie viva más traficada de Perú, con un total de 7.575 incautadas en ese periodo, por detrás del perico de ala amarilla (Brotogeris versicolurus) y ranas dentro del género Telmatobius, entre las que se encuentra la rana gigante del Titicaca. Ese total no incluye huevos ni partes de la tortuga.
Desigualdades e incertidumbres en la protección
A pesar del éxito del programa de repoblamiento de taricayas, algunos expertos han expresado dudas sobre el repoblamiento masivo y la liberación de taricayas en zonas donde no son endémicas. Existe poca evidencia para saber, por ejemplo, si la liberación estaría colmando el hábitat para la tortuga charapa.
Enrique Michaud, quien hasta mayo 2024 fue director de la Dirección de Gestión Sostenible de Fauna Silvestre del Serfor, dijo que, durante su mandato, los permisos de exportación de taricayas que se firmaban eran usualmente para cantidades voluminosas, sin ver un adecuado beneficio para las comunidades.
“La verdad es que me daba hasta pena firmar esos permisos Cites, que por cada permiso salían 20.000, 30.000 tortugas […] Y de cada uno de esos permisos, a la comunidad le llegaban 20 centavos de dólar por cada tortuga. Era ridículo, yo decía, ¿pero cómo le vas a estar pagando eso de verdad por un recurso tan valioso?”, dice.

El Sernanp dijo que está al tanto de estas preocupaciones en el mercado de venta de las taricayas. Citaron varias iniciativas comerciales, como la creación de empresas locales conformadas por grupos de manejo para impulsar la venta directa de la taricaya y sus derivados. También aseguran estar buscando alternativas de otros recursos naturales que se puedan aprovechar para diversificar las actividades económicas.
Samuel, de Leoncio Prado, dice que varios comuneros que antes se dedicaban a la extracción de taricayas en su comunidad han migrado a las ciudades amazónicas como Nauta o Iquitos porque no pueden sostenerse económicamente. Dice estar preocupado porque la función de los trabajadores es también vigilar y proteger a las taricayas. “A veces no entramos dos o tres días y la gente [los cazadores ilegales] ya está ahí… nomás debe saber que no estamos”, explica Samuel.
Por su parte, Michaud, el exfuncionario de Serfor, narra que, en el negocio de las taricayas, ocurre algo similar a lo que sucede con la fibra de alpaca o de vicuña: “Muy poca gente gana mucho a costa de muchas personas”.
Desde el interior de su casa, Samuel asegura que, tras 15 años de volver una y otra vez a las mismas playas a recuperar los huevos durante la época seca, las tortuguitas hembras parecen reconocerlos.
“A esta hora, todavía están poniendo [huevos]”, dice. Antes no era así. “Era a las tres de la mañana, cuatro de la mañana [cuando] no había nadie en las playas. Ahora, ya a la gente no les molesta. Por eso es que ellas están poniendo con tranquilidad prácticamente hasta la hora que ellos [los trabajadores] se retiran de la playa”.
*Samuel es un seudónimo para proteger la identidad de la persona por temor a represalias.
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