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No del todo blanco
Opinión

Viajar y comer (sola y libre)

“No espero (ni deseo) que un evento social sea el escenario de un debate socrático”

Plató S Moda

”La cena que sirven es cara, pero la conversación es comida basura”. Leo esta frase mortal con la que Vivian Gornick sentencia en La mujer singular y la ciudad un evento al que ha sido invitada junto a su fiel amigo Leonard. Cierro el libro y suspiro, me hundo tanto como puedo en el asiento del avión que me lleva a París, donde he sido invitada a un evento en el que espero, la conversación pueda compararse al menos con el menú del día de un bar tradicional: sin ínfulas, previsible, quizás, pero libre de sorpresas. Al fin y al cabo no espero (ni deseo, ciertamente) que un evento social sea el escenario de ningún debate socrático.

Tenía la intención de hacer muchas cosas en París. “Un viaje de apenas 24 horas, sin bebé, equivale a 10 días”, se dijo a sí misma la madre de un búho de 10 meses. Había revisado y actualizado con minuciosidad mi lista de Guardados de Google Maps (esa especie de barrio en el que solo existe lo que nosotros queremos que exista; una lista ambiciosa que, si te descuidas, te lleva a recorrer el mundo mirando la pantalla), para asegurarme de exprimir al máximo cada minuto. Pero un avión que llega tarde, una huelga de transportes y una mujer desastrosa en lo relativo a la orientación espacial es todo lo que se necesita para que las 24 horas disponibles empiecen a consumirse con vertiginosa rapidez y con ellas, las expectativas de llegar a visitar todos esos lugares. ¿Mi conclusión? En los viajes cortos, mejor viajar tan ligero de expectativas como de equipaje. Es más eficiente: te ahorras la planificación y los disgustos que genera el no alcanzar los hitos de la misma. Además, la improvisación es, a menudo, la mejor de las recomendaciones, y entregarse a ella le permite a uno liberarse del peso de las expectativas que trae consigo la previsión.

Pero huelga decir que también es importante para la moral el volver a casa sintiendo que uno ha sido dueño de su viaje, y que ha tenido la posibilidad de cumplir ciertos anhelos. Un truco para asegurar que esto ocurre es sustituir los propósitos específicos por otros ligeramente más generalistas. Si estabas soñando con el croque monsieur de un bistrot maravilloso en Le Marais con el que el algoritmo de Instagram llevaba persiguiéndote desde que mencionaste tu viaje a París tres veces seguidas, sustituye el anhelo específico de ese bistrot por el de pedir el mismo plato en otro en la zona en la que te encuentras. En un viaje de 24 horas, perder dos en desplazarte no mejorará tu experiencia, sino que la hará agotadora.

Así fue como yo conseguí cumplir con prácticamente todos los anhelos gastronómicos que tenía: deleitarme con la simplicidad de un buen jambon beurre, comprar mantequilla salada, desayunar un suisse en una boulangerie en la que además sirvieran buen café y cenar sopa de cebolla en un bistrot, sola y mirando al infinito, escuchando de fondo el ruido de la noche parisina. No pude hacerlo en ninguno de los sitios que había guardado en mi lista pero lo hice entrando en los lugares con los que me topé. De entre los lugares que visité por casualidad, atesoraré la experiencia en el bistrot en el que cené sopa de cebolla. Se trataba de la Brasserie Dubillot. Al encantador camarero que me recibió no pareció molestarle la osadía de que una joven dama llegase a las nueve de la noche, sin reserva. Amablemente me recibió (mais, oui!) mientras apartaba una silla Thonet ligeramente desvencijada. Sopa de cebolla de por medio, también parafraseando a Gornick, “dentro del paraíso de una mente que se nutre con su propia conversación”, tuve ese debate socrático que no esperaba tener en el evento.

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