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Muertas de sueño: qué estropea el descanso de las mujeres

Ellas duermen peor que ellos por los cambios hormonales, la carga mental y la falta de corresponsabilidad. Estos factores afectan a la salud mental y al riesgo de sufrir enfermedades crónicas

Women sleep worse than men due to hormonal changes among other factors.

Las estadísticas del sueño también tienen género: las mujeres duermen peor y reportan más cansancio que los varones. Así lo señalan estudios como la Encuesta Global del Sueño 2025 que, tras analizar las entrevistas a más de 30.000 personas en 13 países, encontró que el 38% de las mujeres tiene dificultades para conciliar el sueño más de tres veces por semana, frente al 29% de los hombres. En España, estudios científicos recientes, como el publicado en 2023 en el European Journal of Public Health, también han mostrado esta tendencia: que las mujeres tienden a reportar peor calidad de sueño que los hombres, incluso cuando las horas totales no son muy distintas, lo que sugiere diferencias en cómo se duerme y se percibe el descanso entre sexos. Casi una de cada cuatro mujeres experimenta sueño inquieto de manera recurrente, mientras que entre los hombres la proporción se reduce a uno de cada ocho.

Según María José Aróstegui, psicóloga y miembro del grupo de trabajo de insomnio de la Sociedad Española de Sueño (SES), estos problemas tienen muchas veces un origen físico: “Nuestro sistema endocrino está íntimamente ligado a los centros del sueño en el cerebro. Por eso, los cambios en los niveles de estrógeno y progesterona son determinantes”. La neuróloga Ana Fernández Arcos, de la Sociedad Española de Neurología (SEN), explica que estas alteraciones comienzan desde la pubertad, cuando el ritmo circadiano de las niñas se adelanta respecto al de los niños. “El ciclo menstrual provoca variaciones en la arquitectura del sueño que, en algunos casos, pueden ser clínicamente significativas, con despertares o sueño menos reparador”, dice. Durante el embarazo y la lactancia, añade, se ve afectado “no solo por los cambios hormonales, sino también por el propio estado de gravidez y la prolactina que regula el descanso entre tomas”. Sobre la perimenopausia, la experta señala que “hasta un 60 % de las mujeres experimenta problemas de sueño clínicamente significativos, como despertares nocturnos espontáneos o sofocos”.

Además, según la neuróloga, las mujeres tienen “mayor susceptibilidad a la necesidad de dormir tras muchas horas despiertas, cambios de cortisol al despertar y una mayor frecuencia de ansiedad o depresión”, todos ellos factores que contribuyen a que su sueño sea más fragmentado y de menor calidad. En palabras de Fernández Arcos: “El sueño femenino está marcado por la interacción compleja de hormonas, ritmos biológicos y salud mental: muchas mujeres duermen más horas, pero descansan menos”.

En estado de alerta

Más allá de los factores físicos, el contexto es clave en los problemas de sueño, según la socióloga y doctora en Salud Pública Amaia Bacigalupe de la Hera. Las personas de clases más desfavorecidas o con trabajos menos cualificados suelen experimentar más problemas de sueño, probablemente porque enfrentan más estrés y dificultades asociadas a la vida cotidiana. El género añade otra capa a estas desigualdades a través de los roles sociales que siguen recayendo sobre las mujeres: trabajos de cuidado, organización del hogar, planificación de redes familiares y sociales, y la carga mental asociada a sostener relaciones y responsabilidades invisibles. “Estas tareas, invisibles, no remuneradas y sin límites claros, perturban el sueño y afectan significativamente la salud de las mujeres”, reflexiona Bacigalupe.

El estrés situacional es clave, según María José Aróstegui: “Las preocupaciones por el trabajo, la salud familiar y la economía mantienen el cerebro en un estado de hiperalerta”. Explica la psicóloga que la carga mental no consiste solo en hacer cosas, sino en planificarlas y recordarlas constantemente: “Hay estudios que muestran que las mujeres, al asumir el rol de vigilantes del hogar, mantienen esta alerta incluso mientras duermen, lo que fragmenta su descanso. Además, las mujeres puntuamos más alto en escalas de rumiación [que miden la tendencia de una persona a darle demasiadas vueltas a pensamientos negativos]”. La Encuesta Global del Sueño 2025 confirma que las responsabilidades familiares y el equilibrio entre vida laboral y personal afectan significativamente más a las mujeres.

No es de extrañar que, como cuenta Ana Fernández Arcos, existan diferencias relacionadas con el género en la oportunidad de dormir. Es decir, de tener una duración de sueño adecuada sin interrupciones, en un horario regular y del que resulte una sensación de descanso reparador estando en condiciones óptimas. Este hecho, dice Fernández, suele ser alterado por factores individuales y también interpersonales como, por ejemplo, el periodo de crianza de los hijos. Y, aunque pueda parecer anecdótico, la ciencia lo confirma: las mujeres duermen peor cuando duermen acompañadas. Un estudio publicado en European Respiratory Journal analizó cómo dormir con una pareja que ronca afecta la calidad objetiva del sueño de las mujeres. Las participantes tuvieron registros del sueño dos noches seguidas: una durmiendo con su pareja y otra durmiendo solas, y se encontró que, al dormir solas, las mujeres tenían menos despertares y más sueño ligero estable, lo que sugiere que compartir la cama con una persona que se mueve o ronca puede fragmentar el descanso femenino.

Normalizar dormir mal

Según la socióloga Amaia Bacigalupe De La Hera, el cansancio crónico de las mujeres no es un fallo individual, sino el resultado de un sistema que precariza el trabajo y no ha promovido una corresponsabilidad real en las tareas domésticas y de cuidado. “El resultado necesariamente tiene que ser el cansancio crónico”, señala, y añade que la respuesta del sistema ha sido despolitizar el problema y medicalizarlo: “Cada vez es más frecuente que las mujeres pidan ansiolíticos o somníferos para poder sobrellevar esta carga que les ha sido asignada”. Bacigalupe destaca que la maternidad intensifica esta presión, afectando también a la salud mental y los hábitos de autocuidado.

El género, además, no solo determina la calidad del sueño, sino también cómo son reconocidas y tratadas las mujeres en el sistema sanitario. “El sueño es un problema de salud pública”, afirma Ana Fernández Arcos, señalando que los problemas de descanso, especialmente cuando el sueño es de corta duración, contribuyen a la aparición y progresión de numerosas enfermedades como la diabetes, la obesidad, la enfermedad cardiovascular, el deterioro cognitivo, el cáncer o los trastornos mentales. Estudios de la Universidad de Duke muestran que, aunque hombres y mujeres pueden reportar una calidad de sueño similar, en ellas la mala calidad se relaciona con mayores niveles de estrés emocional y elevación de proteínas inflamatorias, que a su vez aumentan el riesgo de enfermedades cardiovasculares y metabólicas.

Para mejorar el sueño de las mujeres y reducir el impacto del mal descanso en su salud, la neuróloga Ana Fernández Arcos propone varias medidas. En el ámbito sanitario, cree que es clave “formar mejor a los profesionales para evitar retrasos diagnósticos y sesgos que conduzcan a la sobremedicación”, así como avanzar en investigación específica sobre el sueño femenino, teniendo en cuenta la etapa hormonal (fertilidad, perimenopausia, postmenopausia) y estudiando el efecto diferencial de los fármacos. Además, señala que es necesario mejorar las herramientas diagnósticas, que hasta ahora se han diseñado de manera androgénica y pueden pasar por alto características propias del sueño de la mujer. Pero nada de lo anterior tendría sentido para la experta sin un cambio a nivel social y político. “El descanso también mejora con mejores condiciones de vida, y esto incluye políticas laborales y de conciliación con enfoque de género, y medidas que reduzcan la soledad y las desigualdades socioeconómicas”, concluye.

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