Las maestras que protegen la lengua kichwa en Ecuador
Después de enseñar en Estados Unidos, tres profesoras indígenas promueven la difusión del idioma de vuelta a su país, desafiando la pérdida de identidad

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La parroquia de Rosario, en Salasaca, está en una zona elevada; desde allí se pueden ver varias parroquias del cantón de Pelileo y hasta la ciudad de Ambato. Luz Caizabanda, de 15 años, intenta señalar su casa desde el mirador. Sus clases de kichwa han finalizado; mientras sostiene un cuaderno pequeño con una mano, intenta señalar su casa, a donde tiene que regresar. A pesar de que sus padres son indígenas, no le enseñaron su idioma. “No querían que mezcle español con kichwa; decían que, si hablo español, que sea solo en español. Ahora que he crecido, quiero dominar mejor el kichwa”, confiesa. La escuela Sky Inka Shimi es la primera en dar clases de esa lengua originaria en Salasaca.
No pasó mucho tiempo desde que Micaela Jerez volvió a pisar suelo ecuatoriano desde Estados Unidos para que la iniciativa de enseñar su idioma a través de Sky Inka Shimi en su comunidad se hiciera realidad. Ella no fue la única. Elsa Caín, de 33 años, y Dayanna Velasquez, de 26, también comenzaron a trabajar en la difusión del kichwa, el idioma amerindio más hablado en el Ecuador, que se encuentra en estado vulnerable. Las tres profesoras indígenas volvían de enseñar su cultura e idioma en universidades estadounidenses durante un año como parte de un intercambio cultural del programa Fulbright. Hoy, esas enseñanzas permiten devolver la mirada de la población andina hacia las culturas originarias de su país.

La intención de Sky Inka Shimi es que sus alumnos ya no vean al kichwa como un idioma del pasado, sino que lo vuelvan a reclamar como suyo y como parte esencial de su identidad. Sin embargo, desde que iniciaron en junio de 2024, la constante pregunta de para qué enseñarlo les hizo cambiar la dinámica. “Hemos dejado de intentar convencer a la gente de su importancia. Nuestro rol es acompañar a quienes sí están interesados, apoyar su aprendizaje y compartir todos los recursos que podamos”, comenta Micaela, quien, junto a Diana Cisneros, indígena maya k’iche’ y lingüista, creó la escuela.
Para la doctora Kati Álvarez, catedrática de la Universidad Central del Ecuador, la vigencia actual de las lenguas andino-amazónicas representa una “lucha constante” para evitar su desaparición ante las agresiones de un sistema que ha penalizado e ignorado las lenguas nativas y a sus hablantes. “Con la desaparición de las lenguas, merma la identidad, la memoria colectiva, pero también existe un peligro que pasa desapercibido para muchos: una pérdida de conocimiento que ha sido y será clave para el futuro del país y de la región”, afirma Álvarez en un artículo de la Unesco.
“Nos decían que debíamos hablar en cristiano”
No muy lejos de Salasaca, a 20 minutos en autobús, está el pequeño museo de los kichwa salasaca en plena plaza central de Ambato. “Pase, pase, ¿usted sabe algo sobre los salsacas?”, pregunta Francisca Masaquiza de 65 años, quien cuida el pequeño museo. “Solo lo que me decían en el colegio”, responde una joven madre, de la mano de su hija, que se asomaba tímidamente desde el marco de la puerta. Doña Masaquiza deja su guango, que venía hilando desde la mañana, y los invita a pasar para empezar el recorrido.
Mientras cierra el museo, la señora Masaquiza comenta, con pesadumbre, que los jóvenes ya no tienen interés en conocer las culturas originarias ni en sentir orgullo de ellas. Ella cuenta que antes era peor, pues básicamente los castigaban por ser indígenas. “Nos hacían escribir 100 veces: ‘No debo hablar kichwa’, y a los que no obedecían, con palo les daban diciendo que debíamos hablar en cristiano”, cuenta.

Desde Ambato hasta la ciudad de Otavalo, provincia de Imbabura, hay cuatro horas en autobús; allí, Dayanna Velasquez se alista para el Warmi Punlla en Cotacachi, una celebración tradicional en la que las mujeres son las protagonistas. Enciende su cámara de celular y muestra, uno a uno, las partes de su atuendo tradicional: Wallka, rinirina, usuta y anaco. Su cuenta en TikTok supera los 40.000 seguidores. Una noche antes, Dayanna enseñaba kichwa a niños a través de una pantalla de laptop; un año antes, las clases eran en la Universidad de Notre Dame, en el estado de Illinois.
Aunque Doña Francisca y Dayanna se criaron en distintos lugares, ambas comparten la misma experiencia en el sistema educativo. “En la escuela, los profesores mestizos que no hablaban kichwa nos decían que hablemos solo en español, si no, nos bajarían puntos en las materias”, recuerda Dayanna. Para Álvarez, este rechazo no es coincidencia, pues el sistema educativo ha formado parte de la insensibilidad hacia las comunidades indígenas en el Ecuador. “Aunque se ha intentado implementar la educación intercultural bilingüe, su alcance sigue siendo limitado”, afirma.
El kichwa se queda en el campo
Al volver a su natal Riobamba, Elsa comenzó a trabajar traduciendo historias, leyendas y mitos kichwas para su transcripción y recopilación. Como parte de un trabajo de investigación promovido por ONGs e instituciones locales, Elsa entrevista a ancianos kichwa-hablantes en comunidades alejadas de las ciudades. Las historias y cuentos que recopila no migran a las ciudades, como lo hacen los jóvenes; estos se quedan en los valles y chacras, donde se pierden con el tiempo.

En la comunidad de Rayopampa, en Riobamba, Elsa también visita seguido a su madre, la señora Rosaria Yuquilema, quien recibe a todo visitante agitando la mano desde su casa. “¡Alabado, alabado!”, grita para advertir su presencia. Por toda la casa, una radio religiosa bilingüe en kichwa y español interrumpe el silencio. “La radio me acompaña cuando estoy sola. Hace bulla”, dice ella. Doña Rosaria, mujer kichwa puruhá, vive sola. Su esposo falleció hace seis años. Sus ocho hijos, quienes frecuentemente la visitan con sus nietos, viven en ciudades como Guayaquil y Riobamba y dejaron el campo en busca de mejores oportunidades laborales y académicas.
Este es un problema que se repite a lo largo del Ecuador, donde miles de jóvenes migran del campo a las ciudades año tras año, dejando los campos habitados mayormente por adultos mayores. “Los jóvenes se van. Buscan trabajo y estudian en la ciudad o en la costa. Ya no quieren trabajar la tierra, poca gente nomás”, cuenta doña Yuquilema.
Según el último informe de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM) en Ecuador, alrededor de 125.000 personas se han desplazado dentro del país en los últimos 5 años, de las cuales el 71% son jóvenes entre 18 y 34 años. Como motivos principales están la violencia y desastres naturales; además, el informe menciona a medio millón de jóvenes con intención de migrar internamente en busca de oportunidades económicas.

Las tres jóvenes son conscientes de la labor de difusión que realizan en favor de su cultura. Para Álvarez, se necesita volver a entender y revalorar las lenguas ancestrales y la cultura que transmiten, para así “descolonizar” el término “desarrollo” por el que comunidades originarias han sido ignoradas. “Es fundamental resaltar el carácter crucial de la trama de conocimientos mediante la cual los pueblos se integran con sus territorios, con la vida, con las relaciones sociales y con las culturas. Las lenguas originarias son clara expresión de resistencia”, afirma.
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