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La preservación de los oficios manuales, un asunto complejo que requiere compromiso gubernamental

Patrimonio y expresión de un país, los oficios artesanos parecen abocados a la extinción ante la falta de ayuda y recursos institucionales. Los grandes grupos del lujo los integran en sus productos. ¿Pierden su identidad?

Oficios manuales

Durante casi un siglo, Riba Guixà fue un negocio familiar. Una pequeña empresa de Caldes de Montbui, en el Vallés Oriental barcelonés, en la que el oficio del curtido del cuero venía de serie: el padre del fundador, Joan Riba Guixà, ya trataba pieles en su Igualada natal, el saber hacer transmitido a lo largo de cuatro generaciones. Celebrada en origen por procesar cuero vegetal para guantes y suelas de zapatos, en la década de los setenta del siglo pasado se especializaría en piel de cordero entrefino español, convirtiéndose en referente internacional a partir de la década siguiente merced a la visión comercial de Francisco Riba Godó (tercera generación del clan). No hay firma de postín que no acuda a Riba Guixà para proveerse del mejor cuero. Y ahí sigue, 93 años después, cumpliendo con una exportación que alcanzan el 80% del producto y una facturación estimada en 24 millones de euros anuales (según cifras del portal Modaes). Eso sí, a qué precio.

El proceso artesano del curtido de la piel, esto es, el oficio, permanece inalterado en la empresa. Su propiedad, sin embargo, no. A principios de 2024, Louis Vuitton Moët Hennessy adquirió el 80% de Riba Guixà, aumentado significativamente la participación inicial del 20% con la que había desembarcado en 2015. Justo el año en el que el holding de Bernard Arnault creaba la división Métiers d’Art, rama empresarial del grupo concebida para preservar y dar continuidad a la excelencia artesana, de la marroquinería a la seda, pasando por la orfebrería y el trabajo del metal. “Estamos aquí para tender puentes entre la tradición y la evolución, la artesanía y la creatividad, entre los mejores productores y las casas de lujo más reputadas”, reza su carta de presentación, en la que se refiere el compromiso de respaldar a estos talleres a través de la innovación y la tecnología compartidas, ofreciendo soluciones de futuro a aquellos que pueden presumir de un legado sobresaliente y oportunidades de internacionalización a los talentos locales. “Consolidando la asociación con Riba, contribuimos a respaldar y añadir valor a ese saber hacer único e irremplazable que encarna esta excelencia española, garantizando que su legado y su maestría sigan prosperando en la industria mundial del lujo”, exponía Jean-Baptiste Voisin, director de operaciones estratégicas de LVMH e impulsor de LVMH Métiers d’Art (que presidió hasta hace unos meses), al anunciar la entrada mayoritaria de capital francés en la curtiduría catalana. A mediados de este año, se supo que el holding apartaba definitivamente de la dirección a los hermanos Joan, Francesc y Carlos Riba Antó —la última generación de la familia en el negocio—, que ya respondían ante un director ejecutivo externo, el italiano Andrea Bertolini, impuesto a finales de 2024.

Dejados de la mano de instituciones y autoridades gubernamentales, la preservación de los oficios manuales ancestrales, ligados históricamente a la colectividad, es hoy un asunto complejo. Sin ayudas oficiales, su subsistencia parece reducirse a dejarse engullir por la maquinaria pesada de la industria de la moda, convirtiendo aquello que siempre ha sido patrimonio de todos en privilegio de unos pocos. Si las tradiciones artesanas también conforman la identidad cultural de un país, comunidad o región, ¿qué pasa entonces cuando el capital privado foráneo se adueña de ellas? “Aquí tenemos mucho más patrimonio que apoyo, es verdad, pero disponemos de lo más complicado: la creatividad, y eso no tiene precio”, aduce Sheila Loewe, presidenta de la Fundación Loewe, adalid de la promoción y el mecenazgo de las artes en España desde hace casi cuatro décadas e impulsora del premio internacional de artesanía que recuerda los orígenes marroquineros de la firma, adquirida por LVMH en 1996. “Mi padre [Enrique Loewe Lynch, último miembro de la saga ligado a la marca] siempre dice que Arnault tuvo el acierto de saber respetar el valor de una empresa española y entender su alma”, le concedía a este periodista cuando se presentaron los finalistas del Craft Prize 2025, el pasado junio. Y remataba: “Invertimos en proyectos bonitos, pero no les vendemos bolsos”. De lo que sí se ocupa es de establecer conexiones entre artesanos españoles y la enseña, de las que resultan colaboraciones provechosas en ambas direcciones, recuérdense la cápsula realizada por el cestero gallego Álvaro Leiro en 2023 o la serie Baskets de la creadora textil y tejedora vasca Idoia Cuesta en 2019.

La realidad, para el caso, es que ahora mismo la mayoría de los artesanos vinculados de una u otra manera al negocio de la moda son de propiedad exclusiva. En la última década, LVMH se ha hecho con una decena de talleres especializados en la hilatura del algodón y la seda en Japón, el trabajo del metal en Francia y la marroquinería en Italia y España (además de la curtiduría catalana, posee el 55% de la valenciana Verdevelano, experta en tratamiento de pieles exóticas, y participaciones en empresas de la piel de Ubrique), procurándose una posición de ventaja —así aprovisiona con los mejores materiales y manufactura a sus buques insignia— que le reportan alrededor de 700 millones de euros en beneficios anuales. Por su parte, Chanel saca pecho con la decena de ateliers con los que ha creado la compañía subsidiaria Paraffection y que aglutina en le19M, centro creativo inaugurado en 2021, en París: ahí están los centenarios Lesage (bordado), Massaro (calzado), Lemarié (plumas y apliques florales), Goossens (orfebrería) o Maison Michel (sombrerería) que celebra cada año desde 2002 en la colección Métiers d’Art. Eso por no hablar de una estrategia de control de proveedores y fortalecimiento de su cadena de suministros de alta calidad con la que la casa de la camelia se ha adueñado de la bicentenaria curtiduría catalana Colomer Leather Group (en 2018) o participa como accionista de la histórica Sophie Hallette y su encaje de Chantilly. Los demás grupos, de Kering y Richemont a Hermès, operan de la misma manera.

Responsable de casi la mitad de la producción global de bienes personales de lujo, Italia intenta mantener en casa su fuerza artesana a través de la confederación Confartigianato, que representa y apoya a más de 700.000 pequeños talleres (de hecho, es la asociación de micro y pequeñas empresas más grande del país). Un contingente que aprovechan las firmas sin fundaciones o patronatos propios para abastecerse de sastres, orfebres, curtidores, bordadores o zapateros y que el mismísimo Patrizio Bertelli, director ejecutivo del grupo Prada hasta el reciente relevo de su hijo Lorenzo, ha llamado a defender “de igual modo que si se tratara de una patente, porque la artesanía italiana representa el máximo valor de la tradición y los oficios manuales vinculados a una región geográfica”. Una idea que la Fundación Academia de la Moda Española pretende trasladar a estos pagos poniendo al fin el foco también en los artesanos como genuinos creadores de moda.

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