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Series de Televisión
Crítica

‘DTF St. Louis’: Interesante artefacto de humor negro y parejas desesperadas por tener una aventura (muy rara)

Jason Bateman, David Harbour y Linda Cardellini se miden en un inteligente ‘noir’ de enredo protagonizado por un meteorólogo y su mejor amigo, un tipo ingenuo y bonachón que se entrega a una aplicación de citas para casados

Jason Bateman y David Harbour, en la serie 'DTF St. Louis'.T ROWDEN

El escritor y cineasta francés Alain Robbe-Grillet dio forma a mediados y finales del siglo pasado a un tipo de noir inscrito en algo llamado nouveau roman (literalmente, nueva novela) que consistía en fragmentar tanto la trama como el desarrollo cronológico de lo que contaba. ¿El fin? Que el significado profundo de la historia se revele por medio de la discontinuidad o la asociación de ideas, como ocurre en el psicoanálisis. Bien, podría decirse que algo así ocurre en DTF St. Louis (HBO Max), suerte de noir de enredo, de retorcido affaire con infinidad de puertas por abrir, de laberinto existencial sentimental con un humor negrísimo —brillante, inteligente— que hubiese hecho las delicias del amante de los suburbios John Cheever, y que te encantará si te gustó Fleishman está en apuros (Disney+), o cualquier ficción hecha de pequeños grandes giros inesperados.

Pero, ¿de qué va el asunto? Tenemos a Jason Bateman (Ozark, Arrested Development) como hombre del tiempo de una televisión local, en el papel del algo rarito Clark Forrester, un tipo infelizmente casado que vive en una envidiable casa en los suburbios con su mujer y sus dos hijas. Un día conoce a Floyd (David Harbour, en su primer papel después de Stranger Things), un intérprete de lenguaje de signos que ama a su mujer y a su hijastro y solo quiere hacer algún tipo de bien y —he aquí lo importante— no sabe decir que no. Cuando Clark le propone hacerse un perfil en una aplicación de citas para casados —el DTF del título: Down to Fuck, traducido como Donde todos follan—, se apunta. Su ingenuidad es tal que, en su primer contacto cree que el tipo que ha colgado una foto de David Bowie vestido de mujer es una mujer.

Pero, puesto que la historia (vistos los tres primeros episodios) está construida a la manera psicoanalítica y juguetona de las novelas de Robbe-Grillet, el espectador nunca sabe lo suficiente, o todo, como para entender de verdad lo que ha estado pasando. El tiempo no va en una única dirección —puesto que la historia da comienzo con el pobre Floyd muerto: lo encuentran en unas piscinas abandonadas, junto a una revista en la que aparece un tipo desnudo con un gorro de Indiana Jones a su lado— y la manera en que la historia se ordena —por piezas que no siempre encajan— hace que la realidad se convierta en espejismo. Pero es un espejismo pasajero, porque, poco a poco, la trama se completa. El espectador cuenta, además, con dos investigadores —uno vago, veterano, la otra joven, y acostumbrada a pensar en lo que nadie piensa— para ir abriéndose camino en tan aparentemente simple caso.

Y se diría que uno de los grandes aciertos de Steven Conrad —creador de la serie, y quien tiene una pequeña obsesión con los meteorólogos: ya presentó a Nicolas Cage en la película El hombre del tiempo— es haber elegido a ese par de investigadores interpretados por Joy Sunday y Richard Jenkins. Porque de alguna forma están reflejando el mundo de hoy. Uno de ellos, el veterano (Jenkins), se queda en la mera superficie, trata de resolver el caso basándose en los tópicos y en aquello que, cree, “se ve con claridad”, mientras que la otra (Sunday) insiste en que no hay nada esperable, y demuestra, una y otra vez, cómo todo lo que su viejo colega da por supuesto, no es ni de lejos lo que ocurrió. Las apariencias engañan, sí, pero lo hacen de una forma impensable. No hay una salida, ni dos. Las posibilidades de cada pista son prácticamente infinitas.

Hay algo de The Curse, la serie de Nathan Fielder y Ben Safdie, algo ligeramente experimental –sin llegar a su complejo extremo—, en DTF St. Louis. Y ese algo es que, en tanto ficción, se eleva de entre el resto concibiéndose como un sencillo artefacto que resulta de lo más efectivo. Y escurridizo. En ese sentido, el papel de Linda Cardellini (la Lindsay Weir de Freaks & Geeks), la mujer de Floyd, Carol Love-Smernitch, es clave. En parte, de ella —y su sistémica frialdad, sus cada vez más escalofriantes muletillas, su hijo difícilmente etiquetable—, depende el invento, ¿o no? El ciclón que une a Clark y Floyd —se conocen en un directo para la cadena en el que Floyd está interpretando lo que dice un empapado Clark, en medio de, sí, una tormenta descomunal— da lugar a otro mundo, se diría, o tal vez solo lo precipitó, exprimió la nube que ya tenían encima.

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