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Un regalo envenenado de Prince, una democracia fallida y una resurrección modesta: la historia de The Bangles

Se cumplen cuarenta años de ‘Different Light’, el disco que convirtió a estas cuatro californianas en uno de los grupos femeninos más populares de la historia

De izquierda a derecha, la guitarrista y cantante Susanna Hoffs, la batería Debbi Peterson, la guitarrista y voz Vicki Peterson y la bajista Michael Steele, fotografiadas en Los Ángeles en 1987.Bonnie Schiffman Photography (Getty Images)

Cuando publicaron su álbum Different Light, el 13 de enero de 1986, The Bangles era un grupo completamente desconocido para el gran público. Susannah Hoffs (voz y guitarra), las hermanas Vicky y Debbi Peterson (la primera a la voz y guitarra, la segunda a la voz y batería) y Michael Steele (bajo) provenían de la escena de rock de garaje y power pop de California. Allí sí se habían empezado a labrar cierto prestigio, llevaban años pateándose el circuito de pubs y salas y figuraban entre las bandas fundadoras del denominado Paisley Underground. Este fue un influyente movimiento de rock alternativo de guitarras, muy influido por el sonido de los años sesenta y la psicodelia, que englobaba a grupos que solían compartir escenario, local y filosofía de vida, como The Rain Parade, The Three O’ Clock o The Dream Syndicate, y en cuyas coordenadas también se situó a los R.E.M. de los primeros años. Otro de los seguidores más fervorosos de aquella escena era Prince, quien, de hecho, bautizó a sus célebres estudios Paisley Park en honor a ella.

Las Bangles destacaron de entre aquellas bandas no solo por ser un grupo completamente femenino en el que todas componían, tocaban y cantaban, y que solía repartirse democráticamente esas tareas entre las cuatro, sin establecer liderazgos. Si ese aspecto ya es inusual ahora, lo era mucho más por aquel entonces. Pero también eran más ambiciosas que el resto, habían nacido con la pretensión de ser unas Beatles femeninas y, de hecho, se parecían hasta en el nombre. “Nuestro objetivo era dominar el mundo”, declaró en una ocasión Vicki Peterson. Tenían otras conexiones muy relevantes: Michael Steele había sido una de las fundadoras de The Runaways, las madres de todos los grupos femeninos de rock. Con sus primeras maquetas —presentadas con el nombre de The Bangs—, ya captaron la atención del influyente dj radiofónico Rodney Bingenheimer, y Miles Copeland —mánager de The Police y fundador del sello IRS Records— se ofreció a ser su representante. Él mismo llevaba también, por cierto, a The Go-Go’s, el otro gran grupo californiano femenino de la época, y con quien se comparó a las Bangles con más recurrencia de lo que a ellas les habría gustado. La queja no era precisamente por falta de admiración hacia el grupo liderado por Belinda Carlisle, sino porque no querían que nadie las viese como una copia.

“La cosa con Prince”

Pero la conexión más inesperada e importante fue la establecida con el artista antes citado como Prince. El malogrado genio de Minneapolis se embelesó con el primer álbum del grupo (All Over The Place, de 1984) y, sobre todo, con Susanna Hoffs. Contactó con ellas y les cedió un tema que había compuesto previamente para uno de los grupos que él apadrinaba, Apollonia 6. Se titulaba Manic Monday y él solo pidió figurar en los créditos bajo el seudónimo de Christopher. Las cuatro californianas le dieron una vuelta y la mejoraron con su propia visión, convirtiéndola en una canción pop realmente memorable. Poco a poco, su popularidad fue subiendo, y en la primavera de 1986 consiguió llegar a lo alto de las listas de éxitos de medio mundo. También se alentó el rumor de un romance entre el autor de Purple Rain y la cantante del tema, pero lo cierto es que se quedó en un amor no correspondido, que Hoffs calificó como de “situación incómoda” ante la insistencia de su pretendiente, y que sus compañeras definieron como “la cosa con Prince”.

Manic Monday solo comenzó a disparar todo lo que vendría después. Different Light fue un álbum de largo recorrido, del que se extrajeron cinco sencillos, y que tuvo otro éxito aún mayor con Walk Like An Egyptian, tema con el que llegaron al número 1 en ocho países (incluido España) ya a comienzos de 1987. En realidad, esa canción tampoco era suya, sino que había sido compuesta por un hombre de la industria llamado Liam Sternberg. Se le ocurrió durante una travesía en ferry por el Canal de la Mancha, cuando, debido al fuerte oleaje, observó divertido los movimientos de los pasajeros para mantener el equilibrio y le recordó a las figuras de los jeroglíficos egipcios. La canción le llegó al productor del disco, David Kahne, quien propuso al grupo que la grabara. Las chicas dudaron mucho, les parecía una composición muy tonta y no les convencía. Además, provocó un importante conflicto durante la grabación: Kahne hizo que cada una de las componentes interpretase un fragmento de la canción, pero dejó fuera a Debbi porque no le gustó su parte. Uno de los grandes valores de las Bangles era el tener a una batería que, además de componer, cantaba y tocaba muy bien al mismo tiempo. Sin embargo, el productor decidió reemplazar también su instrumento por una caja de ritmos, lo cual provocó un gran malestar en la menor de las hermanas Peterson. En contrapartida, lo cierto es que el infeccioso ritmo, los juegos vocales y la atmósfera vacilona de la canción conquistó a nuevas audiencias y, en especial, a chicas muy jóvenes.

El precio del éxito

Pero aquella fue la gran tragedia del grupo californiano. Cuando se atendieron sus plegarias de conseguir la dominación del pop mundial, cuando llegaron a la cima, fue cuando empezaron a resquebrajarse. El precio que habían pagado por su éxito había sido la pérdida del control sobre lo que hacían y el no sentirse representadas por la imagen que proyectaban. Era paradójico que sus temas más populares hubiesen sido compuestos por otros (el tercero, If She Knew What She Wants, era de Jules Shear, quien también había escrito para Cyndi Lauper) y, al asaltar los hit parades y las cadenas de videoclips, el gran público las asoció con bandas prefabricadas —fueron frecuentes las comparaciones con Bananarama—, dudó de su talento como compositoras e incluso de que tocasen sus instrumentos (algo que, por otro lado, quedaba fuera de toda duda cuando actuaban en vivo, donde se podía comprobar su excelencia como instrumentistas).

Pero la mayor crisis llegó cuando Hoffs comenzó a captar toda la atención. Si bien es cierto que el grupo siempre había tendido a repartir el protagonismo y dejar claro que todas las contribuciones eran igual de importantes, el hecho de que Sue —como la llamaban coloquialmente— tuviese una estatura menor que sus compañeras llevaba a que ella ocupase el centro del escenario y la colocasen delante en las fotos. Pero también era la chica más sexy del grupo y, encima, en Different Light solo cantaba en cuatro temas, pero fueron precisamente los cuatro singles de éxito. Con respecto a ese asunto, Vicki Peterson declaró con posterioridad: “A la gente le gusta retratarnos como si por aquel entonces fuésemos chicas teniendo una pelea de gatas, pero en realidad era la frustración de no ser percibidas como una unidad”.

Tampoco contribuyó a su armonía la cuestionada producción de David Kahne, quien sacrificó aquella autenticidad orgánica de los comienzos del grupo para imponer un estilo más cercano al del pop comercial de aquel momento. “Estábamos en una especie de máquina de éxitos. El productor sabía que esta sería su oportunidad, así que nos sacrificamos en el altar de su carrera. Se convirtió en nuestro triunfo, pero también contribuyó a nuestra ruina, así que fue como un pacto con el diablo. Creo que Different Light es un disco realmente bueno. Simplemente... nos perdimos en él", declaraba Michael Steele a The Guardian en 2003. El estrés de sus giras mundiales y su exposición pública también comenzó a hacerse dramático para ellas. Las chicas estaban dejando de disfrutar. En la misma entrevista, la bajista recordaba una crisis nerviosa en un avión que las llevaba a Japón. No pudo parar de llorar en todo el viaje. “La presión era tan intensa que tenía que parar, de lo contrario iba a contraer alguna enfermedad horrible”, confesó.

El cisma se manifestó de forma más profunda cuando publicaron su tercer álbum, Everything, en 1988, y Hoffs acaparó ya todo el protagonismo con el baladón Eternal Flame, que se convirtió en el tema más popular en la historia del grupo. Pero la llama que ellas habían encendido estaba, en realidad, a punto de apagarse. Tras haber pasado su veintena juntas, desde sus inicios como una banda local de garage hasta convertirse en uno de los grupos más vendedores de los años ochenta, cada una empezó a hacer las cosas por su cuenta. La primera señal de alarma en el seno de la banda fue cuando ni Sue ni Michael acudieron a la boda de Debbi. Y la ruptura definitiva se escenificó en una reunión con la agencia de representación en la que Hoffs anunció que dejaba a las Bangles para iniciar una carrera en solitario. En octubre de 1989, el grupo anunció su disolución. Años después, Sue confesaría a The Guardian que su frustrada experiencia fuera de la banda (grabó dos álbumes con su nombre, de escasa repercusión) fue “solitaria y nada divertida. A mí, en realidad, me gustaba cantar en armonía y no tener que ser la voz principal en cada canción”. Ella negó, asimismo, que su salida del grupo tuviese que ver con cuestiones de ego: “Simplemente quería huir de la sensación de que las Bangles se habían convertido en esa cosa tan dura a nivel emocional y físico. Estábamos en una montaña rusa de movidas continuas”.

Una inesperada segunda parte

Pero, contra pronóstico, esta historia tiene un final feliz. Diez años después de su disolución, el grupo se volvió a juntar por un motivo que nadie habría esperado. El director de cine Jay Roach —que había contraído matrimonio con Hoffs en 1993—, les invitó a componer una canción nueva para la banda sonora de su película Austin Powers: La espía que me achuchó. Superadas las rencillas, el grupo aceptó y le entregó el tema Get The Girl. La cosa debió fluir muy bien porque, en 2000, las Bangles volvieron a salir de gira y grabaron dos discos más: Doll Revolution en 2003 y Sweetheart Of The Sun, en 2011. Este último lo produjo Matthew Sweet, figura de culto en la escena power pop y amigo del grupo que también grabó tres álbumes de versiones a dúo con Susanna Hoffs (una de ellas, por cierto, era I Would Die 4U, de Prince).

Desde entonces, su estatus es el de una banda en activo, pero sin presiones, que graba en sellos independientes y toca en directo por placer y cuando le apetece, por debajo del radar y sin la atención de la que gozaron en los años ochenta. También han retomado el estilo y el espíritu de los inicios del grupo, hasta tal punto que, en 2018, se volvieron a juntar con The Dream Syndicate, The Rain Parade y Three O’ Clock, sus tres bandas amigas del Paisley Underground, en el disco 3X4, una curiosa iniciativa en la que cada grupo versionaba temas de los otros tres. Eso sí, desde 2005, las Bangles funcionan ya como trío, pues Michael Steele decidió dejar la música. La última actuación del grupo hasta la fecha se produjo en septiembre de 2019, pero en cualquier momento, pueden desafiar el paso del tiempo y las tentaciones de jubilación. Actualmente, Vicki tiene 68 años; Susanna 67 y Debbi 64.

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