Ir al contenido
_
_
_
_
Columna

Por fin ya todo se acabó, chica desolada

Noelia Castillo intentó largarse un par de veces. No lo logró, pero a cambio quedó parapléjica. Nadie puede imaginar cómo debió de sentirse

Noelia Castillo en una reciente aparición televisiva.Antena 3

“No mires a los ojos de la gente. Me dan miedo. Siempre mienten”, aseguraba Golpes Bajos en una canción aún más vibrante que nihilista. Exageraban. Hay miradas que no mienten. Al menos yo sentía un estremecimiento y absoluta compasión cuando observaba en fotografías o en televisión la mirada de Noelia Castillo, esa chica que ha tenido que esperar tanto para que su tránsito hacia el otro barrio o a la nada ocurriera sin sufrimiento, algo con lo que estaba trágicamente familiarizada. Ella intentó largarse un par de veces. No lo logró, pero a cambio quedó parapléjica. Nadie puede imaginar cómo debió sentirse. Pero una asociación de abogados cristianos, en complicidad con el deseo de su padre, estaba empeñada en prolongar su infierno.

La eutanasia ha tenido piedad de ella. Yo, que no he votado nunca y si sucumbiera alguna vez a esa indeseada tentación, lo haría en blanco, le pediría a una cosa ancestralmente turbia o siniestra llamada Estado que ayudara a las personas hartas de dolor físico o moral, incapaces de aguantar más, a los que solo anhelan dormir y sienten intolerable angustia al abrir los ojos, que les facilitaran el sueño eterno, el final del sufrimiento, la huida de una existencia que no les amó.

Desde que era pequeño escuché ladinas mentiras como que quitarse la vida solo lo hacían los cobardes, que la existencia y la muerte únicamente dependían de algo llamado Dios. Durante infinito tiempo estuvo prohibido enterrar a los desesperados en los cementerios cristianos. No los dejaban de joder y de anatemizar ni después de muertos. Y no debe de ser fácil matarse. Incluso por razones prácticas. ¿Cuántos cortes hay que darles a las venas? ¿Cómo se ahorca uno para no fallar? O, ¿qué pastillas hay que tomar para encontrar el final de la desolación? ¿Y si se lanzan al vacío y aterrizan sobre los inocentes viandantes? Y, de acuerdo, todos nos quedamos hechos polvo cuando alguien muy cercano tomó esa solución sin retorno. Pero, ¿podemos imaginarnos la oscuridad, el dolor, la soledad y el desamparo de los que deciden acabar con su infierno?

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo

¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?

Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.

¿Por qué estás viendo esto?

Flecha

Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.

Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.

¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.

En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.

Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.

Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos

Archivado En

_
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
Recomendaciones EL PAÍS
_
_