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Las nuevas sectas cambian al líder por el ‘coach’: “Imitan la lógica capitalista de los ‘influencers”

Los grupos coercitivos han sufrido un aumento exponencial gracias a las redes sociales. Ahora es más fácil y barato captar a un público mayor, alertan los expertos

Una joven mira un canal de YouTube en su móvil.Víctor Sanjuan

Todo empieza frente a la pantalla, de la forma más inocente posible. Aceptando una solicitud de amistad en Facebook. Siguiendo a un influencer. Con la inscripción a un curso de técnicas de estudio, a uno sobre inversión y criptomonedas, entrando a un minijuego de Roblox. Es la puerta de entrada a un laberinto de manipulación psicológica que puede acabar, en cuestión de meses, con el inocente internauta atrapado en sociedades sectarias modernas. Aislado, arruinado, en un secuestro mental y físico que ocurre —esto es lo peor de todo— de forma voluntaria. Internet ha transformado el funcionamiento de las sectas. Los predicadores callejeros son hoy influencers o coaches de vida. Los líderes mesiánicos que profetizaban el fin del mundo han pasado a hablar de criptomonedas, coches de lujo, burpees y crecimiento personal. Han cambiado las formas, pero el fondo sigue siendo igual de turbio.

“Las sectas tienen la capacidad de camuflarse, de adaptarse a las necesidades y a los valores culturales del momento”, explica Hortensia Valcárcel, psicóloga clínica especializada en grupos de persuasión coercitiva. La experta participó el mes pasado en el XI Encuentro Nacional sobre abuso psicológico y sectas, donde alertó de estas nuevas formas de captación online. “Sigue existiendo toda una vertiente más espiritual”, matiza. Estas serían las sectas clásicas, con su líder, su fin del mundo y su tramoya esotérica. Pero la sociedad moderna es más descreída y con ese cuento no se camela a todo el mundo. “A los jóvenes se les capta más con esta idea de éxito financiero, esa mentalidad de tiburón, especialmente a los chicos”, asegura Valcárcel.

El dinero es la nueva religión, y una serie de dogmas neoliberales interesan más a ciertos sectores que las promesas de redención y vida eterna. En este rebranding sectario hay también otras categorías. “En el área de salud, por ejemplo, se tira de medicinas alternativas y pseudoterapias”, explica Valcárcel. En el reciente libro Conspiritualidad (Capitán Swing), se alerta sobre cómo el yoga, la medicina alternativa y el mundo del wellness se han convertido, en algunos rincones de internet, en una especie de religión digital de carácter sectario. A través de mensajes aparentemente inocuos, se va fomentando el rechazo a las vacunas, la política o el sistema educativo. Y se pide a los nuevos adeptos cierto activismo digital. “Los fieles de la conspiritualidad son investidos como compañeros digitales de batalla”, apuntan los autores.

La Asociación Iberoamericana para la Investigación del Abuso Psicológico estima que en España operan al menos unas 400 sectas o grupos coercitivos. Alrededor de 400.000 personas estarían bajo su influencia, representando aproximadamente el 1% de la población. La Asociación Internacional de Estudios Sectarios (ICSA), una red global de investigadores que estudia grupos coercitivos, actualmente rastrea más de 4.000 de ellos en todo el mundo, en comparación con aproximadamente 2.000 en la década de 1980. Son todos estos datos aproximativos, pues hay cierto debate en torno a la misma definición de secta. Un reciente informe de Europol, la agencia policial de la UE, advierte del aumento de este fenómeno. “En las redes sociales, los agresores analizan el comportamiento de los usuarios y se dirigen deliberadamente a menores que ya muestran indicios de vulnerabilidad, ya que serían blancos más fáciles de captar y manipular”, explica el informe.

Fue lo que le sucedió a Patricia Aguilar en 2017. Su caso fue especialmente mediático, quizá por lo extremo. O por el empeño de su familia, que ante la dificultad de perseguir legalmente al captor de la chica (era entonces mayor de edad), acudió a la televisión a contar su historia. “Patricia estaba en duelo, había muerto su tío y en la familia estábamos todos muy mal”, explica Noelia Bru, prima de Aguilar y portavoz del grupo de apoyo a afectados por sectas AFISE. “Ella hizo una pregunta sobre un sueño que había tenido y se topó con alguien que le dio una respuesta y se ofreció a guiarla”. Esa persona era Félix Steven Manrique, un hombre peruano que difundía teorías apocalípticas.

Manrique empezó a hablar con ella en Facebook. Comenzó a recomendarle lecturas y vídeos de su canal de YouTube. Después se pasaron a WhatsApp. Mensaje a mensaje, el hombre fue introduciéndola en un mundo de fantasía y paranoia. Las conversaciones se estiraban hasta la madrugada. Los padres solo percibían cierta somnolencia y una bajada de rendimiento en los estudios. El hombre preguntó a Aguilar por su fecha de nacimiento y le dijo que era una “elegida astrológica”. Que era un ser especial, predestinada a unirse a su causa, que pasaba por tener hasta 10 mujeres y 300 hijos para crear una nueva raza. “Y mira, sé que todo esto suena muy rocambolesco, así contado de forma resumida. Pero ocurrió de una forma tan sutil y en un momento tan delicado…”, añade Bru. “Fue un año y medio de bombardeo constante”.

Nadie se dio cuenta de que algo no iba bien. Hasta que Patricia robó una importante suma de dinero a sus padres y se marchó, justo al cumplir la mayoría de edad, sin decir adiós ni dejar una nota de despedida. Fue rescatada un año más tarde en una región selvática de Perú, en condiciones lamentables y con un bebé de pocos meses. Su captor fue condenado a 20 años de cárcel por trata de personas. “Piensas que tu casa es un entorno seguro”, explica Bru. “Y es falso, pero ves que está en su habitación, que tú abres la puerta y la ves. Te preocupas por los desconocidos de la calle y no tanto por los que puedan aparecer en una pantalla”.

Y esto es un error. Porque no solo el entorno familiar baja las defensas, también lo hace (sobre todo lo hace) el propio internauta. “Cuando estamos frente al ordenador, nos confiamos”, explica Valcárcel. Es el llamado efecto de desinhibición online. “Disminuimos el filtro que ponemos en las relaciones cara a cara. Nos resulta más fácil expresar sentimientos o dudas existenciales, contar nuestra vida a un desconocido, algo que no haríamos tan fácilmente en el mundo físico. Le damos acceso a nuestros pensamientos más íntimos. Y a nuestra cuenta bancaria”.

Porque, más allá de los mantras, el aparataje filosófico y la idea de trascender, lo que interesa a casi todos los grupos sectarios es el dinero. “Han empezado a imitar la lógica capitalista de influencers como Llados, y muchos ya no tienen tantas reuniones físicas, sino más bien online”, explica Iñigo Rubio, psiquiatra, escritor y presidente de la Asociación Iberoamericana para la Investigación del Abuso Psicológico. “Se crean comunidades en Facebook o en Instagram. No siempre hay un líder sectario, así que son comunidades un poco desdibujadas”. Las ganancias vienen de pagar por asesorías individuales, retiros y talleres. “Si te haces de su plan y pagas un dinero al mes, tienes acceso a sus reuniones grupales”, cuenta Rubio. Ya no hace falta crear un templo u organizar un retiro espiritual; basta con un grupo de Telegram.

Internet no solo ha incrementado el número de sectas, sino que también las ha fragmentado. Ahora los dogmas se desdibujan, hay menos coherencia y unidad. Si una persona se interesa por teorías desquiciadas como la de los canalizadores de ángeles, el algoritmo le ofrecerá contenido similar, como las llamas gemelas o el gnosticismo. Es como un buffet libre de la paranoia, el usuario va eligiendo qué picotear. El psiquiatra pone como ejemplo un caso paradigmático de un hombre que pasó por su consulta. “Era un paciente que había tenido una depresión, un señor de unos 60 años. A raíz de todo esto, tuvo un episodio psicótico, y en redes sociales empezó a unirse a todo tipo de grupos, fue creando una especie de ensaladilla rusa de contenido esotérico, a veces con poca coherencia interna”.

Este fenómeno se da por la sobreabundancia de teorías conspiranoicas y grupos sectarios que hay en internet. “Ahora pueden llegar a muchísimas más personas con un coste económico nulo y con poca intervención humana”, explica Rubio. No hace falta tener una gran estructura física. No se necesita a un montón de personas gritando en las esquinas, llamando a puerta fría para compartir su doctrina. Solo hace falta un móvil, una persona vulnerable y otra con capacidad para manipularla.

Se suele pensar que las sectas son estructuras grandes, con cientos de fieles, pero una relación sectaria se puede dar también a pequeña escala. Con un par de personas es suficiente. “Nosotros, uno de los problemas que nos encontramos con el caso de Patricia fue explicar eso”, recuerda Bru. “Mucha gente nos decía: ‘Pero si son cuatro gatos, eso no es una secta’”. En el momento del rescate convivían con el captor tres mujeres y cinco niños. Esta situación es cada vez más común. Las sectas se han atomizado. De esta forma son más manejables y es más fácil que pasen bajo el radar.

En este sentido, es paradigmático el caso de Isma, el parricida de Vilanova, que fue manipulado durante cuatro años por una amiga para que le diera miles de euros. En poco tiempo, sucumbió a una historia delirante, confundió a todo su entorno con mafiosos y acabó matando a su padre por orden de la mujer. Ella diseñó un mundo de fantasía y utilizó técnicas coercitivas para manipular a un hombre con baja autoestima y problemas psiquiátricos.

La investigación académica muestra que internet no solo facilita la difusión de ideologías radicales, sino que reproduce muchas de las dinámicas clásicas de las sectas: líderes carismáticos, comunidades cerradas, presión grupal y aislamiento informativo. La diferencia es que ahora estos procesos pueden desarrollarse a escala global y a gran velocidad. Las características únicas de las redes sociales crean un entorno propicio para la manipulación y el acoso. Igual que el bullying, que desde hace años es más intenso porque no termina en clase; el acoso de las sectas es mucho más potente, pues se puede ejercer a cualquier hora y desde cualquier lugar. El móvil se convierte en el extremo de una cadena que la víctima lleva en su bolsillo, en la mesilla de noche, en la mano, 24 horas al día.

El Gobierno español trabaja para prohibir el acceso de los menores de 16 años a las redes sociales, y esto podría limitar el alcance de los grupos coercitivos. Sin embargo, los expertos creen que no es suficiente. En 2024, un grupo de afectados por sectas entregó 300.000 firmas reclamando un cambio en el Código Penal para que la “persuasión coercitiva” o “el abuso de debilidad” sean considerados delitos. Es algo que ya sucede en Francia, Bélgica o Luxemburgo. En España los términos son ambiguos, y cuesta subsumir la persuasión coercitiva dentro del delito de coacciones, que sería el más similar. Por eso, afectados y especialistas abogan por la pedagogía social y el cambio normativo. Señalan, como hicieron los colectivos feministas con el maltrato hace años, que el control no solo se ejerce de forma física. Las cadenas mentales también atan.

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