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Feminismo
Opinión

Sturla Holm, el ‘perla’ esquiador: cuando una disculpa se llena de banderas rojas

La declaración pública bañada en lágrimas del esquiador Sturla Holm Laegreid tras ganar la medalla de bronce tiene más de control y de manipulación que de disculpa. Que su televisada tristeza no vele lo que sus palabras esconden

Sturla Holm Laegreid, of Norway, tras ganar su medalla de bronce. Junto a él, su compañera Ingrid Landmark Tandrevold.Andrew Medichini (AP)

“Hace seis meses conocí al amor de mi vida: la persona más hermosa y amable del mundo. Hace tres meses cometí mi mayor error y la engañé”, dijo Sturla Holm Laegreid tras ganar la medalla de bronce en la prueba combinada de esquí de fondo y tiro con rifle de los Juegos Olímpicos de invierno. Una lastimera disculpa pública digna de un show de Jerry Springer, un arrepentimiento televisado en el momento menos oportuno y una manipulación emocional de manual avanzaron por la pista ante las palabras del noruego, que situó a su ex pareja, sin que ella lo pidiera, en el centro del relato. Y al hacerlo, en un despiadado y paradójico giro, ella podría convertirse a ojos de muchos en la villana de la historia. En quien no perdona a ese hombre tan arrepentido de haber cedido a sus instintos que ha decidido que su gran momento olímpico se convierta en una disculpa con acuse de recibo. Un hombre que por cierto, estaba tan enamorado que a los tres meses de comenzar su relación, fue infiel al que asegura es el amor de su vida.

Muchas personas se han emocionado ante las lágrimas a prueba de cámaras del noruego, mientras que otras tantas consideran que se trata de una evidente manipulación emocional disfrazada de gran gesto. “Esa necesidad grandilocuente de absolución que no respeta la necesidad de silencio o los límites que pone la otra parte es una forma de controlar las emociones”, señala Eva Moreno, sexóloga, terapeuta de pareja y fundadora de Tapersex.

Al parecer, ‘limite’ y ‘silencio’ no son términos presentes en su léxico, pues considera que transgredir la privacidad ajena para conseguir el perdón está justificado. “Mi única solución es contarlo todo, ponerlo todo sobre la mesa y esperar que todavía pueda amarme. Puede que sea imperdonable. Pero si me da la más mínima oportunidad de decirle cuánto la amo, prefiero suicidarme socialmente en televisión en vivo solo por esa pequeña oportunidad”, confesó al periódico noruego VG.

Ella, desde un anonimato que esperamos sea respetado, ha explicado al mismo medio que el biatleta sabe bien lo que ella piensa sobre la infidelidad. “Es muy difícil perdonar, aunque me declares tu amor delante de todo el mundo. Yo no elegí estar en esta situación y es muy doloroso”, ha dicho. Y precisamente eso es lo relevante. Que ella ha sido forzada a ocupar una posición pública que no desea y que su decisión, al estar ahora expuesta a la mirada externa, va a ser juzgada.

Si rechaza la disculpa, puede convertirse a ojos de muchos en la mala de la película. Si decide volver, en la bobalicona que ha caído en la trampa. Y en cualquier caso, desde ahora, la medalla que ella lleva no es la de oro, sino la de “la ex” a “la cornuda”.

No hemos de olvidar tampoco a la mujer con la que el esquiador fue infiel a su pareja, pues bien sabemos que cuando los trapos sucios se airean ante el clamor popular, medios y redes sacan sus mejores dotes detectivescas para poner nombre, apellido y cara a los protagonistas de cualquier escándalo. Esa mujer tampoco ha pedido formar parte de esta tormenta mediática. Ella tampoco ha recibido una disculpa por ocupar un lugar en la trama. A quien sí ha pedido perdón Sturla Holm Laegreid es a Johan-Olav Botn, el ganador de la medalla de oro. “Lamento profundamente haber mencionado esta historia personal en un día festivo para el biatlón noruego. Hoy no me siento del todo yo mismo y no pienso con claridad. Mis disculpas a Johan-Olav [Botn], quien merecía toda la atención tras el oro”, manifestó Laegreid en un comunicado emitido por el equipo noruego. Dicen que el orden de los factores no altera el producto, pero no está de más subrayar que el perdón a quien supuestamente es el amor de su vida recibe la plata de las disculpas, mientras que el oro es para el biatleta triunfador…

Esta confesión pública bañada de lágrimas no deja de ser una táctica de control. No solo la cornuda se encuentra sumida en el proceso de duelo, ese que siempre es complicado -especialmente cuando hay de por medio una infidelidad- sino que ahora todo el mundo está al tanto de lo ocurrido. Él se posiciona, con sus lágrimas de cocodrilo dandy, como la víctima en un ejercicio de manipulación en el que gracias a un arrepentimiento público, el infiel se convierta en el héroe.

Las disculpas verdaderas tendrían que centrarse en el daño causado y el dolor de la persona dañada, no en el sentimiento de culpa ni en la imagen pública de quien se disculpa. En este escenario, la narrativa se invierte: quien ha sido lastimada termina siendo señalada por no ceder ante reiteradas disculpas. Así, la responsabilidad emocional se desplaza injustamente hacia la víctima, que además de lidiar con el dolor, debe cargar con la presión social de perdonar en los tiempos y términos de quien cometió la falta.

“Las disculpas, el perdón y la reparación de la herida han de hacerse en la intimidad. Otra cosa es que la pareja, atendiendo a las necesidad de la relación y de su exposición pública, considere por decisión unánime, nunca unilateral, que el perdón se haga público. Pero no para buscar la disculpa de la gente, sino porque la parte afectada considera que es necesario. De lo contrario, es un acto egoísta”, advierte Moreno.

Lejos de representar un verdadero gesto de arrepentimiento, la actitud del noruego se convierte en una forma de presión hacia la víctima. Tras haber sido engañada, no solo enfrenta la herida emocional, sino también una dinámica de insistencia que la coloca en una posición incómoda y desigual. Más que reparar el daño, la conducta busca forzar una respuesta, intimidar y acelerar un perdón que no necesariamente ha sido procesado. Ya lo dijo Nora Ephron en Se acabó el pastel (Anagrama, 2022), en una advertencia sobre algunos hombres con capacidad de llorar: “Es cierto que algunos son sensibles e impresionables, pero las únicas emociones que los conmueven son las suyas propias”.

“Esto es como pedir la mano en un estadio lleno: no tienes derecho a hacerlo salvo que lo hayas hablado con la otra persona antes, y no tienes derecho tampoco delante de todo el mundo, entre lágrimas, dando pena”, comentaba Manuel Jabois en Hora 25. En cualquier caso, lo que queda claro es que la ex pareja de Sturla Holm Laegreid ha esquivado a una perla, y no a una cualquiera, sino a “una de mucho ‘cuidao”.

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