Donaciones de sangre, activismo y empatía: así ayudaron las lesbianas a la lucha contra el VIH y el Sida
El papel solidario, activista y empático de las lesbianas con los enfermos de sida es una parte de la historia que debe ser reivindicada


Dice la drag queen Estrella Xtravaganza en un reel de Instagram: “Si hoy tenemos colectivo, redes de apoyo y seguimos aquí, spoiler: las lesbianas tuvieron mucho que ver". Y recalca una verdad: “Que no le quito importancia al resto de letras, pero es que a veces se nos olvida el papel fundamental de la L en nuestra historia”. Razón no le falta.
Corría el año 1983 y empezaba a preocupar una extraña enfermedad que, primero, parecía afectar solo a consumidores de droga inyectada y, luego, a hombres que tienen sexo con otros hombres. “Al principio se conocía como neumonía yonki, porque parecía que solo afectaba a las personas que consumían droga”, cuenta Deborah B. Gould, profesore (prefiere el género no binario) de Sociología en la Universidad de California en Santa Cruz, por videollamada. Todavía no se había identificado la causa (fue en 1984 cuando relacionaron el VIH con el sida), pero la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA, por sus siglas en inglés) estadounidense decidió prohibir a los hombres que tienen sexo con otros hombres que donasen sangre. La medida —discriminatoria, prejuiciosa y que se extendió también por Europa— se mantuvo durante muchos años y se fue rebajando según avanzaban los test de sangre y el conocimiento sobre el virus, hasta que la FDA anunció su total eliminación el 11 de mayo de 2023 (tres años antes, con la pandemia de la covid en pleno auge, también flexibilizó esta prohibición).

En esos primeros años de la prohibición, y ante el temor de tener déficit de sangre en los bancos, que necesitaban también los enfermos de sida, un grupo de mujeres lesbianas en San Diego (California) se unieron para donar de forma masiva. Se conocieron como Blood Sisters (hermanas de sangre), y se formaron el mismo año que comenzó la prohibición de la FDA. Su primera campaña para recoger sangre tuvo lugar el 16 de julio de 1983. Barbara Vick, una de las fundadoras del grupo, contó en 2016 a la organización Lambda Archives, dedicada a documentar la memoria de la lucha LGTBIQ+ en San Diego, los comienzos de la organización. “En San Diego, el banco de sangre era privado, a diferencia de otras ciudades donde lo llevaba la Cruz Roja u otras entidades. Y por eso, podías crear un fondo y, por ejemplo, un empresario podía llevar a sus empleados a que donasen sangre al fondo de su compañía y si luego alguno enfermaba y necesitaba una transfusión, podía sacarla del crédito de ese fondo”, explica Vick en el vídeo sobre la particularidad de la ciudad que permitió este movimiento. “Así que pensé: por qué no montamos un fondo en nombre del Club Democrático para las personas gay o sus familias para que quien quiera dé sangre por los que no pueden”, detalla. “Se me ocurrió mientras donaba sangre, al saber que los hombres gais no podían hacerlo”.
Hablando en el club, cuenta, a alguien se le ocurrió la idea de crear Blood Sisters, aunque no recuerda a quién. “Lo creamos incluso antes de saber exactamente qué estaba pasando y sin que existiese un tratamiento”. A partir de ahí, se organizaron para crear flyers, aparecer en publicaciones dirigidas al público gay y meter anuncios. “Fue un esfuerzo colectivo, y el día de la campaña la respuesta fue increíble”. Según cuenta, ese sábado había unas 60 mujeres haciendo cola esperando a que abriese el banco de sangre. “Creo que al final del día alcanzaron las 170, aunque estaban solo preparados para recibir unas 60. Hubo muchos que era su primera vez donando”. El éxito fue tal, que repitieron durante años. En 1992, los avances sobre el virus y la enfermedad hicieron innecesaria su actividad y la paralizaron.

Acción política
Además de las donaciones de sangre, muchas mujeres lesbianas también colaboraron y se presentaron voluntarias para cuidar de los hombres con VIH/sida cuando el mundo les temía y nadie quería hacerse cargo. Pero las donaciones y los cuidados no fueron la única manera en la que contribuyeron a la lucha contra el virus y la enfermedad. “Los primeros cinco años de la crisis del sida (1981-1986), como tantos miembros de la comunidad cayeron enfermos, salió de forma espontánea el cuidado”, concede Deborah Gould, autore de Moving Politics: Emotion and ACT UP’s Fight Against AIDS (University of Chicago Press, 2009, sin traducción al español). “Pero también hubo esfuerzos políticos, como ejercer lobby a políticos para que se invirtiese más en investigación y en el tratamiento. Es importante contar esto, para romper con ese estereotipo de la mujer cuidadora”, apunta.
Ese activismo, cuenta le profesore, sirvió de base a un activismo más militante. En 1987 nació la organización ACT UP, siglas de AIDS Coalition to Unleash Power (Coalición para Desatar el Poder contra el Sida). “Era un activismo más frontal, tomó las calles de manera muy contenciosa”, relata Gould. Le experte relaciona este movimiento con una decisión del Tribunal Supremo de Estados Unidos tan solo un año antes. Los jueces resolvieron en 1986, en el caso Bowers versus Hardwick, que las relaciones homosexuales no estaban protegidas siquiera en el ámbito privado, y daba alas a los Estados para penalizar la homosexualidad. “La sentencia estaba escrita con odio, llena de homofobia. La gente se llenó de rabia y tomó las calles. Al principio iba solo de las relaciones gays y de poder tener sexo, pero la crisis del sida estaba sucediendo al mismo tiempo, morían personas a centenares y quedaba claro que la sociedad les prefería muertos. Varios opinadores incluso decían que había que crear campos de concentración para las personas gay con sida”, relata Gould. Y así surgió ACT UP.

¿Cómo fueron útiles las mujeres? “En un nivel más mundano, digamos que había organizaciones LGTBIQ+ existentes que fueron las primeras en lidiar con la epidemia”, comienza Gould, que formó parte de ACT UP Chicago entre finales de los años ochenta y principios de los noventa. “Aparte, durante los años setenta y principios de los ochenta por todo el país se estaban dando las conocidas como guerras feministas por el sexo, como se llamó a los debates entre feministas sobre mujeres y sexualidad. Algunas más radicales desafiaban los principios de otras que estaban contra la pornografía, las prácticas sadomaso o las actitudes masculinas en mujeres”, profundiza Gould. “Había lesbianas que participaron en esos debates que entendieron que la derecha y los grupos religiosos estaban usando el sida para atacar la sexualidad de los hombres gays, y que acabaría afectando también a las mujeres. No se equivocaban”.
Por dichos motivos, las mujeres lesbianas empezaron a involucrarse en la lucha contra la epidemia. Gould considera que fueron clave para la formación de ACT UP y su estructura. “Diría que se involucraron en todos los aspectos políticos del sida, desde ejercer presión a políticos a la organización de manifestaciones. Trajeron al movimiento la experiencia política y de activismo de los movimientos por la salud de las mujeres y de las guerras feministas por el sexo. Fueron muy relevantes para las políticas que la organización consiguió desarrollar”. Le experte destaca que participaron en manifestaciones, que asaltaron edificios e instituciones, que desafiaron a la ciencia para que tuviese en cuenta el sida, así como a las compañías de seguros médicos, que se negaban a aceptar a personas con la enfermedad y hacerse cargo de los cuidados.
Ideas innovadoras
En Europa, los sistemas públicos sanitarios y universales, por lo general, hicieron innecesarias iniciativas como la de Blood Sisters, aunque también hubo activismo desde las organizaciones LGTBIQ+. Marian Lens abrió en 1985 en Bruselas Artemys, organización sin ánimo de lucro y primera librería LGTBIQ+ de Bélgica. “En ese año las mujeres lesbianas nos empezamos a organizar y a tomar en serio esta crisis. Al principio los hombres gay no lo tomaban muy en serio a menos que les afectase de cerca, pero nosotras, seguramente por la educación que se daba a las mujeres en ese momento, aprendíamos a cuidarnos y preocuparnos las unas por las otras”, relata sobre los comienzos. ACT UP, cuenta, llegó más tarde al país, así que no existía ninguna organización específica sobre el VIH/sida. “Pero si venía alguien preocupado por el tema, le recibíamos con los brazos abiertos y le dábamos la información de la que disponíamos en esos momentos”.
Dos años después de que abriese su ONG (que cerró en 2002), se instaló en el callejón Impasse de la Fidélité Jeanneke Pis, la respuesta femenina al famoso Manneken Pis. Si este era un niño haciendo pis, ahora había también una niña haciendo aguas menores. “Fue un encargo del dueño de un restaurante de la zona, que era gay”, relata Lens, que ahora organiza visitas a Bruselas de temática LGTBIQ+ en L-Tour. “En la fuente se puede tirar dinero que se utiliza para la investigación sobre el cáncer. Y por supuesto, él jugó con el hecho de que durante un tiempo al sida se le conoció como el cáncer gay, y destinó parte de ese dinero a investigar sobre la enfermedad. Cuando la gente me preguntaba por el Manneken Pis, les hablaba de Jeanneke para que lo visitaran también”, confiesa Lens.
Primera letra de las siglas LGTBIQ+
En redes, los vídeos que destacan estas historias aseguran que esta colaboración en la lucha para acabar con el sida es responsable de que la L vaya primero en las siglas LGTBIQ+. “Es un punto interesante”, apunta Gould. “Recuerdo que al principio siempre se hablaba de la comunidad gay y lésbica, siempre poniendo el gay primero. Y que al principio, cuando incluimos a las personas trans y a las no binarias, decíamos GLTB. En los ochenta esto cambió, y es posible que fuera como reconocimiento al papel de las mujeres lesbianas en el movimiento”.







































