Cuando encontrar referentes LGTBIQ+ en la ficción era misión imposible: crecer antes de la era Netflix
Antes de que fenómenos como ‘Más que rivales’ se instalaran en las plataformas para servir de guía a los adolescentes del colectivo, los jóvenes llegaban a series con las que sentirse identificados a través de enlaces de Google Drive donde veían los capítulos a escondidas de su familia


El pasado 5 de febrero se estrenó Más que rivales en Movistar Plus+, una serie que se ha convertido en un fenómeno global desde que se lanzara simultáneamente en varios países el pasado 28 de noviembre. En España llegó con algo más de dos meses de retraso, pero esta ficción canadiense sobre dos jugadores de hockey que son amantes secretos está llamada a ser un nuevo referente dentro del colectivo LGTBIQ+, aunque también está teniendo una buena acogida entre el público femenino. Pero antes de que las plataformas streaming se instalaran por completo en el consumo audiovisual cotidiano con un amplio catálogo de opciones sobre lo queer, los adolescentes del colectivo también tenían la necesidad de buscar referentes y sentirse identificados con los protagonistas de sus series o películas favoritas. Hubo una generación LGTBIQ+ que vivió la adolescencia durante esos años de transición, entre el abandono de los estrenos en televisión y la llegada definitiva del “Netflix and Chill”, que no tuvo tan fácil encontrar y compartir con su entorno ficciones que les ayudaran a aceptar su identidad.
Solo en su habitación y “muy a escondidas”. Así veía Rafa Borrás (26 años, Valencia) la serie SKAM Noruega cuando tenía 19 años y solo había salido del armario con dos amigas, las mismas que le enviaron un enlace de Google Drive con las cuatro temporadas de esta serie escandinava que se convirtió en todo un fenómeno juvenil desde su estreno en 2015, y que tuvo remakes en otros siete países, entre ellos, España. “En el momento en el que empecé esta serie me sentía muy mal, quería no ser gay, deseaba con todas mis fuerzas no serlo”, cuenta el joven. De repente, en esta ficción que sigue el día a día de un grupo de adolescentes en Oslo mientras enfrentan amistad, amor, identidad, presión social y salud mental, consiguió encontrar esos referentes homosexuales de su edad con los que sentirse identificado: “Hasta entonces todo lo que había visto eran perfiles muy estereotipados como el amigo cómplice de la chica mala del instituto y poco más, pero con esta serie me di cuenta de que los gays también pueden jugar a videojuegos o gustarles el fútbol”. Rafa recuerda cuánto le impactó el personaje de Isak Valtersen, que quedaba de forma natural con otro chico que le gustaba, un gesto que le ayudó a comprenderse y aceptarse. “Skam me cambió la vida”, afirma.

Con 16 o 17 años, no lo recuerda bien, Beatriz Olaizola (30 años, Bilbao) confiesa que hubo una serie que le hizo “sentirse vista por primera vez en la vida”. Se trata de The L World, una ficción estrenada en 2004 sobre la vida, relaciones o desafíos personales y profesionales de un grupo de mujeres lesbianas y bisexuales en Los Ángeles. “Me descargaba los capítulos o los veía online a escondidas, cuando no había nadie en casa o me dejaban sola haciendo los deberes en la habitación”, recuerda esta bilbaína que estudiaba en un colegio de monjas muy conservador, “donde hablar abiertamente de lo queer era impensable”. Cuando empezó a ver esta serie, Olaizalola no había salido del armario y lo vivía en secreto, tan solo había compartido que le gustaban las chicas con algunas amigas y su hermana. “Nunca había visto a dos mujeres acostándose en televisión, o haciéndolo como se muestra a las parejas hetero”, pero con The L World pudo descubrirlo. Recuerda que fue que gracias a ellas que entendió su sexualidad y fue el inicio para “disfrutarla también como identidad, social y política” susceptibles de ser sexualizados.

“Supe que yo quería vivir algo parecido con otro chico”. Call Me By Your name fue para Jorge Guindo (25 años, Málaga) una fuente de luz e inspiración durante su adolescencia. La película de 2017, que cuenta el intenso y transformador romance de verano entre un joven italiano y un estudiante estadounidense en la Italia de los ochenta, ayudó a este joven cuando la vio por primera a los 16. Le pareció una historia entre dos chicos que vivían su amor de una forma muy cotidiana. “No me hizo sentir incómodo, ni avergonzado, todo lo contrario, me enseñó a estar orgulloso de mi sexualidad y vivirla con naturalidad”, confiesa Jorge. Además, esta cinta le encantó también por “la estética” y le infundió ganas de dedicarse al arte. Este malagueño trabaja hoy como director de arte en campañas con influencers.

En su adolescencia, Sofía García (26 años, Alcalá de Henares) estaba acostumbrada a ver películas o series donde el amor entre personas del mismo sexo se representaba “habitualmente” entre dos hombres, excluyendo las relaciones lésbicas o bisexuales. A los 16, la serie Skins (disponible en Prime Video), que veía en secreto sin compartirlo con nadie, le ofreció algo distinto: “Una historia entre dos chicas adolescentes que se enamoran y una de ellas tiene problemas para salir del armario en casa”, un claro “soy yo, literal”, cuenta. Además de las relaciones amorosas, esta serie que comenzó a emitirse en 2007, abarcaba otras temáticas como la adicción a las drogas o los problemas familiares de un grupo de adolescentes británicos. “Yo en el momento que la vi todavía estaba descubriendo mi sexualidad y me sentí muy identificada en ese miedo de decir en casa que era bisexual”, recuerda. La serie también evidencia la fatiga de las familias cuando intuyen o saben que sus hijos quieren salir del armario pero, por vergüenza o miedo, no saben gestionarlo. Para Sofía, Skins fue un punto de inflexión porque le motivó a poder abrirse con su entorno y entender que no era “un bicho raro”: “Terminé de comprender que las personas que te quieren van a estar siempre para ti sin juzgarte”.

Yeray García (24 años, Vigo) no recuerda esconder su sexualidad siendo adolescente, pero admite que “solo había salido del armario con sus amigos”. Con su familia tardó algo más. Tenía alrededor de 16 cuando comenzó a ver la serie Sense8, una historia sobre ocho desconocidos de distintos países que descubren estar mental y emocionalmente conectados y que solo comentaba con una de sus mejores amigas. Esta serie, estrenada en 2015, marcó la concepción que tenía Yeray de los chicos gays. “Mi manera de vernos empezó a ser diferente”, confiesa al acordarse de los personajes homosexuales de Lito Rodríguez y Hernando de la Fuente, que no eran el prototipo “tan estigmatizado” al que solía estar acostumbrado en la mayoría de series adolescentes. “Como pasa en la realidad, no todos somos iguales, somos muy diferentes, igual que los heterosexuales”, reflexiona este joven gallego, quien recalca que “la serie no le cambió”, sino que le ayudó a darse cuenta de que “ser gay simplemente es que te atraen y te vas a la cama con chicos y no con chicas, pero no define nada más de ti, ni de como tienes que ser y comportarte ante el resto”.

Antes del estallido de los algoritmos y de los catálogos infinitos, hubo una generación que aprendió a nombrarse a sí misma a través de descargas piratas, enlaces compartidos o visionados a deshora y a puerta cerrada. Series y películas que no solo entretenían, sino que eran un espejo en el que mirarse sin culpa, sin vergüenza y, por primera vez, con esperanza. Hoy, cuando la diversidad ya ocupa un lugar más visible en la ficción, mirar atrás sirve para entender cuánto significó encontrar, aunque fuera tarde, mal y a escondidas, una historia que dijera, en silencio pero con claridad, que no estaban solos y que su forma de amar también merecía ser contada.
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