El calvario de los periodistas en la República del Congo: “La libertad de prensa es condicional. Algunos temas se toleran y otros mucho menos”
Los reporteros conviven con la censura, las amenazas, las detenciones y el riesgo del exilio cuando ahondan en las posibles irregularidades cometidas por el Gobierno autoritario

La periodista congoleña Rosie Pioth, de 43 años, no tenía ninguna intención de abandonar su país, pero a finales de julio tuvo que hacer las maletas, tras recibir amenazas de muerte. El delito de esta corresponsal de la televisión France 24 y directora del portal de noticias Fact Checking fue publicar un artículo sobre el aniversario de uno de los sucesos más violentos de la historia del país: el atentado con bomba cometido en 1982 contra el Aeropuerto Internacional Maya-Maya de la capital, Brazzaville. En su reportaje, Pioth contaba que, después de 43 años, las familias de las víctimas seguían exigiendo justicia y compensación, y consideraba que había que seguir indagando lo ocurrido.
“La investigación reveló contradicciones en los indultos presidenciales concedidos a los acusados en el juicio de 1986, también puso de manifiesto el hecho de que uno de los condenados dijo que se enteró de su sentencia por la prensa sin que nadie lo interrogara cuando regresó al Congo, un año después, o que nunca se pagó la indemnización prometida a las familias de las víctimas”, explica Pioth a este periódico en un mensaje de WhatsApp. “Todo esto demuestra que el tratamiento judicial, político y humano del atentado fue incompleto. Probablemente por eso me amenazaron”, dice.
Sabía que corría un riesgo al hacer este tipo de investigación, pero no imaginaba tener que irme de repente y dejar atrás a mi familiaRosie Pioth, periodista congoleña
Pioth vivió escondida durante días, con la esperanza de que las amenazas telefónicas y escritas cesaran, pero no fue así, de modo que no tuvo más remedio que marcharse. “Sabía que corría un riesgo al hacer este tipo de investigación, pero no imaginaba tener que irme de repente y dejar atrás a mi familia”, dice. “Toda mi vida se ha trastocado: la casa, la escuela, los ingresos, la estabilidad familiar... En el aspecto profesional, tuve que dejar de ir a informar en persona y dar prioridad al teletrabajo, reforzar la seguridad digital y física y dejar en suspenso algunos proyectos. Hoy estoy a salvo, pero con una gran precariedad material y administrativa”, agrega.
Autocensura por miedo a las represalias
El calvario de Pioth ha vuelto a sacar a la luz la preocupación por el estado de la libertad de prensa en la República del Congo, donde los periodistas sufren cada vez más intimidaciones, aunque sin llegar a la represión que se vive en la vecina República Democrática del Congo (RDC). La clasificación anual de Reporteros Sin Fronteras (RSF) sitúa a la República del Congo en el puesto número 71 sobre un total de 180 países.
“Congo-Brazzaville no es ningún remanso para la libertad de prensa. Aunque existe un número importante de medios, las autoridades siguen influyendo en los contenidos y las condiciones de seguridad no son buenas. El caso de Rosie Pioth es un buen ejemplo”, explica Sadibou Marong, director de la oficina de RSF para el África subsahariana, en un mensaje de WhatsApp enviado a este periódico.
“Ella y su familia viven en una situación alarmante desde julio. Pero el mensaje que envió el organismo regulador de los medios de comunicación congoleños —encargado, entre otras cosas, de proteger a los periodistas— al resto de la profesión es dramático: fomenta la autocensura en vez de poner en práctica medidas concretas para garantizar la seguridad de los periodistas de investigación”, dice.
Aunque existe un número importante de medios, las autoridades siguen influyendo en los contenidos y las condiciones de seguridad no son buenasRSF
La República del Congo es, desde hace muchos años, un país que preocupa enormemente al Comité para la Protección de los Periodistas (CPJ, por sus siglas en inglés). En este país, gobernado por el régimen autoritario de Sassou Nguesso, presidente entre 1979 y 1992 y desde 1997 hasta hoy, los periodistas han sufrido detenciones y persecuciones por realizar su trabajo.
“El periodista Ghys Fortuné Dombé Bemba estuvo encarcelado durante casi 18 meses en 2017 y 2018. Raymond Malonga, director de una revista, ha sido encarcelado dos veces desde 2013. Y las recientes amenazas de muerte recibidas por la periodista Rosie Pioth han suscitado nuevos temores por la seguridad de la prensa en el país”, enumera Angela Quintal, directora del CPJ para África, en un mensaje de WhatsApp. “Por desgracia, estos son peligros habituales para los periodistas de toda África, pero la República del Congo es especialmente represiva y la información crítica tiene muchas restricciones”, explica.
Fact Checking Congo ha interrumpido la publicación de lo que queda del reportaje de Pioth, que se iba a repartir en tres entregas, a la espera de que se garantice plenamente su seguridad y la de su familia. Cuando la amenazaron de muerte, Pioth presentó una denuncia a través de una asociación de derechos humanos, pero asegura que, hasta la fecha, no ha obtenido ninguna respuesta clara de las autoridades. No era la primera vez que recibía presiones o intimidaciones por su trabajo, pero nunca había sufrido amenazas tan serias. “La libertad de prensa en la República del Congo es condicional. Algunos temas se toleran y otros mucho menos”, recuerda Pioth. “El acceso a las fuentes oficiales es limitado, la protección de los periodistas es insuficiente y las amenazas suelen quedar impunes”, agrega.
Al Gobierno congoleño no le agradaron mis informaciones, que lo dejaban en una situación comprometida, y, como no podía detenerme y callarme, ordenó que me eliminaran físicamenteChristian Perrin, periodista
Detención y torturas
Ghys Fortuné Dombé Bemba, director del periódico independiente Talassa, vive exiliado en Francia desde 2018, después de pasar 28 meses en prisión preventiva en su país. Bemba fue detenido en enero de 2017, acusado de “ser cómplice en las maniobras para socavar la seguridad del Estado” por un artículo que publicó sobre unos altos mandos del ejército, en el que se incluían comentarios del antiguo líder rebelde Pastor Ntumi, en busca y captura por terrorismo.
“No fue una detención legal, sino un secuestro, porque no me presentaron ninguna orden de arresto”, explica por WhatsApp. “Estaba a punto de embarcar en el vuelo a París, cuando cinco individuos armados, pero vestidos de civil, me agarraron y me llevaron a la fuerza a un vehículo. Me trasladaron a la cárcel para presos políticos, donde me torturaron durante dos días, y después al cuartel de la gendarmería, donde me sometieron a interrogatorios ininterrumpidos durante una semana antes de comparecer ante el fiscal”, recuerda.
Acusaron a Bemba de ser un “asesino” y un “terrorista” al que habían sorprendido in fraganti en una operación contra la seguridad del Estado y lo recluyeron en un centro de prisión preventiva.
“Viví un infierno: me mantuvieron en completo aislamiento, no permitieron que fuera a verme ningún miembro de mi familia y me encerraron en una celda pequeña y oscura”, recuerda Bemba, que ha relatado su terrible experiencia en un libro titulado Del infierno a la libertad. “Defecaba allí mismo, en un pequeño cubo que servía de retrete. Enfermé gravemente. La única vez que vi varias horas de luz fue cuando me llevaron con urgencia a una clínica de la ciudad porque estaba al borde de la muerte”, asegura, explicando que su salud se deterioró de manera irreversible en este tiempo.
El acceso a las fuentes oficiales es limitado, la protección de los periodistas es insuficiente y las amenazas suelen quedar impunesRosie Pioth, periodista
Tras quedar en libertad, Bemba se exilió en Francia. Pero el año pasado, recibió una puñalada en el cuello en la estación de tren de Corbeilles-Essonne, localidad a las afueras de París. El periodista está convencido de que se trataba de una persona contratada por el Gobierno de su país. La fiscalía francesa anunció posteriormente que había abierto una investigación por “intento de homicidio voluntario” para determinar el motivo del ataque. “Perdí más de un litro de sangre. Estuve un mes de baja por enfermedad. Estoy seguro de que esto fue obra del Gobierno de Brazzaville, que no tolera mis acusaciones contra él”, reitera.
Vivir constantemente con miedo
Christian Perrin, de 55 años, también tuvo que irse del país por las amenazas de muerte relacionadas con su profesión. Sus problemas comenzaron cuando informó sobre la matanza de decenas de jóvenes congoleños en Pointe-Noire, entre el 17 y el 20 de octubre de 2015, por parte del ejército y la policía, coincidiendo con la campaña para el referéndum sobre la permanencia en el poder de Denis Sassou Nguesso.
“Al Gobierno congoleño no le agradaron mis informaciones, que lo dejaban en una situación comprometida, y, como no podía detenerme y callarme, ordenó que me eliminaran físicamente”, sostiene en un mensaje de WhatsApp este periodista, que huyó del país con su familia en marzo de 2016. Empezar una nueva vida como refugiado fue difícil y, según Perrin, la persecución no cesó.
A pesar de sus amargas experiencias, Perrin, Pioth y Bemba no han perdido el deseo de volver a su país natal. Perrin dice que ejercer el periodismo en la República del Congo implica elegir entre dos opciones: apoyar la propaganda del Gobierno para poder trabajar sin trabas, o practicar la profesión siguiendo criterios éticos y aceptar las consecuencias, incluida la posibilidad de perder la vida. “La libertad de prensa es un concepto que no existe en la sociedad congoleña”, asegura.
Bemba dice que ser periodista en el Congo significa “vivir constantemente con miedo”. “La situación política es delicada, se están secuestrando las libertades, los magistrados obedecen órdenes, la seguridad ciudadana no está garantizada y las bandas armadas hacen lo que quieren en nuestras ciudades. Por supuesto, la cárcel o la muerte siguen siendo un riesgo, pero no descarto que algún día vuelva al Congo”.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
FlechaTu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Más información

Gaza, el lugar más letal del mundo para periodistas: “No hay margen para hablar de error”





























































