‘The Hack’, la serie que logra, a medias, contar el escándalo de las escuchas telefónicas a famosos de los tabloides de Murdoch
La investigación del diario ‘The Guardian’ reveló el ‘hackeo’ de actores, deportistas y miembros de la familia real

El cine ha sido siempre el mejor aliado del periodismo. Las grandes investigaciones exclusivas, como el caso Watergate desvelado por The Washington Post o los abusos a menores de la iglesia católica sacados a la luz por The Boston Globe, adquirieron categoría de leyenda cuando fueron contadas en pantalla, en dos películas memorables y premiadas como Todos los hombres del presidente y Spotlight.
El proceso de indagación y recopilación de datos y testimonios es largo, tedioso, complejo y frustrante. A menudo, los lectores pierden rastro de la trama, cada vez más confusa, y dejan de estar interesados en ella. Los poderes investigados son capaces de contraargumentar y contratacar legalmente, con muchos más medios a su alcance. Los periodistas dudan de sí mismos y de sus escasas certezas. Ya lo dijo Carl Bernstein: “Todo buen reporterismo consiste en la mejor versión alcanzable de la verdad”, que no tiene por qué ser la verdad definitiva.
Por eso, comprimir en un par de horas esa odisea -o en varios capítulos de una miniserie- siempre es más gratificante y entretenido. Ganan los buenos, pierden los malos, la justicia prevalece. O no.
The Hack (algo así como ‘el pirateo telefónico’ o ‘las escuchas’) es una serie de siete capítulos encargada por el canal ITV, que en España puede verse a través de la plataforma Filmin. Cuenta el escándalo de las escuchas telefónicas en el Reino Unido, el pirateo de mensajes de buzón de voz o la compra de información oficial llevada a cabo por investigadores privados, contratados por los periódicos tabloides sensacionalistas del imperio mediático de Rupert Murdoch a lo largo de una década, entre 2002 y2012.
Se trataba de obtener, por medios claramente ilegales, información morbosa o íntima de actores, deportistas, políticos o miembros de la familia real, para lograr exclusivas, vender periódicos y ganar dinero en una competición salvaje entre los medios amarillos. News of The World, del grupo News International de Murdoch, fue de todos ellos el que menos escrúpulos tuvo a la hora de pagar cientos de miles de libras por esas informaciones.
La serie, dirigida por Lewis Arnold y escrita por Jack Thorne (el guionista de la aclamada Adolescencia, de Netflix) intenta montar un circo de varias pistas en el que, en muchas ocasiones, resulta complicado seguir la trama. El experimento de narrar dos historias paralelas, la investigación del escándalo por el diario The Guardian, y la investigación policial, nunca resuelta, del asesinato (de un hachazo en la cabeza) del detective privado Daniel Morgan, tienen evidentes puntos de conexión, pero no funcionan como método para explicarse mutuamente y acaban resultando tan frustrantes como una salsa que no acabara de ligar.
David Tennant representa en la pantalla al periodista Nick Davies, el profesional de The Guardian que más horas y esfuerzo dedicó a indagar en el escándalo, por lo que acabó siendo premiado por sus compañeros de profesión. Tennant es un actor resolutivo y creíble, pero el guion le fuerza a interpretar una serie de clichés, frases hechas y exageraciones que restan autenticidad al personaje. Siempre tiene mala cara y siempre ha dormido poco, y el trauma freudiano que arrastra, que en la serie aparece en forma de flashbacks en los que su autoritaria madre le zurra con la zapatilla cuando es niño, le lleva a afirmar de modo agotador su afán por perseguir a aquellos que abusan del poder.
La retahíla de nombres, organismos y giros de la historia lleva a Tennant, de modo recurrente, a romper la cuarta pared y dirigirse constantemente a cámara para explicar al espectador lo que acaba de ocurrir. Como si los responsables de la serie admitieran de ese modo que todo es demasiado enrevesado para seguirlo desde el sofá de casa.
Aun así, la serie tiene destellos interesantes por los que merece la pena verla hasta el final. Toby Jones (el mejor Truman Capote que ha dado el cine, con su interpretación de Historia de un crimen), de notable baja estatura, no hace justicia física al fantástico director de The Guardian Alan Rusbridger, cuya envergadura, en persona, es mucho más imponente que la de Jones. Pero el actor, junto al guion, dotan de profundidad y trascendencia a la labor del editor-in-chief de un periódico serio como es ese. Saber cuándo abroncar y cuándo alentar a tu reportero; cuándo pararle los pies y cuándo animarle a salir adelante; saber cómo aplacar a los poderes públicos o enfrentarse a ellos; dudar de tu propia historia, y aun así seguir apostando por ella. Y entender, cuando la batalla es demasiado solitaria porque ningún otro medio se decide a seguirte (perro no come perro, según el dicho de la profesión), que a veces es mejor renunciar a la exclusiva para mantenerse a flote. Es la decisión de Rusbridger de pasar todos los trastos al poderoso The New York Times y compartir la historia, con mucho más músculo para enfrentarse a un gigante como Murdoch, la que permite que el escándalo acabe cobrando vuelo.

Porque las moralejas de la serie son varias, a cuál más deprimente. La batalla contra Murdoch empezó a ganar tracción cuando puso su peso detrás de ella el ex primer ministro laborista Gordon Brown, él mismo víctima de los excesos de los tabloides. Aunque el actor no resulta demasiado convincente, porque carece de la bondad retorcida de aquel político hijo de un pastor presbiteriano escocés, su entrada en escena sirve para entender que fueron realmente las maniobras de sus enemigos para impedir que Murdoch comprara BSkyB, la plataforma digital que habría multiplicado su poder mediático, las que finalmente le doblaron el pulso.
O que el interés del New York Times por frenar los pies a un rival que acaba de adquirir en Estados Unidos el poderoso Wall Street Journal pesó también a la hora de que la “vieja dama gris” entrara de lleno en el escándalo.
El 7 de julio de 2011, después de una historia de 168 años, Murdoch anunció el cierre del tabloide News of The World y el despido de sus 200 periodistas. Varios de los personajes más relevantes de la trama acabaron en la calle, en prisión o recolocados. News International pagó indemnizaciones millonarias a las decenas de víctimas de sus hackeos.
Quizá el mejor logro de The Hack, que no es realmente el de ofrecer una visión clara e inteligible de lo que fue todo aquello, es confirmar ese cliché lampedusiano de que “todo debe cambiar para que nada cambie”. La investigación independiente encargada por el Gobierno de David Cameron al juez Brian Levenson concluyó con la denuncia de una cultura periodística con ética fracasada y altamente tóxica, y recomendó que se estableciera por ley una nueva regulación. Los medios se negaron en banda, en aras de la libertad de expresión. Downing Street replegó velas discretamente y el asunto quedó en el cajón.
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